Peleas de chicas en True Blood

La forma en que empieza lo nuevo de True Blood no deja a lugar a dudas: puede haber pasado un año en los páramos de Bon Temps, para los protagonistas y para nosotros, espectadores en perestroika, pero todo sigue igual en la pantanosa percepción que tiene Alan Ball de lo que es ser vampiro en el siglo XXI y, aún más importante, en la megalómana HBO, hogar donde los excesos nacen de la impura licencia. She’s Not There no es sólo un anticlimático bang para la cuarta temporada de este poblado sureño, monstruocéntrico y feo (pues hace mucho que dejó de estar centrado en Sookie y Bill, capítulo uno o dos, me parece); es además, a treinta litros cuadrados por mordisco, una cargante demostración y confirmación –pero sólo tres cuartos, que aún quedan bastantes capítulos– de que jugar a esto, a sexo, a pronombres posesivos y a cuentos de hadas, puede ser una condena y un lastre para el entretenimiento que en sus dos primeras temporadas, fantásticas, se suponía que era esta barbarie de criaturas imposibles. Lanzo esta pregunta, que responderemos juntos de cara a la season finale: ¿cuándo, a ver, se convierte el hedonismo en absurdo y el absurdo en gilipollez simplista? ¿Es un divertido acierto que se represente el mundo de las hadas, cuatro palabras que nunca creímos tener que leer hablando en plata (y de tele), igual que si se mostraría en una obra teatral de quinto de primaria, donde las manzanas brillan como el culo de las luciérnagas? ¿O es tan sólo humillación sin premeditación? Sigue leyendo…