The Americans: el matrimonio como misión especial

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Después de ver el piloto de Spartacus y acabar a la fuerza (mis amigos me metieron en una sala a lo Room 23) su maravillosa primera temporada, decidí escribir mi castigo en una pizarra imaginaria: “no juzgarás una serie sólo por su piloto”. Aún me duraban las manchas de tiza en las manos cuando empecé con The Americans (FX), una serie de Joe Weisberg sobre dos oficiales del KGB que viven en suelo norteamericano y que se comportan como una auténtica familia de clase media-alta de la sociedad de principios de los años 80. Dos agentes del espionaje soviético que llevan a cabo operaciones contra Estados Unidos en los últimos compases de la Guerra Fría. Suena bien. Huele bien, incluso, huele a serie cocinada con bombín y pajarita… pero sólo te das cuenta si superas su piloto y un arranque extrañamente lento, más propio del maratoniano que tiene ante sí una temporada de 24 capítulos que de un sprinter de cadena de cable. A mi me pasó: justo cuando iba a dejar a medias el capítulo Gregory (1×03), me vi las manos manchadas de polvo blanco y me dije: “venga, uno más…” Y hasta hoy, que se cierra la temporada con The Colonel, no he faltado a la cita con la serie ni una semana.

Post sólo para seguidores de The Americans. Si no has visto la serie, ¡mantente al margen!

Gregory (1×03) es el click. Es el capítulo en que el cylon de Elizabeth Jennings, a la que más adelante bautizaremos con el todavía más frío nombre de Nadezhda, se convierte en humana… sin que suene All along the watchtower. De repente, su arsenal de argumentos para defender a la patria y ser icewoman en el lecho familiar se vienen abajo como un castillo de naipes. Porque es en ese momento en que la serie deja de ir sobre la complicada vida de dos espías infiltrados para convertirse en una serie sobre la complicada vida de un matrimonio en el que los que se infiltran son los sentimientos del uno hacia la otra, sobre todo, y un poco de viceversa, cada vez más.

Es en Gregory y por culpa de éste cuando conocemos de verdad a Nadezhda, que no ha sabido ver en Mischa a su media naranja (tampoco en Philip Jennings), pero que ha encontrado consuelo en este fiel colaborador. Durante diez años, Gregory ha sido su forma de morderse la lengua, bajar la cabeza, subirse la falda y seguir fingiendo. Gregory… y la patria. La fidelidad del matrimonio a la causa soviética, en especial de Elizabeth, es digna de estudio, casi patológica, hasta el punto que uno se cuestiona que si el KGB hubiera tenido en realidad espías como la pareja protagonista, el curso de la no-guerra habría sido otro. Todo lo que no han conquistado como matrimonio Elizabeth y Philip en 15 años es inversamente proporcional a su éxito como pareja de espías. Son infalibles.

Las historias de Philip y Elizabeth siguen cursos opuestos. Mischa queda encantado desde el primer día con su nueva esposa americana, pero su lucha por encender la llama del matrimonio es tan constante como infructuosa. Philip es un buen marido, un gran padre y un soberbio espía, pero es un pésimo intérprete de la realidad de su hogar. Vive de espaldas a las andanzas extraoficiales de su “esposa” hasta que decide confesarle la verdad (estoy seguro que no era la primera vez)… y se da de morros con ella. Su click llega con la visita de Irina, su pareja hasta que se convirtió en “americano”, que lo zarandea y le recuerda quién es. Llegado ese punto, Elizabeth está mucho más cerca de Philip de lo que él mismo cree, pero nunca volverán a estar tan cerca. Sus líneas siguen trayectorias distintas. Cuando Elizabeth se dé cuenta de que ha llegado la hora de oficializar su amor, Philip ya habrá cruzado la calle. La separación del matrimonio sólo será una consecuencia de la pésima gestión de los sentimientos por parte de ella y la escasa habilidad para interpretarlos de él.

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¿Os fijáis? No sé cuántas líneas llevamos hablando de The Americans y aún no he mencionado el atentado a Ronald Reagan, el reloj con cámara que se instala en el despacho del secretario de defensa, la angustiosa relación del fake Philip con la pobre Martha, la voz de amar el vodka de la supervisora Claudia (grande Margo Martindale) o la fantástica sensación de estar realmente en los 80. La ambientación es otro de los puntos fuertes de una serie en la que no sólo se cuece a fuego lento la relación entre los protagonistas, sino también las misiones de ambos. Igual ahora nos parece muy fácil localizar a un objetivo, o eso nos han dicho en las pelis, pero en aquella época la tecnología y la paranoia del FBI obligaba a dar pasos muy pequeños para ganar la guerra de las galaxias, que es como se conoció esta etapa de espionaje, contraespionaje y atentados de pequeño calibre entre soviéticos y americanos.

Joe Weisberg cose con hilo fino el entramado político que tiene lugar en la época poniendo el acento en el centro de operaciones del FBI, posiblemente porque lo conoce mejor que nadie. Y es que antes de ser guionista, Weisberg fue… profesor de universidad, pero antes de eso había sido oficial de la CIA. Sabe cómo son las relaciones entre los que mandan y los que ejecutan. En este sentido, The Americans no supone un desafío a la inteligencia del espectador como sí era… Rubicon, por ejemplo.

El tercer pie sobre el que se sostiene la serie es el de Stan Beeman (Noah Emmerich), agente de contrainteligencia del FBI y vecino de la pareja protagonista. Su vida personal será muchas veces más importante que la propia investigación y la entrada de Nina no hará más que confirmarlo. Nina debe ser una pieza esencial para desenmascarar a sus vecinos, pero mientras tanto no es más que un elemento desestabilizador del matrimonio de Stan, que es igual de mentira que el de Elizabeth y Philip… sólo que en su caso nadie lo dice. Dejando de lado que Noah Emmerich me parece el elemento más débil del reparto (opinión muy personal, no puedo con su cara de palo), su romance con la soviética (¡había amor entre USA y URSS!) confirma que The Americans es mucho más que una serie de espías trabajando por la patria. De hecho, las misiones especiales suelen ser mucho más sencillas que la de reconquistar el corazón de sus respectivas parejas.

Bendito el día que me miré a las manos, vi los restos de tiza de aquel castigo y seguí viendo The Americans. Hoy emite su último capítulo, The Colonel. Y yo no me lo voy a perder, claro…


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15 comentarios

  1. […] maestro Martínez nos contaba el otro día, justo antes de la finale, lo encandilado que estaba con la serie en un post enfocado desde lo matrimonial. Y es que la relación entre Elizabeth y Philip figuraba, ya en las notas de prensa previas al […]

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