Supernatural: A las Puertas del Infierno

Supernatural: A las Puertas del Infierno

Cosas que aprendemos con Supernatural desde hace un par de temporadas: cuáles son los Cuatro Jinetes, qué es en realidad un Anticristo, nombres de ángeles (y lo monos que están en gabardinas noir), que Lucifer tiene tan mala reputación por tener un corazón tan grande… y cómo parar el Apocalipsis. Lejos de lavarnos el cerebro, ponernos una túnica y darnos una patada en el culo hasta la secta satánica más próxima, las místicas y sorprendentes tramas de la última Supernatural recuperan los dichos del viejo profesor: aprender es divertido. Y más si tratan con tantas ganas, tanta curiosidad y tanta coherencia el tema más mascado (y, tratándose de Muerte y Destrucción, el más gustoso de ver) desde que Jesús perdió las razors. Dios y la religión. Y toda la mierda que sale de eso.

Supernatural me encandiló desde el primer momento por las mismas razones, me gustaría suponer, que al resto de los mortales que aplauden a los hermanos desde la temporada uno, con la Dama de Blanco observando desde la cuneta. Ese eterno sueño del (asimismo, eterno) adolescente de ser libre, pillarse un Chevy Impala y recorrerse desde la Ruta cero hasta la 666 sin mirar atrás: la única responsabilidad es la que te encuentras en los quitamiedos. No tener un hogar fijo, dormir en hoteles regentados por parientes de los Bates y, al final, conseguirse a la chica. Vale, está el daño colateral de causar un armaggedon y que un demonio con lentillas Afflelou se cargue a tu padre. Pero, ¿no sería genial ser un Winchester? La juiciosa pregunta del hombre serio que escucha Mozart desde el rincón oscuro del salón comedor, destinando su TiVo únicamente a la HBO, no se puede evitar: ¿pero por qué, demonios, levanta tantas olas de admiración Supernatural, de la infame The CW? ¿Serie de culto, se ríe, con un reparto especializado en remakes vergonzantes producidos por Michael Bay?

Supernatural

La aventura, con una ambientación de background que nunca ha conseguido superar los años noventa, el componente monstruos cada dos por tres, lo mencionado de la plena identificación con sus dos protagonistas y, desde que consiguió confianza en sí misma, la perpetua coña que se traen, un buen rollito que hay en el equipo y que cala al espectador. Sonrisas de complicidad, gags, referencias y una brillantez en cuanto a capítulos temáticos se refiere. El terrorífico homenaje a la Hammer, o cada aparición del Trickster (ahí me he quedado yo, en el divertidísimo Changing the Channel, con una poderosa revelación final) son puros destellos de genio, de divertimento sin pretensiones, que confirman a esto como un drama, a veces cómico, superviviente de su estilo, casi siempre al borde de la cancelación y derramando carisma. Jensen Ackles caradura y Jared Paladecki atormentado hacen una pareja que, no es para menos, inspiran fanfics subiditos de tono.

Ahora se margina a la pobre asignatura de religión en los colegios. Vaya. Dado que lo único que aprendíamos entonces era que el Señor es todo amor y que Císter y Cluny son demostraciones de la expansión del Románico en la Francia del año mil, poco más, propongo sesiones maratonianas con los supernaturals Sam y Dean contra el (infra)Mundo. Y que Castiel lea las Revelaciones: ha llegado el fin del mundo, el manager de Mark Pellegrino tiene la culpa de todo y vamos a terminar infectados por el virus Croatoan. Didáctica sobrenatural. Ediciones SM…


Categorías: Sin categoría
¡Únete a nuestra comunidad!

Déjanos tu comentario »