Review The Leftovers: The book of Nora

El que ha sido uno de los mejores directores de la historia del cine, Alfred Hitchkock, utilizaba un elemento narrativo que él mismo denominó como el Mcguffin, que es un elemento de la trama que hace que los personajes avancen en la misma, pero que no tiene mayor relevancia en la propia trama. Viendo The Leftovers pensé en este elemento que fue el núcleo de gran parte de las películas de Hitchkock y que en esta serie nos ha llevado de cabeza. La Marcha Repentina, la desaparición del 2% de la población mundial sin motivos, sin explicación, sin razonamientos, no es más que el Mcguffin que Damon Lindelof nos ha puesto en la cara para hablarnos durante tres temporadas del dolor, del amor, del sufrimiento, de las relaciones entre las personas… de la vida, en definitiva. El gran acierto de ese Mcguffin ha sido precisamente la falta de concreción que ha posibilitado a la serie andar por un fino alambre con precipicio a ambos lados, desde los que podíamos ver una visión de las circunstancias sobrenaturales, milagrosas, irracionales o quedarnos con la mejor de las explicaciones razonadas. Así podemos imaginarnos que, en lugar de la Marcha Repentina, el elemento desencadenante podría haber sido una plaga o un virus que hubiera matado a 140 millones de personas. Obviamente, ese componente irreal, casi mágico, hubiera desaparecido, porque a lo largo de The Leftovers se ha intentado entender aquello que no se puede entender. De igual forma, este Mcguffin ha dado lugar a varias subtramas que, de no existir esa misteriosa Marcha Repentina, no hubieran aparecido… qué hubiera sido del Remanente Culpable. Y si algo nos ha quedado claro con The Leftovers es que es importante la trama principal y las secundarias, porque en esta maravillosa serie los detalles SÍ importan aunque sean pequeños.

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