Terror / Horror

Podemos echar en cara muchas cosas a Ryan Murphy, las mismas que podemos increpar a cualquier otro creador de aúpa que lleve por delante un sello propio, patentado y apuntalado, con todos sus tics, filias y fobias. De Alan Ball, por ejemplo, sabemos su muy descarada zozobra por la Muerte, ya sea vestida de vampiro o de embolia. Los travestis de Almodóvar. O los padres de Steven Spielberg. Y nuestro amigo Murphy, exagerado ideólogo de una Ley muy suya, muy guapa también, sería un inquilino ideal para la casa de American Horror Story: brutalmente genial, no creéis, ver con qué forma se le presentaría a él el terror; no descartaría al Rubber Man, el apodo con el que la colega Isabel Bishop describe en su review (con quien no puedo estar más de acuerdo) a la figura embutida en cuero negro, muy apetrado, demasiado apretado, que recuerda vagamente a algunas burradas vistas en Nip/Tuck…

Sus fetiches, sus extremos. Así que Ryan Murphy será Ryan Murphy con todos sus amantes y detractores, yo me incluyo en el término medio, pero lo que no podemos restregarle de mala manera es que no arriesga. Tipo valiente donde los haya, debemos aplaudir sus bienintencionadas hueveras al llevar a la pequeña pantalla esos géneros que hasta hace poco eran monopolio de las butacas del cine o del imaginario (Alfred Hitchcock Presenta) del siglo pasado. Con Glee, trajo el musical. Y American Horror Story, muy grande su piloto, es una serie de terror. ¡Una serie de miedo! ¿Cómo tragamos eso?

Pues con ese mismo señor (a cuatro manos con el reincidente Brad Falchuk), que parece la mente ideal para contar la historia de un caserón enorme, con murales muy a lo Goya turbio, con gemelos pelirrojos y con Frances Conroy, que ella sola ya da miedo. Más si es Conroy dos veces, con el ojo a la virulé y supuestamente cadáver. El pack de actores, en definitiva, lo compraría cualquiera y por eso podemos verlo: está ese tipo que se parece a David Schwimmer. Y la primera en los créditos es Connie Britton, la mamá. Punto y aparte con ella, pues para argumentarla tan sólo hay que mencionarla. Dennis O’Hare fue la única razón para llegar con True Blood hasta el final de su tercera temporada, y cada vez que aparece en The Good Wife la hace todavía más grande. Su carisma, indecible. El efecto es proporcional aquí, con su versión psicópata (más) de Harvey Dent. Y es que en AHS el factor interpretativo pesa para bien y para más allá, mucho más allá, incluyendo al sector joven. Todos, impagables. Vestidos de Helter Skelter todavía más.

El piloto de American Horror Story es sorpresa continua, seguida de desconcierto constante y después de un irreparable sentimiento que nos invita a mirar a los lados en esa habitación oscura. Esperpéntico espectáculo, y genial invento. Incrementa el malestar –todavía más– esa banda sonora, chirriante y escandalosa, que cualquiera diría que se han sacado de la misma sala de mezclas que Insidious (tramposa y muy grande película de James Wan, el de Saw). Mismo espíritu, al final: bizarre, lo llaman allá.


Categorías: American Horror Story Opinión Etiquetas: ,
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