True Blood: Mala reputación

Dejad de leer esto y rebuscad en vuestra carpeta. O donde demonios quiera que guardéis a los bebés del BitComet. Ahora, dadle al play del episodio tres de la nueva temporada de True Blood, absurdamente titulado It Hurts Me Too, y echad un vistazo a sus primeros minutos. Wow: no, no nos molestó eso de, oportunamente, hablarnos de hombres lobos contra vampiros (la de Charlaine Harris es una saga muy polifacética, tengo entendido), pues la colegiala Stackhouse necesitaba un hombre de pelo en pecho, literalmente, para añadir a la geometría de sus amores. Una bala a cámara lenta, previa a Eric saltando y gritando con voz debidamente distorsionada por la salita de edición, amigos míos, era lo último que nos faltaba por ver. Una bala. A cámara lenta.

¡Qué pasada!

Ha vuelto la imaginería sureña, los decorados decrépitos y el moho. La ruta de nuestro jépeese ha vuelto a dirigirse a Bon Temps, y ha vuelto una Anna “Sookie” Paquin que ya no es la dama en apuros. Tras meses de espera y tras dos temporadas cuasi brillantes, y no precisamente por no dar la cara a las críticas diurnas, es genial la sensación de volver a hincar el diente y ver que la sangre aún no ha coagulado. Sigue fresca, y está riquísima en cualquiera de sus variedades (Jessica, sobre todo). Qué bueno que ha vuelto True Blood. Más tonta, más horrorosa y más dinámica que nunca.

A la tercera suele ir la vencida, y ya todos somos un poco más capaces de trazar comparaciones y medidas. Tres es el número perfecto, nos enseñaron en clase de religión, así que tomemos perspectiva: la primera temporada fue un horror show, un juego de mesa donde buscábamos al asesino. El segundo año fue una fábula porno de doce capítulos, donde el nombre de HBO se aprovechaba con actitudes libertinas. Orgías romanas, avariciosas escenas de sexo y fanatismo (religioso). A día de hoy, se mezcla un poco de esto y aquello y tenemos culos firmes, gente ardiendo y siendo sofocada con la alfombra de tu mansión y una trama conspiranoica. Pues entonces, ¿qué tenemos por aquí? Hombres lobos nazis, planes traidores y luchas de poder. Con guiones más hilarantes y camisas de cuadros en vez de esmóquines de Mássimo Dutti, no es exagerar si habláramos de El Ala Oeste conoce a Zombieland y tienen un hijo con la Hammer. Bueno, igual sí que me he pasado un poco. Pero similar.

True Blood

No comentaré nada que ya haya comentado el bueno de Jorge en sus fantásticas reviews, pero sí resaltaré grandes aciertos como Pam, que simplemente me fascina en sus últimas apariciones, cuando simplemente estorbaba el verano pasado. Su pijerío, su ambigüedad y sus frases son de lo mejorcito. Va de rosa y da lecciones amorales. No queremos más. También, reconoceré de nuevo mi activa participación en el equipo Bill, ese –ajá- carismático vampiro del romanticismo, desde el primerísimo primer instante, aunque su historia en Mississippi no me termina de convencer, y pienso, al igual que el duelo de Tara, que se alarga. No creo que hayan puesto de forma adecuada sobre la mesa todo eso de la lealtad a la Reina y el gran interés en la figura de su humana, y me da que la pez se muerde la cola y sólo nos rescatan a Lorena para seguir incordiando. ¿Es realmente Sookie tan importante? Explicádmelo.

Me encanta True Blood, aunque últimamente me encanta todo. Porque, ante todo, me encanta su falta de pudor. El muy absurdo. Y que sea completamente indefinible, la Glee del drama, creando su propio diccionario, un discurso único y sus propias reglas. Nos enseña cabezas cercenadas y se disculpa por pringar la moqueta de sangre, para introducirnos luego la escena (la última del 3×03) de sexo más repugnante que hayamos visto, una violación revertida y unos alaridos orgiásticos. Pero pongan lo que pongan, la bala a cámara lenta sigue traumatizándome.


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