Review Weeds: Boomerang

Justo cuando acabamos de saber que Showtime confirma la renovación de esta serie y de la debutante The Big C para la próxima temporada, va y nos cae este episodio para cuya descripción bastan cinco sílabas con la misma métrica: CA-PI-TU-LA-ZO. Para saltar de alegría como un bellaco. El boomerang del karma, el deus ex machina a lo bestia, la teoría del caos, una maliciosa voluntad divina… todos intentos siempre parciales de explicar el rocambolesco, aleatorio e impredecible efecto de la coincidencia. Y cuándo esto se junta con el humor negro tan propio de Weeds, el resultado es un tercer acto espectacular y frenético, el “que más puede pasar”, que nos deja en un estado de tensión ideal para las entregas venideras.

Ese orgiástico cliffhanger no es más que el resultado final de una colisión múltiple que recoge restos de los capítulos anteriores. Y atención, que no tiene nada que ver con toda esa cantidad de hierba que le compraron a Linda antes de tener un inesperado encontronazo con la policía, no. De eso salen bastante bien. Si en el episodio anterior era el móvil de Andy la pista que llevó a César, secuaz y Doug a Seattle, los “arreglos” en el papeleo del monovolumen dejan cabos suelto (lo que buscaban realmente los policías) que sirven a aquellos, como maná caído del cielo, para dar con el paradero exacto de los Botwin. Con qué habilidad han sabido explotar un recurso tan sencillo y concreto como es un maldito terminal telefónico.

Por otro lado, estaba claro que Shane iba a complicar las cosas. Aunque se zafa con una admirable maestría de la encerrona en la que lo metieron sus amiguitas, diciéndoles de todo con la suficiente elegancia como para que no se indignasen, estas acaban por personarse en el cuarto de motel donde se hospedan los “Newman”, que visto lo visto, no les ha durado nada la nueva vida. Primero van ellas solas para conocer el cotarro, y se dan cuenta de que la familia es aún más disfuncional de lo que pensaban. Luego vienen acompañadas por el sheriff, una asistente social sordomuda y su intérprete, encontrándose a un Andy en pelota picada, recién salido de la ducha, con el bebé en brazos. Pero esto todavía no es el colmo.

“Find the odd one”

Esa iniciática red de trapicheo que Nancy se había montado en el hotel ha hecho aguas en menos de nada. ¿La culpable? Esa otra doncella que ya le había descubierto el pastel en la lavandería, que por cierto, os sonará de haberla visto como la bruja curandera en la primera temporada de True Blood. Pues bien, del chantaje se llega a las manos. Y justo cuando Nancy pensaba que le había dado esquinazo, aparece también en el motel, poco antes de que entrase en escena el variopinto grupo antes mencionado, sedienta de venganza, acompañada por un maromo de 3×3 que mete pánico. Entonces se da la enésima casualidad, que este gigantón está en búsqueda y captura. Así, el cuarto de motel se va convierte en el camarote de los hermanos Marx, todos huyen de alguien o buscan a alguien. El colmo de la desesperación para Nancy llega cuando Shane llama y confirma sus peores sospechas: ha sido atrapado por César, y los vemos yendo en coche a alguna parte. El espectador no puede parar de reír, y Nancy está punto de romper a llorar.

Para llorar sí que son los derroteros del pobre de Silas, aquel que buscaba con más afán la redención y la estabilidad; parecía haber encontrado sus sitio perfecto, de infiltrado en la universidad y con una novia sexualmente muy concesiva. Pero como todo lo bueno, no podía durar, y aunque hasta el último momento pensó en quedarse y desmarcarse de esa eterna espiral de huida de sus familia, se da cuenta de que no le queda otra. No sólo deja la vida con la que siempre había soñado, sino que también se ve obligado a robar una vez más, y esta vez, a su propia querida.

Del pagafantismo al liderazgoDel pagafantismo al liderazgo

Como siempre, las situaciones tensas sirven de entrada a los movimientos y revelaciones más sinceros en las relaciones de los personajes. El sempiterno tira y afloja entre Nancy y Andy alcanza el inmediato pre-clímax, un punto de no retorno. Ella siempre ha sabido que su cuñado estaba coladito, y él, que su cuñada lo utilizaba, en cierta manera, para que siempre estuviese a su lado, porque aunque ella le diga que nunca van a estar juntos, reconoce que lo necesita a su lado. Cuestionamientos de los acontecimientos desde el mismísimo inicio, dentro de esa manera tan original y elegante de tratar el rencor que sólo esta serie sabe hacer. Andy se da cuenta por fin de su posición privilegiada, y de ser el eterno pagafantas, parece que finalmente asumirá los avatares del liderazgo, que ya era hora. Lo mejor es la respuesta que le da a Nancy cuando ella afirma que todas sus parejas han muerto: “Your pussy is a death sentence”.

Aparte del rumbo global del episodio y esa sensacional secuencia final, el episodio nos ofrece momentos cómicos para enmarcar. El mejor, cuando una de las madres solteras, muy feminista y todo eso pero necesitada como la que más, encuentra en Andy a un “padre de alquiler” perfecto para engendrar un nuevo retoño, y se lo va devorando mientras confirma que no tiene una serie de enfermedades raras. O también, cuando el siempre jocoso César perdona la vida al patán de Doug por “voluntad divina” (por una oportuna llamada de móvil, todo un deus ex-machina, pero permisible) aunque en el fondo deseaba cargárselo, y luego increpa a su secuaz por “pronunciar el nombre de Dios en vano” por la misma razón.

Por último, no podría pasar una reseña más sin dedicar una mención de honor a las siempre originales cabeceras. Weeds, desde que abandonaron la intro permanente en la cuarta temporada, sólo son igualados por Los Simpson en cuanto a las cabeceras variables. La de este episodio, para mayor aliciente, realiza un calco casi íntegro de un plano que se puede ver más adelante en la propia diégesis, cambiándole sólo lo necesario.


Categorías: Sin categoría
¡Únete a nuestra comunidad!

Déjanos tu comentario »