True Blood: Ese segundo mordisco sureño

True Blood: Ese segundo mordisco sureño

Los showrunners se han convertido en las Nike, los Kleenex y los Citroën de la televisión. Son marcas. Así, lo que lleve el nombre de Aaron Sorkin es sinónimo de diálogos perfectos; Shonda Rhimes es igual a romances, polémica y medicina; hablar de Jason Schwartz es hablar de adolescentes pijos con los problemas de un zócalo; mientras que Ryan Murphy es instituto y excéntrico e inigualable cinismo. Pero luego, vaya por donde, están esas marcas que sacan productos que nadie se espera y, a priori, destinados al fracaso. Los coches con orejas de nosécual y las sardinas con chocolate del otroqué que acaban batiendo récords de ventas. Porque luego, vaya por donde, está Alan Ball, ese tipo de ojos raros al que identificamos con los suburbios americanos y las familias desesperadas (American Beauty, Six Feet Under), y va y nos sale con una de vampiros que juegan a la Wii. Y sobrepasa las audiencias del cable sin problema. True Blood se llama la serie esa. Sangre, sexo y mitología griega. ¿Y quién no ha flipado con tal esperpento?

Disfruta de este profundo análisis de la segunda temporada

Nadie. Porque Sangre Fresca, como se les ocurrió llamarla en nuestro original país (se puede ver en Canal + y en Cuatro en un horario muy vampírico, a medianoche), está destinada a hacernos flipar. A pasar una hora, que es lo que dura, como críos en frente de la fauna de Bon Temps y de la escritora Charlaine Harris, la mujerona rizada que pensó que partir de las originales invenciones japoneses (una sangre sintética embotellada) era el mejor punto de partida para una saga de novelas que ya sobrepasa las siete entregas con éxito internacional. Gracias a la peculiar imaginación literaria de esta pelirroja y la posterior adaptación televisiva del talentoso señor Ball, recordamos el sentido del espectáculo televisivo de una forma que parecía olvidada, y sacando las palomitas del armario y metiéndolas en el microondas para pasar una entretenida velada con Bill, Sookie y los adidas de Eric (aunque algunas y algunos se fijaban en otra cosa).

La finale de la segunda temporada se emitió hace ya un mes, con un alucinante clímax que se resolvió mucho antes de que debiera haber empezado (¡treinta minutos antes de que acabase el capítulo!). Y este tiempo quizás nos dé perspectiva para analizar lo que ha sido este segundo año, antes del comienzo del tercero en verano (una espera que se nos pasará volando, seguramente). Pues bien, lo compararemos con un canguro o cualquier otro especimen que brinque (no necesariamente animal): ha estado dando saltos. Ha tocado el suelo con momentos normalitos, aceptables (el hotel en Dallas); ha saltado a un nivel considerable (mismamente, lo que ocurrió más tarde); ha caído en un hoyo en medio del camino, dejándonos mucho barro en la boca y un sabor discutible (tanto ojo negro les nubló la vista y a nosotros las ganas); y en momentos de mucha lucidez y mucha más fuerza, ha pegado grandes brincos, con los que el aire te da en la cara (esos grandes momentos con Maryann, la Felloship of the Sun o el cameo de Evan Rachel Wood, todo un puntazo). Y para terminar el párrafo de las metáforas, perdonadme otra comparación: estos trompicones son como los del yogur de fresa: están ahí, pero hay que comérselos. Y al final saben rico.

Lo que pasa cuando abusas del rascadorLo que pasa cuando abusas del rascador

Así, en líneas generales, Jason y la Felloship of the Sun, la regañina traumática y sangrienta a Lafayette, las aventuras en plan ghettos de Bill y Sookie en Dallas, el amorío adolescente entre Jessica y Hoyt (arquetipo de madre de por medio) y la sodomía que se llevaba a cabo en Bon Temps (esas lentillas negras) han sido las principales tramas que ha arrastrado la temporada, si no me dejo ninguna. Y como son muchas y mi memoria escasa, me quedaré sólo con dos. Las imprescindibles.

