Review Weeds: It’s time

Con mucho secretismo se ha mantenido la series finale de Weeds, un episodio especial de una hora que, con su guion, obra de la suma sacerdotisa y creadora de la serie, Jenji Kohan, ha conseguido no dejar indiferente ni al más kinki. Como Lost, es un final polémico, de esos que sacan al espectador de sus casillas para bien o para mal. ¿Puede un episodio final destrozar toda una serie? Yo creo que no, pero otros así juran y perjuran y así juzgan este comentado desenlace. ¿Tiene un episodio final que satisfacer al espectador fiel, el que lleva aquí siempre? Tampoco, aunque en teoría así debiera ser, y no muchos –tampoco– se han sentido cómodos con la despedida, que sin embargo ha sido bastante complaciente; es un final que intenta honrar a su público con un larguísimo número de cameos, con miradas al pasado, pero también con miradas al futuro. Porque el futuro, en It’s time, último capítulo de Weeds, es fundamental. Es trágico, es triste, es esperanzador, y para Nancy Botwin es abrumadoramente desolador. Interesante final, íntimo, emocionante y muy remarcable.

Necesitamos un par de minutos largos para mascar lo que se insinúa desde la pantalla. ¿Perdona? Lo que nos ofrecen ya en el instante uno es la madre de las brusquedades. Brusquedad. Una de las palabras que define el libro de estilo de Weeds, donde todo pasa de repente, sin explicación, y va. Nos lo comemos con patatas. Mechas rubias, aparatos futuristas, niños grandes. A todos nos ha descolocado saltar siete años en el futuro. Nos flipa todavía más esa conversación en el aula, magistralmente autorreferencial y que sitúa perfectamente el contexto. Es una charla entre los padres, un enjambre de aitatxus que han dado relevo a las madres en las reuniones de la AMPA (genial toque el cambio de roles).

101 capítulos, chavales. Se dice pronto. Como los dálmatas, han estado llenos de aventuras. Pero es hora, ha llegado el momento. Es algo que se nos repite largo y tendido en los cincuenta y pico minutos. It’s time. El es hora también va para la serie, que tiene que acabar ya. Su tiempo ha terminado y, como los personajes, sus actores y responsables tienen que mover ficha a una nueva vida. Para Silas y Andy es hora de formar su propia familia; para Doug, es hora de hacer la colada y limar las asperezas; para Shane, es hora de madurar y de ser un hombre de verdad, lúcido, el que en el fondo siempre ha sido pero sepultado por una facilidad casi innata para autocorromperse.

Y para Nancy… es hora de desengancharse de los demás y de su extrema co-dependencia, pues manejar a los demás es su droga y su adicción. Recárguese usted, señora, y viva su propia vida, pues los otros ya lo están haciendo.

Tiene que liberarlos, y sino será malo para ella y para ellos. Nancy es un peculiar ejemplo de madre esquemática, la madre que amamanta a todos, pero le llega el momento de destetar a sus cachorricos, y ella es la última en enterarse. Esto ya lo comentábamos la semana pasada, y la situación se extiende hasta el final. Ahora, con dos hijos adultos y el otro ya judíamente adulto, Nancy se ha quedado sola. Vaya, que sus hijos se le han adelantado y ella ni se ha dado cuenta. El último en proponerlo es Stevie, con un nuevo actor que hace un trabajo maravilloso (el imberbe Mateus Ward tiene un potencial enorme).

Adoro el regreso de Justin Chatwin, lo último que me esperaría, porque su Josh Wilson sólo apareció en el episodio piloto de Weeds y ya me dije y me repetí que se olvidaron de él o yo qué sé qué. Su reaparición ha sido el cameo más sorprendente de este final, a falta de reencontrarnos con la ausencia más dolorosa, la de Elizabeth Perkins/Celia Hodes. El final de la matriarca pasivo-agresiva fue seco, repentino, sin florituras, y hubiésemos adorado ver más de ella, aunque fuese brevemente, en esta secretísima series finale, secreta con razones. De haber tenido Weeds una novena temporada, estamos seguros de que este enésimo salto temporal hubiese sido su enésimo salto de tiburón. Weeds, experta en la reinvención constante, no podía irse sin dar la nota una vez más.

Chatwin, con su vello facial y sus pelos, está directamente exportado de la excelente Shameless, serie de la que deberíamos hablar más a menudo y también de Showtime. Kohan ha reconocido en una de las entrevistas post-mortem que les hubiese encantado tenerle antes y más, pero la agenda de Justin, al que también vimos en uno de los peores capítulos de Perdidos (Further Instructions), está a reventar. Con una presencia más notoria, la trama de Doug nos hubiese parecido, por lo menos, útil. Sin embargo, si nos ponemos a pensar que todo el rollo de la beneficiencia/caca de perro/secta ha servido para llevar a Gurú Doug a una reconciliación paternofilial, pues entonces ha valido la pena. El sonrojo, la pérdida de tiempo y el andar sin objetivo fijo durante, mínimo, tres temporadas. Doug, un personaje que ha estorbado tanto como ha sido desperdiciado, por fin hace algo. En el último momento. Y su trama en este episodio es fenomenal.

