Televisión a la que escupir

Televisión a la que escupir

Me llegó al alma: no puedes hablar aquí de Merlin, que aquí solamente hablamos de series buenas y esa cosa, nótese lo despectivo, es tan mala como vomitar una paella, que generalmente están riquísimas. Eso le lleva a uno a preguntarse una, varias cosas. Qué es bueno, qué es chabacano, y lo que es mejor y superior. Merlin, e intentaré ser objetivo, no lo es. No es mala. Ha sido creada para que la vean niños de ocho años a las ocho de la noche de un sábado, antes de irse a dormir. Es divertida, tiene ritmo y no se mete con nadie. Y demonios, fomenta la imaginación de esta sociedad llena de ordenadores Mac y cinismo varios. No hay motivo, entonces, para hacerle el vacío… aunque el hecho de que alguien con diez años más que su target principal la sintonice, eso es ya objeto de estudios más detenidos. Otra cuestión es la de siempre: ¿qué hace de algo bueno, con calidad, y qué hace de lo otro horroroso y preferentemente a la quema? Intentaré adivinarlo con el mayor de los fracasos.

A ver: odio Gossip Girl, la autómata saga CSI y cualquier atisbo de chocante falta de iniciativa en lo que viene a ser la parrilla, tanto americana, española o corintia antigua. Sin embargo, seguí Física o Química casi tres temporadas hasta que resultó ya demasiado abrumador ese número de cifras que indicaban que el instituto Zurbarán, en pleno Madrid del cartón piedra, es el centro escolar con mayor índice de abandonos en bachillerato (y muertes, y violaciones, y mierdas) de todo el territorio universal. Eso, y que todos sus personajes merecían castigos morales e interpretativos. También, como ya habré comentado, me chifló la etapa Sona de Prison Break, y Private Practice, a la que todo el mundo pega tortas por sus colores cálidos y dilemas de pladur, está entre mis series favoritas.

Pero también sé apreciar la profesión de The West Wing, que me tiene encandilado, gracias Aaron Sorkin, ahora que la he retomado a la espera de The Social Network, que tiene que ser lo que tiene que ser. Tras su final de temporada, he llegado a la impensable conclusión de que True Blood es la nueva Heroes, pero eso ya lo explicaré otro día. Adoré Lost aún más con sus últimos diez minutos, y como fiel seguidor, acepto que la segunda mitad de la sexta temporada de Anatomía de Grey fue aún peor que vomitar la paella: decir que no te gusta y que no piensas probarla.

Los cinco episodios que conformaron la temporada tres de Torchwood serán siempre las horas más espeluznantes y mejor hechas de la ciencia-ficción, y eso que detesto marcianos y naves nodrizas (aprovecho para recomendársela al chaval de los documentales de National Geographic y a quien quiera oír). Adónde quiero llegar: puedes ver Boardwalk Empire con lupa, y cuando nadie te vea darle a Disney Channel para reirte con las aventuras de Zack y Cody.

Si algo me han dejado claro estas últimas semanas los ataviados catedráticos, es que la objetividad es un invento para olvidarnos de la crisis. Todo es subjetivo, a ver si nos queda claro, señores, porque todo está basado en lo que vemos desde las retinas de nuestros ojazos miopes. Nada es sólo bueno, nada es sólo malo. Al contrario: o es la caña o es un cáncer que ni Laura Linney. Miramos a la pantalla, y los cuarentones del Upper East Side, Serena y compañía creo que se llaman, pueden ser igualmente disfrutables, con calidad y todo, que la sobria temporada diez de Ley y Orden.

Esto echaría por tierra cualquier crítica negativa, a lo mejor positiva, existente y todavía por existir, ¿no? ¿Qué importa pues el juicio de todos esos directores de cine/cantantes/escritores/amantes frustrados? Una sana diversidad de opiniones. No es nada nuevo, lo sabe hasta el espermatozoide más vago, pero es muy verdad: ¿qué sería de Telecinco, enorme basura, sin gente gritando y discutiendo si la Esteban representaría mejor al PP o al NiNi? Creo que es justo recordar que yo puedo saborear una paella y tú provocarle efectos nocivos a tu páncreas después de pasarte por el McAuto, y el mundo seguirá en equilibrio astral. Y muy buenas. Siempre te puedes reír leyendo a un apasionado del cine de Sandra Bullock o puedes arquear la ceja ante aquel que pone a parir la fantástica, y repito fantástica, última entrega de Merlin. Qué bueno, por cierto, el episodio del duende. Advierto: hay pedos y el futuro rey Arturo luce orejas de burro. No me reía tanto desde que a Julie Benz le dieron el papel protagonista de No Ordinary Family


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