Review Weeds: Saplings

Silas y Nancy son los grandes protagonistas de Saplings, el episodio que comienza la cuenta atrás de Weeds. Y, como observaremos mientras lo vemos, con él los guionistas encienden la mecha del cohete hacia lo que podría ser su final, colocando a los personajes en sus posiciones y dándoles un golpecito de gracia. Saplings, que descubrimos que significa “retoños,” no habla tanto de los hijos como de cómo crecen y pasan de ser pimpollos a… narcos o polis. Independizarse, digamos, que es lo que hace el primogénito y también lo que se propone Andy con sus habituales y adorables venadas. En una temporada llena de cliff-hangers, éste es sin duda el más esquizo.

Weeds no es una serie educada en la verosimilitud, así que sería de tontos cuestionarnos la estelar y rápida carrera laboral de Silas Botwin, pero sí que nos tienen que dejar bromear un poco sobre que un tío sin estudios, aunque con un currículum clandestino perfectamente lleno de estrellitas, se ponga en nada a dar saltitos entre grandes empresas farmaceúticas y tabacaleras. Se lo rifan al chaval, es un crack, y aunque en el fondo sepamos que lo es, ¿cómo lo saben los jefazos? Porque, al final, ha estado metido en un laboratorio dos capítulos y ya es el Messi de la hierba ilegal en el entorno legal.

Aparte de eso, que es lo de menos, lo que nos interesa ver es a Silas decirle no a su madre, dejarle claro que ya está en los veintitantos y que lleva bastantes temporadas caminando en paralelo a sus andanzas de MILF, en paralelo y al margen, marcándose su camino. La de Silas es, desde hace largo tiempo ya, la historia de independizarse, de despegarse. Plasmar esto en Shane no serviría porque su historia es completamente diferente; como comentábamos por encima cuando arrestó a Tim, creo que lo que cuenta es el intento de ser normal y de paso, usar su demostrada y genialísima sociopatía en los caminos correctos.

La trayectoria de Silas en Weeds es universal, fácilmente empatizable, y adquirió su mayor interés cuando sus conflictos con Nancy pasaron a un nuevo nivel, el nivel comercial, cuando la relación es teóricamente una relación madura y de tú a tú, no de madre a hijo. La madurez, o verse maduro, es lo que él busca, y mamá Botwin siempre lo ha puesto complicado.

Jenji Kohan, la dama creadora, habla del encuentro con el padre del tío de los tabacos como un espejo futuro frente al que Nancy no querría verse reflejado. Le dice que lleva dos años sin hablar con él y eso que viven en la misma casa. La horroriza. No le gustaría, lo odiaría, y este especie de fantasma de las Navidades futuras, en palabras de la propia Kohan, es una pesadilla. Es algo de lo que ella quiere escapar, pero prácticamente lo ha estado fraguando dando extrañas señales a su hijo a lo largo de los años.

Mientras una vez ha admirado la inciativa de Silas, su madurez para hacerse cargo (cuando ella se entregó a Esteban y Guillermo en el aeropuerto), otras veces Nancy le ha incriminado: tío, madura. Ostias. Eso le dice, o así le mira, en bastantes ocasiones. Ya fuese la pasada temporada con el personaje de la ojitos y carismática Michelle Trachtenberg (el mundo la recuerda por Gossip Girl, yo por la película Mysterious Skin) o en este mismo episodio, cuando le adiverte de que está a punto de ponerse trabajar en los bajos y desprotegidos subsuelos de una pedazo tabacalera nacional que, le recuerda y le recuerda, podría meterte en la cárcel si te descuidas, porque lo que haces será ilegal a un nivel muy serio. Ya sabéis, las corporaciones, unas cacho pú.

Así educa Nancy Botwin, a trompicones, pero eso no quiere decir que quiera más o menos a su chaval; le mira y ve lo que ve, le mira y le habla de la manera en que no puede evitar dejar de verle: como un crío, como un chiquito, como su hijo. Porque ya sea Nancy o cualquier madre, todos lo sabemos, que el pequeño deje el nido será duro. Así que la águila Nancy va a poner las garras tanto tiempo como pueda y, aunque en el fondo no es lo bueno, barrerá para casa con el piloto automático. Por fortuna, el diálogo lo arregla todo y también pensar las cosas. Eso es sano, y el nuevo destino de Silas ya está casi fijado.

Sin embargo, calmará a Nancy que, pese a los altibajos y a la dudosa moralidad del asunto, ella ha sido quien ha pavimentado el peculiar y estelar viaje de Silas a cumplir su (igualmente) peculiar sueño de difundir su variedad de hierba por América. Sueños raros pero sueños buenos. Recordemos también que Nancy le metió en la empresa farmaceútica.

Andy también se quiere independizar de Nancy, pues reconoce que salir con Jill es como no llegar a emanciparse de la casa mayor de los Botwin, como a él le gustaría. Es como no atreverse a apartarse de la sombra de la matriarca, esa que siempre le ha definido. La escena en la cafetería con el rabino y el chavalín judío es brillante, como todas las que están compartiendo Andy y David (el interesante David Julian Hirsh).

Todos estamos de acuerdo en que se merece más, ¿pero se merece lo primero que ve? La camarera es una delicia, pero las bodas express no tienen muy buenas estadísticas. La semana que viene piensan explicarnos a qué demonios ha venido todo esto, que es como la decisión del renegado que trastorna su vida a la primera de cambio. En el fondo, intuimos que el romance entre camarera y profesor no alcanzará buen puerto, y confiamos en que, para Nancy, el hombre de su vida sea ese Botwin de pura sangre que lleva esperándola toda la serie. David y ella pueden compartir la viudedad, pero Andy lleva compartiendo con Nancy toda Weeds.

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