The Office: De Michael Scott a Dwight Schrute

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“The World’s Best Boss” señalaba la taza que con orgullo levantaba Michael Scott en el primer capítulo de la versión americana de The Office. Un capítulo que trató de ser lo más fiel posible al primer episodio de la versión británica, copiando la misma estructura y gags tratando de buscar las risas del espectador a través de la incomodidad y la vergüenza ajena. El pasado 17 de Mayo The Office cerró las puertas para siempre en un capítulo en el que sus personajes acabaron emocionados al decir adiós a Scranton mientras se reconocían lo importantes que habían sido los unos para los otros. Nueve años en la que la serie se ha transformado de esa manera. Analicemos esta metamorfosis que deja aquella de Kafka como un simple corte de digestión.

La primera temporada de The Office constó tan solo de seis capítulos. La crítica no fue especialmente benévola con ella. Durante esos seis episodios parecía evidente que los escritores aún no tenían demasiado claro cómo afrontar esa adaptación. ¿Michael Scott tendría que ser una copia de David Brent? ¿Cambiar a los personajes significaba perder el espíritu de la creación de Ricky Gervais? Como los propios actores reconocían en el especial “The Office Retrospective” que se emitió antes del episodio final, a pesar de que el resultado de esos primeros seis capítulos no fue el idóneo el apoyo del público acabó consiguiendo una oportunidad más para Greg Daniels y sus chicos. Una oportunidad ara intentar descubrir cuál iba a ser la verdadera identidad del show. La identidad de Michael Scott.

Aunque parezca mentira en 2005 Steve Carell aún no era reconocido como el titán del humor que es. Fue en ese año en el que se dio su explosión definitiva con el estreno de Virgen a los 40, la película que le puso en boca de todos y que ayudó a los guionistas de The Office a perfilar mejor su personaje. La principal diferencia entre David Brent y Michael Scott era cómo canalizaba el espectador a través de él la vergüenza ajena. Mientras que con el personaje que interpretaba Ricky Gervais la vergüenza ajena estaba directamente relacionada al bochorno, en el caso de Michael Scott lo estaba a la lástima. La ternura que provocaba a través de sus equívocos nos hacía desear que no la cagara una vez más pero sabíamos que estaba predestinado a ello. Era una pena, pero era gracioso.

Muchos hablan de que The Office tuvo dos etapas bien diferenciadas, la A.M. (Antes de Michael) y la D.M. (Después de Michael). Es cierto que fue un gran punto de inflexión saber que el mejor jefe del mundo iba a abandonar la oficina. Como él mismo reconoció en su magistral última frase en la serie la relación entre Michael y sus empleados era como la que puede tener cualquier padre con sus hijos. Pero siendo honestos la serie ya había sufrido un gran cambio antes de que sucediera su marcha. Es difícil mantener un mismo tono durante nueve años seguidos y es lógico que los personajes evolucionen y se vayan transformando. Es algo que suele suceder en todas las series pero pocas veces ocurre que el tipo de humor de las mismas también se transforme. La The Office que se despidió con la boda entre Angela y Dwight poco o nada tiene que ver con la The Office en la que Michael organizaba una gala de premios llamada “The Dundies”.

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Partiendo de una serie que hacía de la vergüenza ajena su seña de identidad The Office fue cambiando hasta convertirse en otra serie mucho más amable con el espectador. Es difícil decir cuál fue el momento exacto en el que la serie dio ese cambio. Ese mérito hay que reconocérselo a sus creadores. No hay más que ver en el último capítulo de la serie la secuencia en la que Meredith descubre que el stripper que han contratado para Angela es su propio hijo. ¿Resolución de la misma? Meredith anima a su hijo y le aconseja cómo hacer correctamente su trabajo. La situación era incómoda pero no desentonaba dentro del último tono que adoptó la serie. Imaginémonos qué podría haber hecho la Meredith que en una fiesta navideña le enseñó los pechos sin ningún tipo de rubor a su jefe en esta misma situación hace unos años. Aventurándome a decir que le pediría un lap-dance personal creo que me estaría quedando corto.

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Todos los personajes han ido sufriendo cambios drásticos. Con mayor o menor fortuna todos han ido dejando atrás sus personalidades primigenias transformándolas en algo mucho más típico de sitcoms más convencionales. Con la ventaja que contaban en The Office es que en el momento del cambio habíamos conectado de tal manera con los personajes que no nos molestó. Exceptuando a Pam y a Jim (y quizás a Kevin, Creed y Toby) pocos personajes tienen algo que ver con los de las primeras tres temporadas. The Office decidió como hizo en su momento con Michael Scott apostar por la ternura y por el cariño como rasgo distintivo de la serie aderezada por una (cada vez más) leve vergüenza ajena. El mayor exponente de lo que trato de explicar quizás sea el personaje de Ryan Howard. Un personaje que comenzó representando la figura del espectador llegando a un entorno que hasta ese momento le era desconocido acabó en el último capítulo huyendo de la mano de Kelly dejando a su hijo en manos de la pareja de esta última. ¿Seríamos capaces de señalar cuál fue el momento exacto en el que se produjo el cambio en Ryan? Más o menos podemos decir lo mismo de la serie. Evolucionaba constantemente pero de tal manera que era muy difícil de apreciarlo. Probad a poneros un capítulo de la segunda temporada y luego uno de la última. La transformación es evidente.

No escribo estas palabras con intención de criticar negativamente la serie ni el rumbo que tomó. Al contrario. Yo he sido un fiel seguidor durante estos últimos nueve años. Incluso cuando más evidente fue el periodo de desgaste llegué a disfrutar con la serie. Escuchar las frases de Dwight o Kevin, ver cómo Erin se movía constantemente entre la idiotez y la adorabilidad, descubrir hasta qué punto podía ser aterrador Creed, unirme a los trabajadores de la oficina en el odio hacia Toby o saber que a pesar de que en cierta ocasión llegaron a ser un tanto insoportables pocas veces veré una relación de amor tan platónica como la de Jim y Pam, entre otras muchas cosas, me producía suficiente interés como para verme el capítulo semanal sin ningún tipo de reparo. The Office cambió, sí. Y yo la prefería como era al principio. Pero aún así la echaré mucho de menos.

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