Touch: Otra forma de ver los procedimentales

Después del descalabro multisensorial de FlashForward y la caída y muerte de Heroes, ver Touch te hace sentir un poco raro y también te hace sentir bien. Lo nuevo de Tim Kring, nuestro querido, está metido –y es cosa de su naturaleza– en un cuartito hostil para su existencia, porque con el final de Lost a uno le da que a las series de personas interconectadas les cerraron lo VIP del bar y se quedaron vagabundeando en el cable (o en los packs viejos de DVDs, como mucho). Así, la idea que Kring nos presenta queda un poco fuera de lugar. Es una anacronía, una serie muy del 2007, yo lo noté al ver su fantástico episodio piloto e intuyo que no me quedé entre los únicos: el destino, los lazos rojos de los chinos y una globalización poética nos encantaban. Pero la cosa es, al final, ¿lo siguen haciendo?

Todo en Touch es un movimiento arriesgado y una locura muy personal. Que puede terminar cayendo en su propio juego y en los resbalones del oficio (el erre que erre de aquel desfasado blackout global). O bien, en el otro extremo, hacer que sus cartas nos las creamos todos y decidamos, audímetros y disposición sincera mediante, apostar por una familia que son este improbable Kiefer Sutherland papá y su chaval con autismo. De momento, audiencia hubo y también una muy buena respuesta.

Crash, Babel y esos delirios son películas para ver una y otra vez, porque las buenas interconexiones interestatales interglobales siempre tienen su aquél, su cacho que pillar y su punto que reflexionar; y es palpable hasta el descaro en este piloto el buen hacer de Iñárritu y su guionista divorciado, como se llame, sobre todo, con la película de Brad Pitt. El chavalín terrorista es un estereotipo bárbaro pero es interesante y está bien. Touch, vamos, se disfruta mucho con sus aproximaciones globales (cúantos países habremos tocado para el quinto capítulo).

¿Si siguen estas estructuras tan megalómanas nos acabaremos cansando? Yo qué sé. El mundo es grande. Qué sabemos: pero es verdad que se han ganado que muchos nos quedemos sentados para averiguarlo. Si es un horror o si resulta estimulante con cada uno de sus episodios, como lo era Lost con sus retruécanos, está por ver. Se estrena el 19 de marzo, y hacer esa avanzadilla de hace ya un mes fue una manera muy malvada de ponernos la gominola en los dientes.

Conocemos ya de antes, como viejos amigos que somos, los dejes exóticos de Tim Kring con Tokio y sus cromáticas luces de neón –y la referencia a Ando es un puntazo de nostalgia,– pero el universalismo de Babel o los localismos LA de Crash son seguro películas con mucho que decir (problemas sociales, familias hechas una porquería) en la concepción de Touch. Esto, aliñado con el elemento fantástico, a medio camino de la lúgubre serie Numbers de los Scott y esa peli de Nicolas Cage, muy entretenida, Señales del futuro, la serie parece su versión para la pequeña pantalla y sin acreditar. Con descaro y ambición, y la calidad de ellas. Dosis de emotividad entre extraños, Oriente con fotografía caliente y un amago americano de terrorismo inocentillo y de buen corazón. Humildad, familia; es fantástico y se deja ver con gracia.

Todo esto lo tiene el piloto, y aunque llegado el momento la cosa es puro macarroneo confuso, caos y un rebosar de información y saltos, que aún digiero, es bueno, buenísimo. Cuando todo se resuelve, después de un clímax de esos de a ver por dónde nos pega el aire, el fichaje de Titus Welliver como un matón (por tercera vez o así en los últimos tres años) tiene sentido y nos emociona. Y encima han cogido a Danny Glover. Danny, que es el abuelo americano que siempre es bueno ver.

Y de todo, yo me quedo con lo que hay detrás. Aparte. Porque entre las cosas que andan por ahí está ese fact nacido para colocarse en IMDb, y es que el mismo hijo de Kring tiene TEA, como el del personaje de Sutherland en la serie, una situación que le da ese toque autobiográfico y, por ello, personalisímo, capaz de atribuir una visión más pura y honesta que la de nadie. Con corazón, que es el valor añadido, y aunque los guiones se tomen licencias y tiren por el camino de esa pseudo-ciencia sobre el autismo que ya nos demuestran en este piloto, el respeto al espectro se ve como máximo y normalizador (a su manera), la gran tarea pendiente.

Touch, es sin duda, un extraño experimento. Va a ser un procedimental orgulloso de serlo, pero siendo una alternativa a lo de siempre, porque lo es a lo grande, sin limitarse a una ciudad y abarcando todo un mundo desde una perspectiva que a poca gente le mola especialmente: las matemáticas y los entresijos de los números. Aún nos queda por ver adónde va, de qué va realmente, si es que va a funcionar, si lo que nos ofrece nos gusta a la larga, qué cuerpo toma al final de su primera temporada, a la que la midseason relegará a poquito tiempo. Pero es un estreno, yo creo, imprescindible. Porque, a ver, la tele estos meses se está regodeando con grandes cosas: Smash, Alcatraz… y Touch.


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