Review Anatomía: Flight

 
La octava temporada de Anatomía ha llegado a su fin y con ella el final de uno de nuestros doctores (sniff, sniff). Tal y como vaticinábamos, los kleenex fueron más que necesarios, al menos por mi parte. Tengo un amigo que me dijo que era una exagerada por lo de llorar tanto con este capítulo, a lo que yo le contesté: ¡¿Hola?! ¿Qué eres Iceman? Puede que yo sea un poco sensiblera pero no soltar ni una mísera lágrima viendo este final me parece “too much”. Por cierto, antes de entrar en materia, pediros disculpas por el retraso de esta review. Estos días he tenido poco tiempo para ponerme con ella. Aunque por suerte para vosotros, hace unos días se publicó ese fantástico post de Iñigo Cobo sobre el final y la serie en general, el cual me ha dado a mí un poco más de tiempo para hacer esta review. Así que, aprovechando que ahora tengo un hueco… ¡vamos con ella!

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Una vida en el Seattle Grace

Anatomía de Grey ha cerrado uno de sus mejores años con una idea, permitidme la chorrada, de bajos vuelos. Estrellada. ¿Fatal? No voy a exagerar diciendo que yo, fascinado con lo que nos han venido contando desde septiembre, he sufrido un bajón de empalme desde los últimos dos minutos del penúltimo capítulo (Migration, genial obviando el momento Lost) hasta el final de la finale, Flight, que ha sido bárbara, valiente, cruel, intensa y, con todo ello, una tomadura de pelo inesperada y malvada y tan loca como la desatada de Shonda Rhimes, que abusa de los fármacos y de su entusiasmo. Dicho eso, y aún queda más por vomitar, qué os parece si echamos una ojeada a lo que ha supuesto la octava temporada de la –actual– serie más longeva de la ABC, el canal amigo, que con estos veinticuatro episodios se ha re-arraigado en su esencia (la vida de unos estudiantes) hasta llegar al súmun de las bombas, las casas de velas, los pistoleros y la magia de la inverosimilitud. A partir de aquí, por supuesto, spoilers venenosos.

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