Review The Killing: Donnie or Marie

AMC llegó a nuestros ojos y oídos de la mano de Breaking Bad, hace ahora tres años justos, y al poco de empezar a deglutir las desventuras de Walter White supimos que esa (hasta entonces) desconocida cadena también era la encargada de recrear los años 60 a través de Mad Men. Ojito con AMC, pensamos, y empezamos a seguir sus novedades: la breve The Prisoner, la cancelada Rubicon, la hypeada The Walking Dead… así hasta The Killing. Podemos decir, pues, que adoptamos The Killing gracias al aval de sus predecesoras: no en vano, a día de hoy, 21 Emmys de 84 nominaciones contemplan a Mad Men y Breaking Bad. Y, sin embargo, la penúltima apuesta de AMC es un pinchazo. The Killing se ha ido desinflando hasta llegar agonizante al final de la segunda temporada. A un capítulo del cierre, Donnie or Marie ha sido un fiel reflejo de lo que viene siendo la serie: el juego del gato y el ratón con el espectador, que ni siquiera cuenta con las piezas necesarias para intentar descubrir quién mató a Rosie. ¿Comentamos este 2×12?

¿Otro cigarrito? Linden y Holder se han pasado los 43 minutos de episodio encendiendo cigarros, uno detrás de otro. Entremedio, hemos asistido nuevamente al ejercicio preferido de esta serie en los últimos tiempos: decir cosas sin comprometerse a nada y dar la sensación de que apuntar a alguien como culpable es precisamente exonerarlo. Ah, y chantajear. Aquí chantajean todos, desde el primero al último. Vayamos por partes…

El capítulo empieza justo donde lo dejamos la semana pasada. Linden y Holder están en el Ayuntamiento, donde acaban de descubrir que la tarjeta de marras (tarjeta por cierto ensangrentada, ¿no pueden mirar de quién es la sangre?) no pertenece al equipo del alcalde Adams, sino al de su rival Richmond. Nuevos sospechosos número uno: Jamie y Gwen. Nueva táctica: aliarse con el alcalde, cosa muy necesaria porque ahora, justo ahora, la policía ha decidido arrestar a Linden. No la podían haber arrestado hace dos o tres capítulos, claro, porque entonces ella no hubiera tenido escapatoria; tenía que ser ahora que sabe que el alcalde es de los buenos. Linden le ofrece a Adams olvidarse de la famoso foto trucada a cambio de libertad total para cerrar el caso. El alcalde acepta y, tras un cigarrito, los detectives se ponen manos a la obra.

El resto del capítulo consiste en repartir, ordenada y equitativamente, los argumentos de culpabilidad entre Gwen y Jamie, que llegan empatados hasta la recta final. Ejemplo: los dos perdieron u olvidaron la tarjeta de acceso al Ayuntamiento en las horas siguientes al asesinato de Rosie. En los últimos minutos del capítulo, gracias a la grabación cedida por la jefa de seguridad india (otro chantaje), vemos que la cosa se decanta finalmente por Jamie: él es quien entra en el ascensor rumbo a la planta 10, él es quien miente a Richmond según esa enigmática escena final. Pero empecemos por el ascensor. Efectivamente, la cámara de seguridad graba, sucesivamente, a Rosie Larsen (mochila en mano, llegada al casino para decir adiós a la ciudad de la que está a punto de huir), a la jefa Jackson, a Michael Ames… y a Jamie. El ayudante de Richmond llega parcialmente encapuchado, pero tiene la gentileza no solo de quitarse la protección sino de quedarse mirando a la cámara de manera desafiante. Como diría Marshall, weird… Raro sobre todo porque no hemos podido ver quién iba en el coche de la campaña, el mismo usado para ahogar a Rosie. Creo que no nos sorprendería saber que en ese coche iba otra persona que no es Jamie; el auténtico asesino. Porque no negaré que, llegados a este punto, de quien menos dudas tengo es precisamente de Jamie. Siguiendo la lógica de la serie, él precisamente es quien está más libre de culpa, porque la finale de la semana que viene servirá probablemente para desmontar parcialmente la trama de este Donnie or Marie y entregarnos en bandeja de plata la cabeza del autor del crimen. O autora. O autores. O autoras.

Es, en realidad, a lo que nos tiene acostumbrados la serie. A montar y desmontar piezas usando recursos bastante tramposos. El problema de The Killing no es que cambie de sospechoso constantemente, que al fin y al cabo es lo que aproximadamente se espera del género, sino que lo hace de una manera que convierte al espectador en un espectador pasivo, incapaz de jugar a los detectives porque se recurre con desesperante asiduidad a algo parecido a un deus ex machina. Dicho de otra manera: demasiadas cartas bajo la manga. La serie ha ido planteando un juego de muñecas rusas en el que dentro de cada figura había otra figura más, pasando el testigo de presunto asesino de los compañeros a instituto de Rosie a su profesor, al encargado de mantenimiento, al amigo de la familia, al alcalde, a los indios, al rival del alcalde, a sus ayudantes, a un noviete con trasfondo mafioso, a la Mafia en sí misma… Y ahora, a punto de cruzar la meta, la idea que todos tenemos en la cabeza es muy parecida: el hecho de que Gwen y Jamie estén tocando las brasas les librará precisamente de caer en el fuego.

Como bien señala el amigo TheScape en los comentarios, habría que ver de nuevo todos los capítulos para que la sensación de incoherencia al saber culpable a Jamie se nos fuera; falta ver si nos sucederá lo mismo cuando sepamos definitivamente quién mató a Rosie. Personalmente creo que queda una cosa muy importante a la que prestar atención, que se nos ha insinuado en los últimos capítulos pero que aún necesita más foco, y que posiblemente sea clave: el modus operandi. Sabemos que alguien persiguió a Rosie por el bosque, pero que llegó al maletero del coche viva. De ahí saldrá la clave para acabar descubriendo el asesino. Mi gran sueño sería que la asesina fuera Mitch. Oh, ya sé que es la madre y que sería muy políticamente incorrecto, pero solo eso me justificaría su presencia durante la temporada. En serio, ¿qué pinta Michelle Forbes en esta serie? Cero. Le estoy pillando una manía a la actriz… Su vuelta a casa ha sido fabulosa, especialmente el momento en que acusa a su hermana de lavar la ropa interior. ¡Habrase visto, qué descaro!

El capítulo se cierra en presencia del engmático Ted Wright, la musa de los discursos de Richmond. Si lo he pillado bien (entendedme, yo no fumo, como Linden y Holder, no aspiro a esa capacidad deductiva), el tal Wright es el abuelo de Jamie, y el hombre que le sirve de coartada en la noche del asesinato. Richmond acusa a su ayudante de mentir, pero no sabemos en qué: ¿mintió acerca de esa coartada, y resulta que Jamie andaba suelto el día de autos, o Richmond se refiere a que la historia mil veces explicada sobre la capacidad de superación de Ted es falsa… o qué exactamente? Mi recomendación es que a falta de una semana no le deis muchas vueltas: el lunes lo sabremos. Para entonces habremos puesto punto y final a una temporada con muchos altibajos y en la que sigue brillando con luz propia un personaje y un actor: el Holder de Joel Kinnaman.

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2.5
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