Review Weeds: Threshold

She’s thinking. Hay dos motivos por los que apreciar el antepenúltimo episodio de Weeds, antepenúltimo sin contar los dos juntitos que supondrán el punto y punto para la serie el próximo día 16. El primero de ellos es el Little Boxes que con tanto flow se marca Hunter Parrish, siendo el primer actor de la serie en entonar el mitiquísimo himno (Silas tiene voz, ¡vaya si la tiene!). La segunda razón por la que apuntarse este episodio como bonito es una de sus escenas finales, la que enmarca la foto que ilustra todo esto: Andy, Nancy y Silas en la terraza hablando de lo que les espera. Escena antológica, memorable, y que marca asimismo lo que nos sobrevendrá la semana que viene, el episodio 100, con el regreso a Agrestic. Atentos a la promo que vemos tras los créditos, porque… ostias capuchinas. Pero antes de las ostias capuchinas vemos una serie de escenas, las que conforman todo este Threshold, que parecen apuntes de pizarra. ¿Por qué digo eso? Empecemos… 

Episodio de sentimientos encontrados. Es bueno, pero también terrible dentro de un marco general. Por un lado, todo resulta demasiado atropellado. Todo es siempre demasiado atropellado. Showtime acostumbra a su público a arquear la ceja: ¿adónde lleva todo esto? ¿Por qué? Jill ha desaparecido sin más. Creo. Será mi memoria, pero en ningún punto dijo que se piraba del todo, pese a los mamoneos en las relaciones con Doug y el genial Andrew Botwin. Otras cosas quedan en el tintero: las niñas, lo del hockey sobre hielo, Stevie, que se estará muriendo de hambre en alguna parte de la casa, asustado y preguntándose dónde anda toda la familia, porque dónde se mete cuando Nancy y Silas se van al Sur, y Andy se está casando, y Shane está robando coches. ¿Dónde demonios está el chaval? Preguntas, como veis, totalmente existenciales. ¿Servicios Sociales? Por aquí…

Ése es el apunte más grave de la serie, y estas semanas se le ve a la legua y a las mil millas. Jenji Kohan y su ejército, de los cuales admiramos su creatividad new age, su cinismo y su sentido del humor judaico, son malabaristas y les encanta abarcar cosas. Cosas que, de repente, desaparecen. No esperéis volver a ver al rabino David después de este episodio, porque se lo han cepillado. También se han cepillado a la compañía Smithjohnson. Y más cosas, más ideas que desaparecen en el humo. Desde el final de la sexta temporada, a Weeds se le acusa –más que nunca– de esto: falta de sustentación, de una base firme, nada es fijo, todo cambia. No hay una espina dorsal clara, se les ocurren conceptos, ideas. Por ejemplo, hacer el amor sobre la pista de hockey, con el foco dándonos en la cara, es una idea que no aporta nada pero que a todos se nos ocurriría hacer en algún momento de nuestras vidas: pues lo metemos. Tocan temas y tramas por encima y… y… ¿adónde llevan? No tengo ni pajolera idea.

La police academy de Shane, que se graduó con una rapidez pasmosa (así preparan a sus polis los americanos), out. Todo ese interesante rollo de hijo de delincuentes siendo policía da lugar a inmensidad de situaciones, pero le meten en un aparcamiento y ¿adónde nos lleva eso? Igual que Doug. Nos encanta su patetismo pero lleva años sin pintar nada, lleva, además, varios capítulos sin interactuar con la familia Botwin, a lo suyo, con los sin techo, ¿y adónde nos lleva eso? ¿Por qué lo hacen? Esa es nuestra pregunta. Preguntémoselo. ¿Qué supone todo eso para los personajes, meter a Shane en un parking? ¿Por qué? ¿Por qué? Sólo Nietzsche puede contestar, pero está muerto y nunca fue de fiar. El objetivo a veces parece rellenar minutos. Son ideas, pero faltas de valor, sentido o lo que sea. Je ne comprend. De verdad que no. Y uno ama demasiado a los Botwin como para ponerse a increparles. ¿Qué opináis? ¿Adónde vamos?

Algo que, sin embargo, no nos puede molestar es la irredenta naturaleza de Nancy. She’s thinking. God bless her. Intento juzgar sus andares, pero nada, dice Andy. Se pone a pensar, la mujercita LaPlant, dimite y decide que tiene que volver a vender hierba. Fuck it, fuck al karma. Es lo que es ella, una drug dealer, es en lo que se ha ido convirtiendo, y no puede renunciar del todo a la marihuana y al negocio. Lo verde es parte de los Botwin, y como además ha demostrado Shane, intentando ser un buen tío durante demasiado tiempo, escapar de la ley también parece que está en su sangre, porque su naturaleza impulsiva (impulsivo, como su madre) le lleva, en última instancia, a los problemas.

Le roban un coche que él ha robado y crea un panorama bastante difícil. El círculo vicioso de madre e hijo es fenomenal. ¿Será eso lo que nos intentan contar con las mencionadas “tramas absurdas” sobre las que os he estado sermoneando en los párrafos anteriores? Quién sabe. Pero podemos interpretarlo así: los Botwin no cambiarán nunca, y Silas es el único que parece aceptarlo.

Andy se sale en este capítulo. Hablamos de ser impulsivos. Casarse con una camarera veinte años menor que tú después de hablar con ella media hora es impulsivo. Comprarse el DVD de Terminator Salvation no es nada impulsivo al lado de eso. Entonces, las escenas que acarrea esa decisión son la caña. El previsible divorcio también será la caña. Porque el duelo generacional y el contraste son tremendos. Triste, además, el retrato que desde Weeds hacen de los veinteañeros –con excepción de Silas, dejan claro,– unos enganchados al Twitter, ignorantes de la gloriosa década de los ochenta, donde todo era “hortera” (el peinado de Sarah Connor ha envejecido muy mal), gente que se inventa palabras como bajillion. Esas escenas son gloriosas. Volved a verlas, en serio. Hacedlo, por favor.

La desesperación ha llevado a Andy a tomar esa decisión. Tras el desencanto con Jill y el desencanto prolongado con Nancy (los responsables de la serie dicen que, en estos últimos tres capítulos, no desechemos nada del todo), el tío se casa con lo primero que se mueve y parece adorable. Adorable es, pero por favor. Por favor. Al otro lado de la balanza, Nancy se encuentra con la realidad después de un idilio judío inadecuado, enterándose de que David no perdió a su mujer hace tanto tiempo. Nancy, que no sabemos del todo qué lugar sigue ocupando el ausente Judah (¡Jeffrey Dean Morgan!) en su corazón, se hace la fuerte y le dice: mira, lo siento, pero no quiero ser la chica transición. Y así acaban. Rápido y sencillo, pero estuvo bien.

Siendo muy tolerantes y simpáticos con el descarrilamiento argumental que es tan acusado en Weeds, sus impulsivas decisiones narrativas, Threshold en su conjunto es algo interesante y divertido de ver, sobre todo por la trama de Andy y su nueva –y primera– esposa, absolutamente deslumbrante, y por cómo se ha lucido Hunter Parrish como Silas, no sólo por su arranque musical sino también por su interpretación del personaje, que junto a lo que hizo la semana pasada con Saplings se marca un máximo histórico. Las caras de Alex Gould, mi ídolo Shane, son también de anotar. ¡Nos vemos en el capítulo 100!

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