Review Weeds: A shoe for a shoe

La caravana de los Botwin se nos había quedado muy atrás desde hace algunos capítulos. Ahora intentaremos pisar el acelerador para llegar a tiempo a esa esperado final de temporada el próximo lunes. Al mismo tiempo, una oportunidad para los rezagados de ponerse al día. Por supuesto, está disponible el libro de reclamaciones, así como también se podrá solicitar de manera extraordinaria apedrear a un servidor por el largo desvío; eso sí, de uno en uno. Antes de dar paso a la reseña, se pide que se comente cada una de estas entregas atrasadas como si no se hubiesen visto los episodios sucesivos, es decir, no espoilear en los comentarios por respeto a la gente que aún no está actualizada. Vamos allá.

Weeds alcanza su ecuador de temporada con un sabor a midseason finale, cerrando muchos cabos y, de alguna manera, como dividiendo el sexto volumen en dos grandes mitades casi independientes, aún a la espera de saber qué sucede en las próximas entregas. Esto quizás sería algo más común en las series de las networks, con temporadas de 22 episodios en las que, entre parones y grandes giros, algunos arcos de capítulos parecen conformar mini temporadas. Por ello, en una serie de cable, de 13 capítulos por volumen, resulta cuando menos algo más excepcional. Pero al fin y al cabo, el caos y la inestabilidad continua y progresivamente alocada se ha convertido ya hace tiempo en una de las señas de identidad de esta comedia negra.

Hace poco veíamos como la TSNR Andy/Nancy tomaba un nuevo cauce que tenia más que ver con las dialécticas de liderazgo, pero todo vuelve a su estado “natural” antes de que esa supuesta preponderancia de Andy hiciese efecto alguno (aunque tampoco había dudas de que fuese a suceder de otra manera). Nancy sigue siendo la mujer guerrera que tiene que organizarlo todo, enfrentarse directamente, físicamente, ella sola, al matón que tiene a su hijo y que procura a su bebé, y es su panda de gañanes acompañantes masculinos la que tiene que quedar en la retaguardia, y a la postre, hacer de señuelo. Y Andy, aunque se pinte de guerra (con el rimmel), sigue quedando supeditado a su cuñadísima: encima de no ser capaz de llevársela al catre ni a la de tres por mucho que lo desee, acaba acatando su determinación día sí, día también, incluso cuando ella está equivocada. Encima, en el restaurante, sus sucesivos intentos por solventar la inesperada y peliaguda situación resultan a cada cual más penoso (de un flojo puñetazo pasa a ser intimidado por un estornudo). La inversión de los tradicionales roles sexuales es sin duda una de las aspectos más sui generis (y definitorios) de esta serie, para la cual el sempiterno debate machismo/feminismo, o más concretamente, serie de chicas/serie de chicos, resulta insuficiente y escaso, por mucho Lady Botwin se declare “madre leona”, inquebrantable e invencible cuando son sus cachorros los que están en peligro.

Madre, mujer, MILF, guerreraMadre, mujer, MILF, guerrera

Nancy y César tienen su particular duelo al sol, aunque dentro de la oscuridad de un teatro abandonado, que se resuelve de una manera bastante atípica, bastante Weeds, una de esas breves escenas de acción que empezábamos a echar de menos. Y mientras tanto, el resto del Team Botwin intenta resolver de manera distendida, a modo de conversación múltiple tarantiniana, el “intercambio” de rehenes: el deseado, y el inesperado. La verdad es que la reincorporación de Doug hasta ahora no ha tenido más que aportaciones positivas: su jocoso patetismo es el necesario complemento cómico que la serie necesita, especialmente cuando la trama central (serial o episódica) necesita desmarcarse de la comicidad. Su famélica desesperación en el restaurante recuerda incluso al mismísimo Carpanta. Y de su intento fallido de huida narrado en segundo plano,… en fin, una genialidad de dirección. Lo más gracioso del capítulo junto al breve retorno del Silas más vacilón al indignar a la asistente social sordomuda con groserías en lengua de señas.

