V: Un vistazo a la primera temporada

Cuando nos dicen que van a hacer un remake de una serie mítica, el efecto inmediato habitual es ponerse a temblar. Si además somos de los que vimos la original, estos temblores pueden venir acompañados de convulsiones, delirios y descomposión gastrointestinal. Y es que la experiencia nos dice que en el dado de los remakes, la mayoría de las caras tienen dibujado el simbolito universal de “alerta, zona radiactiva”.

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Muchos remakes son malos (la mayoría). Claro que los hay también malísimos. No obstante, siempre se escapa alguno que consigue ser bueno, incluso mejor que el original (véase Battlestar Galactica). Entre unos y otros los hay que mantienen una lucha constante por mantener el nivel y tratan de mejorar a golpe de capítulo. Para mí este es el caso de V, que tras una primera temporada dubitativa y estar a punto de irse al limbo de las series canceladas, pretende volver con nuevas ideas y con ganas de confirmarnos que no está ahí para hacernos perder el tiempo. Pero eso, qué queréis que os diga, habrá que verlo.

La primera temporada fue de cocción lenta. Esto siempre es un riesgo: si no se entra con fuerza puede que la serie pierda fuelle, la audiencia se vaya rindiendo y la serie finalmente acabe siendo un simple recuerdo. Pero si se hace bien son precisamente esas series las que pueden llegar a durar. Esta primera tanda de V ha servido para mostrarnos a los alienígenas malos, a la proto-resistencia, a los alinígenas buenos y a una mayoría de la población mundial cegada por el encanto de los visitantes y su tecnología que lo cura todo.

En V hasta ahora ha habido de todo: bueno y malo. En el lado positivo de la balanza pongo a los personajes (no todos, claro) y a la idea argumental en sí: unos alienígenas simpáticos pero más falsos que una moneda de tres euros vienen a la Tierra y tratan de conquistarla por las buenas (es un decir), usando la misma estrategia que las sectas: sonrisas y buenas palabras acompañadas de palmaditas en la espalda y promesas de un futuro mejor. Lo malo para ellos es que se tienen que enfrentar a un grupo de humanos y reptiles renegados que pretenden vender la derrota más cara de lo esperado. No iba a ser llegar y vencer. Entre los personajes brillan Anna, claro, que supura maldad por cada poro y que encabeza las hordas reptilianas, y Erica, la agente del FBI, que sí, es sosísima pero tiene un par de pantalones cuando hace falta. A mí personalmente me gusta el personaje del cura-soldado (un templario moderno). Es el único que además de ver buenos y malos tiene encima el marrón de sus creencias, sufre dudas acerca de su fe y se enfrenta a los visitantes no solo como lo hacen los demás, contra alienígenas invasores, sino como quien lucha contra falsos dioses que se están llevando la fe de sus feligreses.

Como no podía faltar, hay una historia de amor híbrido: el hijo de Erica y la hija de Anna, y las consuegras, que se llevan a matar. Ella empieza siendo una espía a las órdenes de su madre, pero se acaba enamorando del chico y humanizando hasta ponerse de parte de la resistencia. Pero no es el único cambio de chaqueta. Algo parecido pero al revés le sucede a Ryan, un reptil que tras renegar de Anna, pasa a trabajar con los humanos contra los invasores y acaba volviendo a su cubil, enamorado de su reina lagarta y sus superferomonas. También a Chad, el periodista pelota, ve la luz al final: es testigo del lado oscuro de los reptiles y entra en razón.

En el lado negativo de la balanza no falta peso. Empezando por personajes como el hijo de Erica, que es tan soso o más que su madre o la propia situación entre ambos, que no tiene sentido ninguno: ella oculta la verdad al hijo para… nadie lo sabe, bueno sí, para mantener la tensión fílmica, porque en la vida real sería mucho más fácil acercarse y decirle: “hijo, mira, son bichos y tu novia rubia también y ahora te vienes con nosotros que somos muy majos y nos los vamos a cargar a todos”. Pero claro, así no tendrían historia. Es de las partes menos creíbles de la serie. A esto hay que sumar cutrez del croma. Cuando vemos las naves alienígenas por dentro, parece que todavía estuvieran usando los efectos especiales de Parque Jurásico, con ese brillo falso que se arregla con el dinero que se ve que no quieren o no pueden gastar.

El balance de todas formas es positivo. Sobre todo por cómo acabó. Anna, desquiciada porque Erica y sus amigos se han cargado a su prole de un bombazo, manda cubrir el planeta de naves y tinta el cielo de rojo. Está claro que si la primera temporada fue relativamente flácida, el plan que nos adelantan con ese final es que en la segunda pretenden subir varias marchas, cosa que le vendría muy bien si quieren mantenerla en la parrilla televisiva. A sus creadores, el estar en la cuerda floja seguro que les habrá ayudado a ver el camino de la segunda temporada: más intriga y tensión… pero sobre todo acción, mucha más acción.


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