The Pacific: Partes I-IV

La Guerra del Pacífico siempre ha sido destacada como una de las más duras en las que ha tenido que combatir el hombre. Un territorio desconocido, un enemigo desconocido, e incluso un objetivo desconocido para los cientos de soldados que desembarcaban en las islas perdidas en medio del océano, sólo motivados por el reciente ataque a Pearl Harbor. Con The Pacific, Tom Hanks y Steven Spielberg vuelven a producir para traernos un reflejo, un pequeño documento de esos momentos. La sombra de es larga, pero The Pacific tiene sus propios méritos.

La primera parte de The Pacific, de ritmo pausado y tranquilo, nos presentaba a todos los personajes y nos dejaba claro que la hostilidad en medio de la jungla podía llegar en cualquier momento. Tres líneas argumentales se anunciaban como las principales, cada una de las cuales nos aportaría un punto de vista sobre la guerra: el sargento John Basilone y su espíritu militar; Robert Leckie, el pensador y el más romántico; y Eugene Sledge, el clásico joven americano que quiere luchar por su país. Dicho así parecen personajes muy básicos, pero todo dependerá de cómo se les trate con el tiempo y cómo evolucionen sus tramas. ¿Qué tal si Sledge, tras superar su soplo de corazón y el entrenamiento llega a tiempo justo para el final de la guerra? ¿Qué tal si Leckie acaba enterándose de que sus cartas nunca llegaron a su destinataria? ¿Y si Basilone acaba loco de remate en la cotidianeidad de su hogar? Son solo ejemplos de cosas que podría darnos The Pacific y que no se quedarían en la típica trama “americana”.

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La segunda parte, Basilone, se centraba en mostrarnos más de cerca las cargas japonesas, el ruido ensordecedor de las ametralladoras y la naturaleza cruenta y extremadamente rápida de la guerra en medio de la jungla. En medio de éste caos, el sargento Basilone acababa ganándose la Medalla de Honor por su actuación ejemplar, pero, en el camino, perdía a uno de sus mejores compañeros.

La tercera parte, Melbourne, nos presentaba un capítulo extraño y que aportaba un soplo de aire fresco. Con cincuenta minutos están dedicados únicamente a la humanidad de los Marines nos entregaba una buena cantidad de desarrollo de los personajes y, en contraste con Basilone, ni un solo disparo. La Primera División recibía el relevo tras cuatro meses de combate en Guadalcanal y era transportada a Melbourne, Australia. Un descanso físico y psicológico necesario pero que se vería sobrepasado por la tentación de la bebida y las mujeres. Ya nos comentaba un veterano en la introducción, con pura nostalgia, como aquella fue “la mejor libertad de la que hemos disfrutado”.

Bob Leckie conocería a Stella y se quedaría prendado de ella, su familia y su tranquilo estilo de vida teniendo un fugaz romance que le supondría un paraíso en medio del horror de la guerra, pero que sería interrumpido precisamente por ésta y el riesgo de morir, demasiado grande para que Stella pueda soportarlo. Tras esto, Leckie se emborracharía y acabaría amenazando a un oficial, lo que hace que se le descienda a Inteligencia. Por otro lado Basilone recibe la medalla de honor y se le pide que vuelva a su hogar, a vender bonos de guerra.

SledgeSledge

Pero no es hasta la cuarta parte, Gloucester/Pavuvu/Banika cuando The Pacific arranca realmente. Es difícil encontrar el equilibrio entre lo personal y lo documental pero aquí se hace con nota. Unos cuatro meses después de Melbourne, Gloucester sería uno de los territorios más duros en los que tuvieron que combatir los Marines. El capítulo, claramente centrado en Leckie, nos muestra diversas facetas de su personalidad y, sobre todo, el claro desgaste que comenzaba a achacar a los soldados, exhaustos y enfermos, continuamente bajo la lluvia y entre el barro. Es, sin duda, el capítulo más centrado hasta el momento en el aspecto psicológico de la guerra y las debilidades del ser humano. Desde la codicia que presenta el superior de Leckie, robándole una pistola del ejército japonés a éste (que acaba recuperando, lo que hace que se le ponga a cargo de la cocina), hasta la venganza de ese soldado americano, tan personal y visceral, tan lenta y cruel, hacia el soldado japonés que yace medio muerto en el suelo.

Es interesante destacar el uso de un recurso narrativo como el de la enuresis, presentando a uno de los héroes protagonistas con tal debilidad, lo que hace que tengan que llevarlo durante unos días a un manicomio. Ésto nos deja clara una filosofía que, por suerte, cada vez se extiende más en el cine bélico, los militares son seres humanos, no máquinas de guerra, con sus virtudes y defectos, son personas lanzadas en medio de un territorio extraño en una situación extrema, que acaba desatando los lazos interiores más profundos. Desde “The Thin Red Line” de Terrence Mallick se han visto pocas imágenes tan desgarradoras de la situación del hombre en guerra como el soldado que empieza a desnudarse bajo la lluvia para acabar pegándose un tiro, dejando un cuerpo blanco y en los huesos, recogido como si aún tratara de protegerse del horror que le rodea. Las corazas del honor y el patriotismo empiezan a caer poco a poco ante la cruda realidad.

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The Pacific: Partes I-IV
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