The Big C: Death comedy

The Big C: Death comedy

Cuando, al final del piloto, la Cathy de Laura Linney le habla a Thomas, el perro de la vecina que durante mucho tiempo había decidido ser una zorra flacucha, sabemos que el primer vistazo a The Big C nos ha gustado. Con los componentes habituales de las mujeres Showtime (Weeds, United States of Tara y, desde ese momento, La Gran C), una señora hecha y derecha toma una decisión y arrastra su entorno hacia las máximas consecuencias. Tara deja los medicamentos y salen sus amiguitos, Nancy vende maría y salen sus amiguitos (también conocidos como intimidatorios traficantes y/o mafia mexicana) y la protagonista del último estreno veraniego tiene cáncer terminal y se lo calla. Se lo calla, ¿pero por qué se lo calla? Porque no tiene amiguitos que salir de ninguna parte. Entre otras cosas.

Presumirá de contundente y radical, pero el sello Sho de The Big C no convierte a esta apuesta en una idea original porque lo digan ellos. Mujer aburrida se vuelve divertida, que nos suene a eslogan de página de contactos se debe a que no es la primera vez que lo vemos. Renée Zellweger interpreta este papel en todas sus películas, que no son pocas. Una experiencia dura, aquí la peor de las enfermedades (la protagonista sufre un melanoma), cambiando a una persona hasta los límites imaginables se puede tratar bien con la mayor previsibilidad del mundo (hola, Renée) o con un giro que aporte interés y seguimiento. Cathy tiene un cretino pelirrojo de hijo y se casó con su novio de la facultad, un Oliver Platt siempre experto en maduritos viciosos y sin sentido de la responsabilidad, como en Huff o, ya embutido en esmoquin catastrófico, la reciente 2012.

Un carácter el suyo que contrasta con el todo en su casilla y el todo en su sitio que ha hecho ella de su vida, descuidando su propio verbo de vivir y acabando sola, del latín “estar hecha una mierda”. Su única no-amiga es la vecina de antes, la zorra flacucha que ha decidido aislarse por miedo en una casa anclada en el tiempo, y una alumna a la que literalmente paga para que le acompañe en los que seguramente sean sus últimos meses. La excusa, que esté sana. Gabourey Sidibe es la estudiante, que como apuntan por ahí cuenta con un desparpajo entrañable que la hace brillar, a veces, pistola de pintura en mano, por encima de la conocida actriz de la imprescindible El Show de Truman.

El hermano de C es un hippie muy oportuno que se compra la revista Integral y va de reivindicativo de todas las cosas, y agradecemos su presencia. Siempre queda bien ese secundario, loco pero cuerdo, que aparece en un par de escenas y, con tan sólo decir alguna nimiedad ambigua, cala hondo y deja una reflexión de deberes. Hemos nombrado a Huff, que comparte pequeñas similitudes, no sólo el canal de emisión, y allí teníamos al hermano esquizofrénico de Hank Azaria. Dos minutos finales bastaban como goteo de sabiduría a un personaje que va de coherencia y cohesión: y aunque, repito, el plato no sea nada nuevo, no hay motivo de queja en recepción.

Como hija de Showtime, The Big C habla de todo lo que sea mínimamente capaz de incomodar hasta a la última fila. Cáncer, muerte, soledad, maternidad desastrosa y matrimonios rotos. Laura Linney cae simpática, y Bill Condon, a puntito de cerrar Crepúsculo rodando las últimas películas de la saga, ha querido redimirse produciendo y dirigiendo algo que demuestre que no todos son pasiones desmedidas de juventudes mormonas, también edad adulta y ganas de vivir cuando todo lo demás no da señales para ello. Tirarse a la piscina y poder nadar.

The Big C

Cathy a Thomas (capítulo piloto): “Podría hacer quimioterapia, pero sólo estaría comprando algo más de tiempo y significaría mucha gente cuidando de mí y ése no es mi estilo. ¿Aunque sabes lo que me hace sentir mejor? Siendo honesta: me hace sentir mejor pensar que todos nos estamos muriendo. Todos. Y cuando tienes hijos esperas morir antes que ellos. Aunque intentes no pensar en ello, le pides a Dios que así sea. Por lo tanto, si lo piensas de esta manera, ¡estoy viviendo el sueño! ¡Y estaré aquí todo el año! ¡Interpretando el Estadio IV! Vamos, vamos, tienes que concedérmelo, tiene su gracia. La comedia de la Muerte. Te advierto que esta risa puede convertirse en lágrimas en un segundo. Si, aquí van.”


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