Una vida en el Seattle Grace

Anatomía de Grey ha cerrado uno de sus mejores años con una idea, permitidme la chorrada, de bajos vuelos. Estrellada. ¿Fatal? No voy a exagerar diciendo que yo, fascinado con lo que nos han venido contando desde septiembre, he sufrido un bajón de empalme desde los últimos dos minutos del penúltimo capítulo (Migration, genial obviando el momento Lost) hasta el final de la finale, Flight, que ha sido bárbara, valiente, cruel, intensa y, con todo ello, una tomadura de pelo inesperada y malvada y tan loca como la desatada de Shonda Rhimes, que abusa de los fármacos y de su entusiasmo. Dicho eso, y aún queda más por vomitar, qué os parece si echamos una ojeada a lo que ha supuesto la octava temporada de la –actual– serie más longeva de la ABC, el canal amigo, que con estos veinticuatro episodios se ha re-arraigado en su esencia (la vida de unos estudiantes) hasta llegar al súmun de las bombas, las casas de velas, los pistoleros y la magia de la inverosimilitud. A partir de aquí, por supuesto, spoilers venenosos.

No he odiado Flight. ¿Cómo odiarlo? Tiene sus cosas terribles, sus cosas buenas y ningún capítulo de Shondaland, por reprochable que sea en lógica, forma y personajes (bueno, los dos últimos de Private Practice son horribles horribles, horribles en plan pan malo y seco) se merece que le tiremos un lanzallamas a la cara. Me ha gustado, pero se ha cargado la temporada, sencillamente, fundamentalmente, también le pega un tiro en la cara a la credibilidad de una serie que, por otro lado, siempre nos ha obligado a que el pacto espectador-serie esté lleno de fidelidad, lealtad e ingenuidad, e incluso vinos cosecha del 71 en nuestros buzones. Todo vale, pero que todo les pase a los colegas del Seattle Grace es pasarse más de nueve tres cuartos. No dejes que la vida de tu protagonista sea fácil, dice alguna ley, pero si contamos los abortos y las muertes de amigos, parece que la isla de Perdidos se ha puesto a jugar en el estado de Washington.

Seis de los protagonistas de la serie han sufrido un accidente aéreo. Lexie Grey, la adorable, la hermanastra de Meredith, tal como lo digo, está muerta (Lexie es de esas personas que no pueden morir), y que no nos sorprenda que otro caiga en la premiere de otoño, como ha llegado a insinuar Rhimes (no la creemos, eh, que conste) en reiteradas entrevistas post-mortem. ¿Es eso saltar el tiburón? ¿O es lanzarse a él, que tiene la boca abierta? Shonda ha cogido mucho aire, parece, porque a ver cómo encara una novena temporada donde el cast principal (ahora sin Chyler Leigh, una clásica, y sin Kim Raver, que también ha confirmado su salida, sin ningún órgano interno segregando necrosidades) tiene que afrontar una muerte y otro acontecimiento traumático. Eso ya lo vivimos en la séptima, con los doctores copando con un tiroteo brutal, lacrimógeno y de tabula rasa. Por eso, le jode al seguidor paciente considerar reencontrarse con lugares comunes, o con más drama, o con más pérdidas humanas, o con el lastre narrativo que supone que a la creadora le diese un cólico y estrellase un avión. Me seguís, espero.

Y de cara al futuro: si en algo la muerte de George fue decisiva, fue en despachar a un personaje cuanto menos entrañable con mala leche, deformando su cara, dramatizándolo a tope; matar a Lexie, incluso más allá de cómo ha muerto –sepultada por la cola de la avioneta, toma esa, con saña– nos da la patada en el mismo sitio, que es frágil, sensible e íntimo, que cuando se cargaron a O’Malley. Adiós a personajes entrañables, espiritualmente inmortales, y eso hace mella en cómo vemos luego la serie. Los internos son la infancia. Los internos inocentillos y enamoradizos (caso de ambos) son los bebés. Y no, no puedes matar a un bebé. Encima hemos tenido una declaración de amor, que es asimismo una prueba de oro para que Mark Sloan demuestre que su cara gesticula. Oh, tampoco sé hasta qué punto influye que para cuando lleguemos al 9×05 todo el mundo se haya olvidado de ella. Desalmada que eres, mujer.

Como digo, la tontería ha afectado a toda la temporada. Una temporada genial, que lo sigue siendo, pero a qué precio. La incertidumbre de que tus actores no firmen el contrato (pues el episodio se escribió/rodó así) no tiene que motivar un accidente tan excéntrico, y un final intimista hubiese quedado mejor, hubiese sido perfecto, porque si –además– a algo sabía esta recta final era a series finale. La nostalgia, el recuerdo, la lealtad, el futuro, todo estaba escrito en los protagonistas residentes, que deben tomar la decisión de su vida. Para la que, palabras de Cristina, se llevan preparando los últimos cinco años (u ocho temporadas en tiempo real). El Unaccompanied Minor del último mayo nos mostró un accidente de avión (otro) sin fuselaje, sólo de oídas, y fue cojonudo, fue dramático, y no recurrió a la sangre falsa. Con otro enfoque en sus últimos dos capítulos, hubiese aceptado un final de serie con los brazos abiertos, pero como el show ha de seguir, estrellamos un avión. Sencillo. Apuntaos esa. Efectivo.

Acaba una temporada marcada por la incertidumbre. Y la que existía al otro lado de la pantalla ha afectado muy cualitativamente en ella, notoriamente, crucialmente quizás, aunque no sé hasta qué punto esa trama vertebradora de irse o no del nido –fantástica– habría sido la misma si los protocolos contractuales hubiesen estado atados ya de antemano. De todas formas, tanto los exámenes como la crisis matrimonial de Cristina y Owen, sobresaliente, perfecta, interpretativamente acojonante, como la existencia de esa mamá Avery (te queremos, Debbie Allen), o la realidad alternativa, o el Henry del amante ideal, Scott Foley, o las canciones de The National, versionadas o no por Birdy: todo ha configurado una temporada de diez, casi, pero para gustos los colores. Para querer más a Justin Chambers, para apreciar más a Ellen Pompeo, o para crear una asociación para dar a Sandra Oh el carácter de patrimonio universal.

Para los gustos, los colores, sí, pero que nadie diga que esto no ha sido una delicia. La madurez de nuestros protagonistas –que fueron, son y serán los residentes, ahora especialistas— en su punto más increíble, y más disfrutable. Les hemos visto crecer. Y lo mejor de todo, lo que al final es más mejor, más egoísta, más emocionante: nosotros hemos crecido con ellos. Y se nota. Eso es lo que más me gusta.


Categorías: Anatomía de Grey Opinión Etiquetas: ,
¡Únete a nuestra comunidad!

Déjanos tu comentario »