Todos los personajes están brillantes en esta última entrega, pero hay uno que nos sabe muy mal, que nos pone tontos, tristes, porque Shane tiene un mostacho algo antiestético, interesantemente gayer, pero también muy suyo, porque quién sino va a dejárselo crecer sino el que se puso cresta, patillazas, piercings y más a lo largo de su existencia. Son Shane y su madre los únicos que acaban en punto amargo, pero el chaval más que Nancy. El pequeño Botwin, mi favorito, terminó el penúltimo capítulo aferrándose a sus principios, capaz de renunciar a su sueño de policía por la lealtad hacia el genial Ouellette. Y, siete años después, es poli, pero también es borracho y peligroso. Su recorrido loco y psicópata no tenía que haber llevado a esto, pero lo ha hecho y no sabemos muy bien por dónde cogerlo. Su situación de ahora da para mucha más historia, pero nos vamos sabiendo solamente que hay luz al final del tunel para el chico de Pittsburgh. Nos deja a cuatro velas, pero qué se le va a hacer.

Por otro lado, la lista de regresos es larga: Sanjay y Clinique, Marvin, Dean Hodes (ese Isabel/Is-a-boy nos mata), Tim Scottson como asistente (!!), y Guillermo y Megan, así como las debidas referencias en espíritu a Jill, Ignacio o… Bruce. No obstante, y aunque es una pasada la reunión de antiguos alumnos, verles daña el capítulo. No porque nos despiste, que no es así, sino por lo forzadísimo de su aparición, muy poco creíble, muy metido con calzador, y nos quedamos: pues vale.

Sé lo justo de los bar mitzvahs, pero sé que gente con la que no te ves en más de diez años, por muy amigos que sean, no se van a cruzar el país en diagonal para ver a un chico que ni conocen, e hijo de una marronera que ha estado fuera del mapa en mucho tiempo. De Guillermo puedo entenderlo, pero no de Marvin o de Clinique, secundarios que nos hicieron pasar grandes momentos, sí, pero que… no pintan mucho ahora. Parece mentira que lo más esperado de este episodio sea, en retrospectiva, su gran mancha.

Y otro mini-punto negativo que le daría es ese chirriante aire futurista que impregna detalles del capítulo. Por suerte, no han metido coches voladores, pero ya de por sí incluir finísimos teléfonos de plástico, teclados holográficos y más jambadas es un exceso que asociamos, por educación televisiva, a un sueño de personaje o a los what if. Es decir, no hace tan creíble como desearíamos lo que tiene lugar en este episodio final: saltar siete años ya es una concesión muy grande, e inventarse un futuro seguramente alternativo donde legalizan la marihuana… tenemos que estar muy dispuestas a despedirnos de Weeds para entrar al cien por cien en este juego/final entre lo utópico y lo deseable. Afortunadamente, la serie nos encanta.

Hay tres escenas que marcan la redondez de It’s time, que lo convierten en un episodio importante, muy notable y en un buen final. Porque no todos los finales son buenos, pero el de Weeds lo es. Son, precisamente, las secuencias en las que el humor socarrón cede tiempo al drama intimista. Cuando los personajes se enfrentan entre ellos y llega la hora de la verdad. Mi favorita es, sin duda, el encuentro entre Silas y su madre en la habitación, con Megan durmiendo. De las mejores escenas. Silas le habla de la nueva vida de Andy. Nosotros escuchamos su historia con la misma novedad con que lo hace Nancy, y sentimos lo mismo que ella, felicidad, morriña, orgullo por el tío Andy. Este es uno de los mayores logros de la serie para con nosotros, porque vamos aceptando las mismas cosas que mamá Botwin al mismo tiempo que ella. Las interpretaciones de Hunter Parrish –que es cojonudo cuando le da la gana– y la María Luisa son tremendas. Su conversación posterior, en la fiesta, cuando a Silas le están haciendo la caricatura, es otro gran momento.

Y no puede faltar la de la imagen de arriba, que es la primera vez que Andy y Nancy se ven después del final del capítulo 100. Han pasado, nos creemos, siete años desde entonces (los mismos que, para nosotros, desde el episodio piloto). Malamente podemos describir lo que transpira el diálogo: volved a verlo. Porque en esos pequeños momentos, ya sean el gigante Justin Kirk (un monstruo del histrionismo, un grande de la interpretación) y Mary-Louise Parker tirados en una esquina o la MILF y cualquiera de sus hijos hablando cara a cara, es ahí, en esos momentos, donde está la razón por la que nos encanta Weeds.

It’s time es un episodio sensacional como cierre de un largo trayecto, de una aventura, de unos personajes. De una serie voluble y moderna, flexible. Aunque Shane nos sabe amargo, ya que su final es el más decadente de todos, él encuentra la paz en la esperanza de una rehabilitación tanto como los demás, sólo que la suya es un poquitín más evidente y más literal. La vida sigue.

Todos han empezado su vida, su propia vida, y Nancy tiene que continuar la suya. Como abuela, como madre, como viuda, como persona. Tuve mis aventuras, le dice al de la tabacalera.

Los últimos minutos de It’s time son compenetración total entre el espectador romántico y los personajes míticos. El recorrido y nuestro amor hacia los Botwin (& Doug) son lo que moldea cómo nos sintamos ante esta larga secuencia –somos nostros quienes construimos su significado,– calma y muda, tierna, tiernísima, mágica e invernal, donde resuena maravillosamente el With Arms Outstretched de Rilo Kiley, que se nos mete por los oídos y nos sitúa como Nancy, que pasa de estar sola, como se temía, a acompañada, porque siempre estará acompañada. Puede que ahora los caminos de la familia diverjan para siempre, que no se verán tan a menudo como antes.

Es hora de enfrentarse a un nuevo futuro, un futuro sin los Botwin. Es hora: de seguir, de que la serie acabe, que es (era) el sentimiento de muchísimos seguidores. Aceptémoslo como –al final– lo hace Nancy, que ha tenido sus aventuras pero que las seguirá teniendo, fuera de la cámara, durante el resto de su vida. Que dicho quede: ¡larga vida a los Botwin!

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