Una intervención en Private Practice

Saben llamar la atención. Who We Are y The Breaking Point, los dos últimos capítulos de la quinta de Private Practice, se emitieron en una ecuación perfecta el pasado jueves. Aquellas promos con la música de Mary J. Blige fueron pura vendimia como el intervention event perfecto para los sweeps del mes, eso que deseábamos ver pero que aún no lo sabíamos, y la verdad es que ha sido una sorpresa con creces y con dolor. Uno de esos intentos didácticos para enseñarnos la crudeza de la vida, tan de hábito en la serie médica de Shonda Rhimes, y que nos llega un año después de la violación de Charlotte King. La guionista de las perversiones ha pasado la bola a la otra fémina dañada de la plantilla, y la magnífica Caterine Scorsone ya tiene un episodio deliciosamente experimental para enviar a los Emmy. La primera parte, condimentada con flashbacks, silencios y drama, tiene mucho que ver con (adivinad qué, a posteriori reíd) El Ala Oeste de la Casa Blanca. Isaac and Ishmael, la entrega especial que rodaron en tiempo récord después del 11S, es al extremismo lo que Private ha sido a la adicción. Una clase televisada.

No hay ningún motivo evidente y concreto que haya movido al equipo de Rhimes, siempre dispuesto a agitar la mesa y revolver el polvo. La adicción a las drogas, esa enfermedad que repiten que es, una y otra vez, no ha saltado a los noticieros últimamente a gran escala. Siempre está ahí, y que saquen a tema algo tan habitual que ya nos la pele es admirable. No les criticamos, no se les han acabado las ideas y han tirado por el drama de sobremesa. Creo yo. O sostengo yo; se aplaude esta subtrama tan bien llevada desde últimos de la cuarta temporada (que fue una temporada horrenda, salvo por detallitos como aquél), y que es una de las vértebras que están haciendo de este año el mejor de la serie desde que abandonase los tics malsanos de su primera temporada, esos que desaparecieron (esos capítulos que empezaban con In Which…) tras la huelga de guionistas y terminaron regalando un corazón de serie como el que a veces se olvida que tiene.

Amelia Shepherd se ha convertido en el epicentro de una historia que nos llega al alma gracias a dos cosas. La primera, que es también la segunda, un guion de Rhimes que nos presenta a una mujer que se llama Lenny, ex drogadicta, con una compostura y en un contexto lo suficientemente serio como para que no nos riamos de su nombre de chico, y también se nos introduce como la mujer-presentadora que intervendrá en una clínica vacía de pacientes, porque ahora lo son ellos. Allí se agrupan todos los protagonistas al desnudo, en un escenario clásico en la serie que sirve de plató de un programa ficticio, real, educativo y con el conocimiento, en el fondo, muy meta todo, de que lo es (ahí está el comedor en Isaac and Ishamel, con el reparto principal de The West Wing desfilando y hablando por tiempos, dentro de una narrativa con base). Amelia aún no ha caído bajo, pero pronto lo hará. Se meterá una raya de oxicodona en la recepción de la clínica y terminará en un centro de rehabilitación porque no no tiene otra opción. Ya no le queda otra; pero eso vendrá luego. El juego de tener a una tía con mono, cabreada y puteando, diciendo verdades, éso es lo de menos: lo de más es para lo que sirve, un recordatorio a sus personajes de que están jodidos. El típico zas en toda la boca, útil y al servicio de la historia.

Que hay mucha metáfora meta este otoño, muchos aires de renovación auto-consciente, plenamente resabida. Sana, después del sufrimiento. La rehabilitación, donde la sangre resurge dentro de las venas. El paso por el psicólogo de Addison, que es un suelto todo lo malo de mí, mis miedos, mis angustias, y a veces también traigo a mi novio, que es una de mis preocupaciones mayúsculas. O la marcha de Naomi, que se había convertido en un lastre, o la llegada del majo Jake Reilly del majísimo Benjamin Bratt, que es eso, un resoplido lleno de majitud. El aire está raro en Santa Mónica, y nuestros pulmones están todo contentos, porque se nota esfuerzo y yo por lo menos lo agradezco. La Private Practice que nos gustaba, aquel culebrón que perdió la chabeta esta primavera con una psicopatía general, también extendida a Anatomía de Grey, está curada gracias al psicoanálisis de Shonda Rhimes, que lo ha intentado y se ve que lo ha conseguido. Vaya mujer, la muy loca, que se propuso eliminar todo elemento materno. Lo atravesaba por un parabrisas, le decía suicídate y se suicidaba, y lo mataba. Y lo mataba. Es una mujer capaz (de hacerlo todo). A veces, demasiado. Gracias a Dios (o a ella), que la mirada de Addie en el último plano de The Breaking Point nos llena de satisfacción, orgullo también, y nos re-implica en su familia. Que es, al final, la palabra que sostiene todo en este mundo.


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