The Big C: Con C… de Cathy

Me gustaría comenzar esta entrada pidiendo perdón. Pido perdón a Laura Linney y a la serie por mi comportamiento hacia ellas. Vi el piloto de The Big C hace mucho tiempo, después de leer una maravillosa entrada de Iñigo Cobo en la que lo comentaba. Y me gustó. Pero no sé por qué motivo lo dejé apartado en algún rincón de mi PC y me olvidé de él para el resto del año. Sin embargo, hace unos días, y debido a un golpe de suerte motivado por la sequía de las series que sigo regularmente, me acordé de esta señora y de aquel episodio que entonces llamó mi atención. Y menos mal que lo hice. Porque gracias a eso he podido disfrutar de una estupenda primera temporada y de una Laura Linney (¿o Cathy?) que me han robado el corazón. Por ese motivo, tras el salto, me gustaría dedicar unas líneas (que llegan mucho más tarde de lo debido) a mis impresiones sobre esta primera temporada. Supongo que es mi manera de expiar la culpa…

Con The Big C, Showtime vuelve a demostrar que su fama de calidad se la ha ganado a pulso: no tiene grandes pretensiones, pero es una de esas series a las que merece la pena dar una oportunidad, porque dejan huella. El argumento de The Big C no nace como una idea novedosa, y quizás por eso ha quedado más a la sombra de lo que merece: en pocas palabras, “mujer de mediana edad descubre que tiene una enfermedad terminal, y ese hecho cambia de manera radical su forma de hacer frente a la vida.” Y mientras que a algunos les da por meterse de lleno en el mundo de las drogas, nuestra protagonista opta, simplemente, por vivir. Vivir en el sentido más completo de la palabra, aprovechando cada instante, no ya como si fuera el último, sino como la oportunidad de hacer aquello que, a veces cohibidos por el entorno, y a veces por nosotros mismos, nos resulta impensable, aunque lo ansiemos de verdad. En definitiva, su forma de pensar no se aleja tanto de la de cualquiera, y eso es lo que hace tan fácil la identificación con su personaje.

Porque Cathy Jamison es un personaje de ficción, pero fácilmente podría ser nuestra madre, nuestra amiga o nuestra vecina. Por desgracia, el cáncer, esa horrible “C” que proyecta su sombra continuamente sobre la serie, es una enfermedad mucho más común de lo que nos gustaría: todos conocemos algún caso, más o menos cercano, y sabemos lo que ello significa. Y aunque la serie no deja de ser una comedia (que, todo sea dicho, sabe de verdad cómo hacernos reír), ha encontrado el punto exacto en el que aprovechar la situación tratando a su vez con respeto la enfermedad y sus consecuencias.

Uno de los aspectos positivos de la serie es, precisamente, que no deja de lado el tema de la enfermedad. El cáncer está ahí, y no se convierte en una mera excusa que se deje de lado al cabo de un par de episodios. Conocemos su evolución, sopesamos posibilidades, e incluso rezamos para que remita y todo quede en un mal susto. Pero desde el primer minuto sabemos que la serie tiene fecha de caducidad: es una inexorable cuenta atrás que terminará con el último aliento de Cathy. Y, en el fondo, nos decepcionaría que fuera de otro modo. Porque la vida es así; las curaciones milagrosas no están a la orden del día, y no tienen cabida en esta serie.

Es la inmensa labor de Laura Linney, sin embargo, la que hace posible que la Gran C del título deje de hacer referencia al cáncer, y pase a ser, como decía al principio, la “C de Cathy”. Y es que nuestra protagonista se crece con cada episodio, nos anima cuando lo necesitamos, y nos contagia con sus ganas de vivir. Resulta curioso ver cómo a veces los que menos opciones tienen son los que nos hacen ver el auténtico valor de las cosas.

La serie engaña en un primer momento. Al conocer su enfermedad Cathy decide ocultárselo a su familia, porque piensa que no están preparados para afrontar la noticia. Y no le falta razón. Sólo hay que recordar la última escena del séptimo episodio, en la que se atreve a contárselo a su hermano, para comprobarlo. Tanto, que al instante tiene que llenarse de entereza y mentirle, decirle que todo ha sido una broma de mal gusto. El enfado de Sean y la sonrisa de Cathy, ocultando la amarga verdad y sabiéndose más sola que nunca, hacen que esta sea una de las escenas más recordadas de la temporada.

Decía que la serie engaña, porque nos hace creer que la decisión de Cathy de apartar a sus conocidos de la verdad se convertiría en uno de los pilares de toda la trama. Y, aunque así ocurre al principio, poco a poco algunas de las personas más importantes de su vida van conociendo la noticia. El ocultarlo durante más tiempo habría resultado poco creíble, y esta serie no juega a ocultar ases bajo la manga.

Aunque no lo haya mencionado hasta ahora, The Big C se apoya, además, en unos secundarios excelentes. Para mí, uno de los más especiales, sin lugar a dudas, es Marlene, la vecina cascarrabias con un corazón de oro, y también la primera amiga de Cathy en conocer la noticia. Su comportamiento hosco hacia los extraños contrasta con la soledad que siente y el cariño que es capaz de profesar a los que se interesan por ella. Su trágico final, causado entre otras razones, por el Alzheimer, es uno de los momentos más tristes de toda la serie.

Pero Marlene no es la única a la que merece la pena destacar: tenemos a Andrea, la alumna-amiga de Cathy que, aunque sea a través de excusas, se convierte en uno de sus pilares más importantes, a pesar de que la relación entre ambas no siempre sea un camino de rosas. O a Todd, el médico joven y atractivo para el que Cathy es más que una simple paciente. O a Lenny, que durante unos episodios mantiene una relación sentimental con nuestra protagonista, demostrando una vez más que lo que atrae de una mujer no es sólo la edad o el aspecto, sino la vitalidad y las ganas de disfrutar que sea capaz de transmitir.

Y junto ellos, por supuesto, está la familia de Cathy, los que más han evolucionado durante la temporada. Hemos aprendido a querer a Paul, el marido, un tipo que al principio resultaba un tanto insoportable, pero que, tras el debido toque de atención, se da cuenta de que debe reaccionar y se desvive por su mujer. Sin olvidarnos de Sean, el personaje más pintoresco y divertido de la serie, con el que hemos aprendido a sentar la cabeza, aunque aún seamos incapaces de pasar la noche encerrados en casa y prefiramos dormir bajo las estrellas. Y, por supuesto, hemos tenido nuestros más y nuestros menos con Adam, el hijo/niñato adolescente de rigor con el que, sin embargo, hemos llorado de forma inconsolable cuando nos hemos asomado a un futuro sin Cathy, aunque con ella más presente que nunca. En definitiva, con la primera temporada nos hemos convertido en un miembro más de la familia de esta estupenda mujer.

Y por ese motivo, dentro de unos días (el 27 de Julio, para ser más exactos), estaré, con la mejor de mis sonrisas pintada en la cara, esperando impaciente a Cathy en la puerta del hospital en el que la dejamos al final de la temporada. ¿Vendrás tú también?

 


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