Otra vez los teléfonos móviles vuelven a ser un recurso bastante aprovechado (y no por ello facilón), esta vez para traernos esos momentos que tanto nos encantan, en los que confluyen, de manera complementaria, la estampa familiar más cotidiana (en este caso, bastante off-topic) con el aprieto criminal más comprometido. Cada una muy alejada espacialmente de la otra pero unidas temporalmente mediante los prodigios de la tecnología, acaban cristalizando en un WTF algo más sutil que de costumbre: del diálogo de madre a madre entre Nancy y la señora de César pasamos a comprobar el lado más frío y sanguinario de esta furia chicana: con qué naturalidad desaprueba las vestimentas demasiado atrevidas de su hija adolescente y acto seguido le da a su mercenario marido la motivación suficiente para cumplir su cometido. Está claro que todo lo malo se pega. Eso sí, no olvidemos que Nancy no deja de ser un pedazo de pan aunque a veces se empeñe en parecer lo opuesto, y cuando llama a su “querido” ex para cantar victoria (eso sí, de manera amistosa y nada desafiante) se acuerda de pedirle comprensión para el derrotado César, que dentro de lo que cabe, tampoco parecía mal tío.

“Mátala, cariño, hay albóndigas para cenar”

El secuestrado no deja de ser objeto de debate entre su loca familia. Así, Silas suelta de su boca algo que ya adelantábamos en la season premiere, en todo un ejercicio de referencia intertextual de la casa Showtime: “Shane podría, no sé, convertirse en uno de esos buenos asesinos en serie que sólo matan a otros asesinos en serie”. Nada más cerca de la realidad, ya que el más joven de la doble S parece llevar con bastante serenidad su secuestro, como si se tratase de una clase práctica en esa escuela del crimen a la que lleva acudiendo, de forma ininterrumpida y sin aprobación materna, desde que su querida madre decidió buscar una solución alternativa a la crisis. Y eso que aún no hemos visto nada. Ya una vez resuelta una parte del problema, es decir, con César fuera de juego, queda la otra. O más bien, el otro, vamos, Ignacio, el lacayo. En el momento de la verdad, con toda la carne en el asador y el gallinero a rebosar, es finalmente Shane quien toma la iniciativa, con decisión y sin que le tiemble el pulso, de retar a vida o muerte a este profesional no especialmente eficiente pero también algo simpaticote, a su modo.

En general, toda la secuencia de restaurante, de esa mesa que se va llenando poco a poco de comensales a los que no llama precisamente el apetito, recuerda en buena parte al prolongado preclímax de esa rematadamente sarcástica secuencia del sótano en Malditos bastardos, en la que por otra parte, se tensaba el muelle hasta que no dio más de sí y se seguía tensando aún. Por suerte, esto es televisión, y encima, comedia (muy peculiar, vale), así que ni se llega a un innecesario clímax explosivo ni la goma se estira hasta la saciedad (algo positivo tendrían que tener las limitaciones de tiempo, ¿no?). La resolución, mucho mejor. Una elipsis muy funcional nos lleva a una amistosa despedida entre los contendientes, en plan mentor y aprendiz, con bendición incluida. ¿Dónde está el truco? En otro de los objetos más recurrentes, narrativamente, de esta temporada: el coche, ese deportivo que la dulce novieta de Silas le había prestado amablemente. Al fin y al cabo, un mercenario no busca más que el propio beneficio.

“Suerte, pequeño saltamontes”

Ese coche era lo único que le quedaba a Silas a un proyecto de nueva vida que le estaba gustando y que no quería abandonar. Y así los Botwin están de nuevo en la carretera, en lo que parece un cíclico déjà vu. Además ahora el bueno de Doug se les ha unido a la expedición a quién sabe donde. No sabemos qué destino les aguarda, podemos imaginarnos cualquier cosa (atención al título del capítulo 9: To Moscow and quickly). Lo que está claro, o así lo parece al menos, es que el asunto de Esteban parece zanjado (“Buena suerte con el crimen y todo eso”) y sí sueltan prenda acerca de las direcciones que pueden tomar, o mejor dicho, las que no tomarán: “No more Spanish“.

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