V: Que se queden los visitantes

V: Que se queden los visitantes

Debo decir que, como hijo de la generación Pokemon, eso de V me sonaba a chino. Los lagartos, Los caballeros del Zodíaco y otros tantos productos de toda esa movida televisiva que a tantos ha marcado y recuerdan con una sonrisa de oreja a oreja. A mí, eso no me decía nada (“pues vaya”, para ser más exactos). Haciendo memoria, mi primer contacto con los Visitantes tuvo lugar una mañana haciendo inocente zapping en Cuatro, cuando les dio la vena nostálgica de reponerla. La primera impresión, al ver un grupo de mujeres en una especie de escenario John Wayne-style, era que Sarah Connor y su pandilla habían estado de fiesta hasta el cierre, y a las seis de la mañana volvían a casa con los pies destrozados pero con la laca siguiendo dando guerra; así, en plan amazonas con trajes de látex. Y bueno, todo el merchandising que veía de la fauna de los veintitantos, sobre todo las camisetas, lo relacionaba directamente con V de Vendetta, por aquel entonces igualmente de moda gracias a los tíos de Matrix. Y en esa indeferencia he seguido, más o menos, hasta ver a Elizabeth Mitchell dando patadas; y es que ahí es cuando uno descubre que las ratas están requetebuenísimas…

Nunca tengo expectativas con las series. Puedo hartarme de información, pero no me la imagino como la gran revelación de la década o como el orgasmo más placentero hecho televisión. Nunca. Y mucho menos iba a pasar con un remake de estas características, que ni fú ni fá. Pero un par de días tras su estreno, con esas envidiables audiencias y su efectiva cobertura, fue imposible evitar ver en la red el fotograma cromado con el inmenso rostro de Anna (¡en directo desde la nave nodriza!) al más puro estilo Big Brother is watching you. ¿Y quién se va a resistir? Pues yo no. Entre dudas, presioné el play. Y vaya piloto, que no sólo supera los diez primeros episodios de su hermana fea de ciencia ficción en la parrilla, Flashforward, sino que es el mejor inicio de la temporada otoñal hablando de dramas. Sonará a exageración, pero qué demonios: ¿es mejor Melrose Place? Pues no, y es que tampoco hay mucha competencia. Sus primeros diez minutos, nada menos, un gozo.

Y si parecía que ese gozo iba a caer en un pozo, y no hagan chistes con la rubia, al ver lo limitado de los efectos especiales, la duda no tardó en desaparecer como la gripe en verano. Y es que, aunque los guionistas no se han inclinado (ni se inclinarán, tememos) en profundidad por las consecuencias más puramente psicológicas de la llegada de unos verdes alienígenas a nuestro azul planeta, la calidad del producto, como lo que ha decidido ser, entretenimiento para los martes noche, tira al notable. Para saber si es un siete o un ocho, hay que esperar a que vuelva del exilio en primavera. Pero de mientras, y con sólo esos tristes cuatro capítulos emitidos por nuestra querida ABC, no tenemos razones para escupirle y hacerle corrillo mientras la señalamos (no me miréis así, que vosotros también habéis lapidado a Joseph Fiennes).

Los personajes tienen lo suyo, los giros molan y se nota que se han gastado bien el dinero, aunque sólo hayan comprado una pantalla azul y el único software de efectos que quedaba en la Fnac. La fórmula la tienen bien aprendida para enganchar a cualquier generación: adolescente humano se fija en adolescente alienígena, mamás de ambos tienen malos rollos, lagarto bueno hace su vida con una mujer que está muy buena y esperan un bebé mulato, cura peleón cumple la tensión sexual no resuelta con la Mitchell, y los cliffhangers tienen sentido. Los primeros episodios, un cruel aperitivo, no bajaron el ritmo y no escatimaron en contarnos más de un secretito y avanzar de lo lindo. Hablarnos de John May, la Quinta Columna y la supertrouper de naves que quieren marcha en la Tierra. Me gusta eso.

El reparto de VEl reparto de V

La Guerra Fría queda ya muy lejos, no tanto como el 11-S, pero el atrevimiento de los creativos de los 80 no es comparable al “no arriesgo que no gano” con el que tiemblan productores y (siguiendo la cadena alimenticia) los guionistas de ahora; que estemos aquí mismo hablando de un remake es el reflejo más evidente. La V de 2009 no usará el método del espejo, política y sociedad mediante, que utilizaron Kenneth Johnson y compañía en 1983, si eso comparará sutilmente a Obama con Anna (ambos mega mediáticos y esperanzadores), pero poco más. Si queremos ver lo que nos ofreció el primitivo programa, remitámonos a él. Lo que nos ofrece esta reimaginación es idéntico pero diferente, como los gemelos. Aventuras, aliens sexys y conspiraciones. Como he comentado, la psicología de personajes se la guardan dentro de sí mismos. Muy bien. Disfrutémoslo.

En V, la de ahora, nos encontramos cuarenta minutos para pasarlo pipa, para estremecernos, para ver periodistas cañeros y para descubrir que por muy hija que seas de la marciana más famosa de su época, puedes abrirte tu propio camino. No obstante, para ver qué otras señalizaciones tomará este montón de naves, tendremos que esperar hasta finales de marzo. Pero tenemos esperanza. Always.


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