Review Weeds: Five Miles From Yetzer Hara

Los foros de Internet se han quedado un poco desfasados, cualquiera pasa ya un poco de ellos, son como los discman o las novias góticas, pero ojeando el otro día la página en Facebook que tiene Weeds, donde los estadounidenses medios postean sus impresiones sobre lo que va siendo la temporada final de la serie, uno lee cosas dispares. Uno lee que este ha sido el mejor episodio de la historia jamás jamás de los Botwin (que yo no lo creo). Eso dijo alguien; otro, seguidamente y con su rectitud moral, acusaba a la hipster de Jenji Kohan de frivolizar con las drogas y no criminalizar su uso, así como de hacerlo parecer algo guay, cool y chachi. Sin duda es así, es guay parece guay y hace que el narcotráfico sea guay, no como Breaking Bad, cuyo retrato es el de un viudo mirando gaviotas por la ventana, escopeta en mano, mientras suena Johnny Cash. Pero eso también es guay, demasiado guay. Con todo, Weeds tiene la bonita cualidad de entrar por los ojos y, a pesar de no recurrir mucho a los artificios más emocionales, sí que te deja un rato bobo, ya sea pensando en lo que le harías a Mary-Louise Parker en un coche o en las vueltas que da: han pasado cuatro capítulos desde la última review, y la distancia recorrida desde entonces es de cinco y un abismos.

Hagamos memoria y veamos lo que ha pasado desde la última vez que hablamos tú y yo: a Silas le robaban la hierba (un loco) y, simultáneamente, Nancy decidía echar a perder su propio material (¡qué loca!). Ser recto moralmente, como aquel usuario de Facebook, es uno de los temas de la temporada, el dejar atrás el karma malo que hace que disparen a tu frente. Sin embargo, vamos viendo lo más interesante de la función, y es ver cómo la Weeds de Kohan nos recuerda que el tigre nunca cambiará sus rayas.

La señorita Nancy es una pícara y la adoramos por su deje irredento, casi andaluz, actitud de pasota cabrona, que te mira a los ojos y te miente pero te da igual porque te ha mirado a los ojos y te ha sonreido. Lo vemos con el farmaceútico en el partido de fútbol, lo vemos con sus clientes (legales en su nueva empresa e ilegales a lo largo de la serie) y lo vemos hasta con sus hijos, como cuando le deja a Shane el cuidado del niño loco psicópata –gran actor– para que él sea quien le entretenga. Su eterno tono MILF se suaviza en estos últimos capítulos para intentar ser una buena madre para Stevie. Pero no del todo, majos.

Quiere llevarle al zoo, quiere enseñarle geografía más allá de saber dónde está Pittbusrgh (enorme, grandísimo guiño a los inicios de la serie). Pero, entretanto, usará sus armas bien aleadas para vender los fármacos y, de mientras, tirarse al rabino, uno de los nuevos personajes más interesantes que nos va mostrando este último año. En Facebook, a propósito, tachaban de innecesario que se lo montase con el hombre, pero a mí me ha gustado y profundizar en el judaísmo siempre es sano.

Es difícil ser madre y también trabajar, nos cuenta Weeds en esta temporada, aunque la mujer parada se ría de la burguesía –hipócrita, pero burguesía– que recorre el sistema nervioso de la serie desde el guion del piloto. Es confuso, digamos, y es duro, pero eso tampoco excusa la naturaleza bicéfala de la Botwin, pues Nancy da círculos y luego vuelve a lo mismo. Su conversación con la cojonuda secretaria del médico en este último capítulo, Five Miles From Yetzer Hara, nos retrae a las tentaciones de las que habla el rabino en una gran escena, y de cómo el camino hacia hacer bien o hacer mal, que siempre es relativo, depende más de ti, de lo que quieras hacer, de lo que pretendas, de lo que tengas en la cabeza, y que básicamente tú decides por dónde moverte dentro del ajedrez. Cito, traduciendo, una gran quote del episodio: “Dios nos pone a todos a ocho kilómetros de Yetzer Hara y a ocho kilómetros de Yetzer Hatov. Pero no condiciona la ruta de nadie.” Da igual lo que sea Hara o Hatov siempre que los entendamos como antagonistas, como Jacob y el Humo Negro o como Llorente y los seguidores del Athletic y del fútbol en general. Llorente es riojano, por cierto.

La inmoralidad, pues, es clave. También vemos caradurismo en Jill, que es fenomenal, lo mismo que su actriz, que encarna en el episodio un cara a cara con su hermana que es la ostia y alucinante y en el que discuten sobre ser madre, ahora que se nos ha contado que el embarazo de la segunda era falso y que estaba fabricado por la menopausia precoz de esta histriónica divorciada Price-Gray, mujer de méritos pues ha conseguido devolvernos la mejor cara de Andy, aunque sea a base de tortazos. Viendo sus escenas esta semana, uno piensa que el material con el que se maneja Jennifer Jason Leigh podría a ser bastante válido para Elizabeth Perkins y su Celia Hodges, cuyo antagonismo con Nancy y el juego de envidias nos recuerda mucho a su dinámica, perdida hace ya tres temporadas.

Doug, vestido de Walter White, protagoniza la subtrama intranscendente de la semana, que como la de la caca de perro destila brillantez por cada costado. No sé si es por esa gran secundaria que es la señora de la limpieza latina a la que él sigue llamando con nombres masculinos (Manuel, Miguel) o porque el nivel de escatología va aumentando con cada minuto, adoro cada instante de esa burrada que es Doug Wilson. Empieza recolectando vagabundos navajeros y termina comprando su impunidad a un funcionario público por abajo y con una serie de gestos muy de cine mudo. La crítica social está implícita en cada fotograma de todo el cachondeo, pero eso es lo de menos. Un aplauso para ese desperdicio social y para ese actor sin complejos que es el gran Kevin Nealon, que como parece que lleva de acoplado varias temporadas, pocas veces nos fijamos verdaderamente en él. Nealon, para los que no lo sepáis, es uno de los muchísimos cómicos salidos de la cantera del Saturday Night Live. Y se nota.

Weeds es, al final, una serie de momentos, de escenas, y este episodio notable los tiene y a raudales. Por ejemplo, el contraste entre las dos escenas que muestran a Shane y Silas afeitándose y lavándose los dientes antes de ir a trabajar. Otro, los dos momentos musicales que nos encontramos son de los estimulantes, y reivindico, creo que por primera vez, la magia que encierran todos los cierres de capítulos, que saben situarte en un punto y llevarte a otro, de subidón, en cuestión de milésimas de segundo. Quedan cinco episodios para el final de la serie, el final de la serie, y como siempre no nos vemos capaces de adivinar dónde acabaremos.

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3.5
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