Suburgatory: ¿Qué hace esta serie aquí?

Suburgatory es muy del 2006. O del 2004, no sé, pero existe como una extraña anacronía desde cualquier punto de vista que nos inventemos. Difícil de aceptar: está en el primetime de la ABC, cuando su naturaleza la situaría solamente en su subcadena Family, hábitat acolchado para similares congéneres teen como la muerta 10 Things I Hate About You (y otras cositas protagonizadas por adolescentes irónicas e inadaptadas, pero felices de serlo). Sin embargo, algo ha cambiado en el mundo y así sólo podemos explicar el disfrute que produce esta serie, su serotonina pura sangre: es divertida, es original y está loca. Y no chirría, cuando con semejante punto de partida así debería ser. ¿Que tu padre te mande a la periferia/mundo alternativo de los suburbios por pillarte con condones? Es la ABC, no el ABC. Lo mejor: que sea tan obvio que Suburgatory no hubiese existido sin Emma Stone y su Rumores y Mentiras (allí, Easy A, mucho mejor), de la que ésta parece su meditadísima adaptación televisiva. Un contrapunto perfecto a otro de sus efectos secundarios: Awkard, de la MTV.

Las pelirrojas están de moda. Es que atención: Jane Levy, Tessa aquí, es rubia natural. Como la señora Stone; es un hecho no público que las ventas de tinte rojo han aumentado gracias a ella. Emma Stone es mucha Emma Stone. Hablaremos más de ella cuando le den una cadena de cable, que será pronto. Stone TV, se llamará, y tendrá sección completa en Todoseries. Atentos.

Suburgatory, a lo que iba, es una gran sorpresa. Y el título es tan horrible que, si sigue volando por lo alto en cuanto a ingenio, quizás pueda igualar en coñas y brillantez meta a la mejor comedia de la televisión, Cougar Town. Que es la mejor del mundo mundial, os aviso. De todas formas, dejémosla crecer. Así que el título es terriblemente anti-estético y propicio a hacernos gangosos, pero lo justifica el gusto de los habla inglesa por los juegos de palabras y engrandece que, a pesar de ello, el boca-oreja haya vencido. Porque te encuentras a esta serie por la calle sin quererlo y vas te la quedas. Da igual si es en Nueva York que en Elche. Así funciona.

Es genial el sentimiento de la protagonista por su hogar a la fuerza, y aunque eso nos pille un poco lejos desde aquí (nuestras barbacoas son más molonas, hay que decirlo), más de uno se sentirá identificado. Recuerdas ese pueblo donde pasabas el verano, dos-tres meses de infierno sin escapatoria factible, donde te zambullías en un mundo terrible y le aplicabas la doble capa de ironía a tus vecinos extraterrestres, trillados, a tu jardín seco y a todo el bendito pueblo. Esos domingueros, toda esa paja amontonada encima de las vacas. La desolación. Da igual a lo que sea aplicable, literal o no: si las historias de inadaptación triunfan es por algo.

El reparto, eso sí, es anómalo. Deforme. Es como La Cosa. Una reunión de gentes diversas de la tele. Alan Tudyk, muso de Whedon, parece que se prostituye contento e intenta ser una especie de Tom millonario (pero en serio) de Parks and Recreation. No me gusta. Parte buena, el gran re-descubrimiento de Jeremy Sisto, que de qué me suena. Es Kevin McKidd nacido lejos de las highlands escocesas, y se apellidaba Lupo y se llamaba Cyrus en Ley y Orden y mira, ahora lo acabo de ver en IMDb, fue el hermano de Brenda (Rachel Griffiths) en A Dos Metros Bajo Tierra durante toda la serie. Jane Levy, que apareció en Shameless América, joyita que he descubierto ahora, debería desligarse de su referente: se llama Emma… aunque su papel lo borde. Todas las chicas parlanchinas y con la gota de cinismo justo, pero justo, que se montan su despacho en el baño de discapacitados, a lo Charlie Bartlet, merecen adoración perpetua.

El mayor defecto de Suburgatory lo encontramos en sus prospectos de evolución: adónde puede ir esta serie. La protagonista Tessa no puede sentirse un pingüino toda la serie, como decía ella al principio; algo tiene que encontrar para que el espectador no termine aburrido de su estado Tuenti. Sin embargo, se agradece los “cojones” que tiene, dicho con acento yanqui, dentro de su propio conservadurismo. Es capaz de pasar con la cabeza alta por encima de posibles sumideros como liar a la chica con el quarterback vecino, o poner en su boca la frase maldita: no quiero ir a la universidad. Y no hacer de ello un drama, aunque, emitidos sólo cuatro capítulos, toca esperar a ver a qué carretera nos dirigimos en este tema. Porque al Infierno seguro que no. Estamos, sin duda, ante una de las chicas más prometedoras del otoño.


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