El amplio desarrollo de la vampirofobia, vampirismo o como quiera que se denomine el odio irracional a los vampiros era algo que pedían los fans a gritos desde la primera temporada, y la historia de Jason por fin lo reflejó en gran parte de los episodios (con una sensación final bastante satisfactoria). El hermano Stackhouse ha conseguido madurar (aunque siendo él, tampoco es difícil): se hizo al celibato hasta que Miss Pureza Rubia le hizo un “masaje” en la bañera y su extraña tensión sexual acabó saliendo a relucir, y nunca mejor dicho, en la Iglesia de ese campamento of the Sun donde todos presumían de ser la luz pero luego pecaban de envidia, engaños y falsas apariencias. Fueron grandes episodios los dedicados al tema, pero luego (claro) llegó Sookie a fastidiarlo, dejando un desenlace completamente memorable, en uno de los capítulos mejores de la serie y sino, de la temporada.

Ay, Sookie. La buena de Sookie. Impredecible, confusa (para nosotros, porque ella parece tenerlo todo claro). Tan pronto se viste como una colegiala que empieza el instituto, como una womanizer o con estampados que recuerdan a los de su abuela. Y no la entiendo. ¿Es gracias a la impecable interpretación de Anna Paquin, que le da esos matices tan detallistas? Ni idea. Pero ese análisis psicológico estaría mejor dejárselo a los catedráticos de la Universidad de Harvard. Cabe decir, sin embargo, que esa personalidad le va como anillo al dedo a la protagonista principal de una serie como True Blood.

Ser vampiro no siempre da tratos preferentesSer vampiro no siempre da tratos preferentes

La otra trama se la debemos a una maravillosa Michelle Forbes como Maryann. Como compañera de fiesta sería la mejor, porque ella es la reina en el tema, pero habría que tener en cuenta su faceta de extasiada Ménade (o Bacanal) que desayuna corazones, un personaje que se han sacado de la manga como si tal cosa porque ellos lo valen. Esta figura de la mitología antigua era una de las seguidoras de Dioniso (Baco), un borracho muy majo que como los demás dioses tiene su típica historia griega con intrigas y engaños olímpicos (cada civilización tiene sus telenovelas). En la serie, su función es que todo el mundo viva el sexo, el alcohol y la fiesta de la manera más extrema, como si fuera el fin del mundo, mientras busca un sacrificio sobrenatural para “el dios que viene” y que la lleve consigo. ¿Y a quién busca? Pues a Sam Merlotte, el shapeshifter de camisas de camionero. Lo que acabó con esta trama, tan llena de momentos mejorables como brillantes (la última tanda de episodios), es un clímax, como dije antes, alucinante, y por ello un motivo para considerar al capítulo doce la mejor forma de cerrar una segunda temporada con sus momentos y sus momentazos, de gran nivel y difícilmente comparable con el primer año de la serie. Porque, aunque coja elementos de ésta y los haga más grandes y más poderosos (además de traspasar las fronteras de Bon Temps), tienen cosas que las hacen tremendamente diferentes. Todo un acierto.

De cara a la tercera temporada, me da que el escenario va a ir por derroteros más dramáticos y personales, por lo menos como la primera impresión que nos dejaron los últimos minutos de la season finale. Eggs ha sido asesinado, y la feliz Tara (muy desaprovechada este año) se desmoronará otra vez (y no tendrá ménade que la acoja). Sam buscará a sus padres biológicos para encontrarse a sí mismo, tan perdido que ha estado. La cuca relación de Hoyt y Jessica parecía llegar al mejor momento, con la reconciliación de éste; pero los impulsos vampírico-adolescentes de ella le hicieron hincar el diente en otro tipo, y no precisamente buscando una relación. Por otro lado, y como cliffhanger nada efectivo, Bill le pidió matrimonio a Sookie, pero al parecer sus problemas acabaron por encadenarle. Sí, ha sido cruel.


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