True Blood y la chimbera trucada

Los hippies gritan: podrán arrancar todas las flores, pero jamás detendrán la primavera. Y el seguidor desatendido se resigna: podrán tomarnos el pelo con mujeres pantera, pueblerinos adictos a las anfetas y los muy apuestos hombres lobo. Pero, pase lo que pase, True Blood es el nuevo altar freak, objeto de adoración sin reservas e injustamente exenta de toda culpabilidad (por el placer que da). Gustosa de conocerse a sí misma. Por tener a Alexander Skarsgard como carne y a Stephen Moyer como pescado. No me ha gustado la última temporada de True Blood, aunque me fascinase cada aparición del vampiro Russell, explotado al máximo cuando se volvió mediático, corazón en mano, en aquel estupendo final de episodio. Buenísimo. Pero mi chulería antisocial hace que no me haya gustado porque las portadas de la Rolling Stone y el orgullo fan la están tirando al pozo que tanto intenta sortear Glee (aquel horrible episodio, el de la Spears, da fe notarial) y en el que cayó Heroes sin poder recuperarse: eso de estar constantemente expuestos, esa presión que la ha obligado, más vale que sea cierto, a tocar todo y a no mojarse en nada, bajo la falsa impresión, autoimpuesta me da a mí, de que se llenan de sangre hasta las sienes.

Porque puedes aplastarle con un mazo, literalmente, la cara al vampiro que te intenta manosear, Tara, pero si le vuelves a ver, a saber que está vivo, aunque sea sólo durante una escena, y que ésto sólo valga para recordarte que estás hecha una mierda y todavía tienes miedo, pues mal vamos. De pena, más concretamente, si además se utiliza para rellenar los abusivos cincuenta y pico minutos que dura cada capítulo.

True Blood es un monstruo de feria. Eso me gusta. La excentricidad, cada vez más grande. Su diseño artístico es fabuloso, su aspecto paródico y nada serio. Porque el cargadísimo aire de Nueva Orleans es la chica a la que te quieres ligar en un bar. Brutal: la cara que ponía Sookie al echar al divino amante del malo malote por el desagüe. O enterrar a la gente en el cemento, una decisión mafiosa, mil veces vista y que no nos cansaremos de ver, ¿porque quién no ha pensado nunca en cómo sería vivir eso? Eso son minipuntos que, como el final de Fresh Blood, a la luz del día y engañando a Russell, son un gustazo de ver.

Pero si lo normal era que disfrutásemos de ella como cuando vamos al puesto de los gofres, el lugar ahora ha sido ocupado por la clásica barraca de la chimbera, un arma que atrae a cualquiera. Disparas, consigues tu premio. Un llavero con forma de Alcide, un adorable peluche de Bob Esponja que comparte dentadura con la de Anna Paquin. Genial: pero está trucada. Y si apuntamos a uno, o bien damos a la vacía placa de metal o a otra sinsorga historia cortesía de Jason Stackhouse, que como Tara, que como LaFayette, han vivido una tercera temporada horriblemente seca, inútil y que, seamos claros, han supuesto una enorme pérdida de tiempo para el espectador y, seguro, para los guionistas que se llevaban el cubo de Rubik a la oficina. Aburridísimo.

Siendo True Blood lo que ya es, entretenerse, divertirse y horrorizarse un poquito, pues ver al transexuado cocinero pegándose una buena noche con la mejor droga ficticia me importa un pimiento. Y me fastidia, aparte, que tengan a Tara y acabe resultando, atentos a este ingenioso juego de palabras, una tara desencantada. La chica con carácter, de orígenes cabrones y mala hostia está bien que deje ver sus puntos flacos, sus más profundas debilidades y la mierda que arrastra una temporada. Pero no el resto, oigan.

Y, sinceramente, creo que Alan Ball está metiendo mucho al carro para que el público vea el desfile de terrores nocturnos del que es capaz la literatura de Charlaine Harris, sin reparar mucho en el qué hacemos ahora con esto. El próximo verano se anticipa como la llegada de brujos, hechiceros y pociones mágicas, lo cual nos encanta. Pero no hay tantas ganas como el año pasado, porque aquel intento de cliffhanger, gracias croma, lo único que ha conseguido ha sido dejarnos sin más tiros en la recámara y nuestra mirada en el reloj de pared.


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