Review Spartacus: Enemies of Rome

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La noticia de que Spartacus acabaría en la tercera temporada no sentó demasiado bien a los fans de la serie, pero sí le ha sentado muy bien a la serie. Por mucho que disfrutemos como enanos viéndola, Spartacus no es la típica serie que pueda alargarse de forma infinita, cual CSI, en parte porque el final está escrito desde el primer día, en parte porque la esencia de la misma dicta que las cosas sucedan rápido, sin demasiadas florituras, sin entretenerse en historias secundarias por el bien del entretenimiento más absoluto. Porque eso es Spartacus: 50 minutos vibrantes de pura seducción. ¡Vamos a por Enemies of Rome!

  • Episodio 3×01: Enemies of Rome
  • Fecha de emisión: 25 de enero

Enemies of Rome es el primer paso hacia un final que no sólo está escrito en los libros de historia, sino que el propio Spartacus lleva tatuado en la frente desde el día que lo conocimos y, por amor a Sura, decidió desafiar a la República de Roma. No se puede derrotar al poder establecido, eso lo sabemos todos, pero sí se le puede hacer el suficiente daño como para que ese poder cambie de manos, cambie de rumbo o, lo más importante, cambie de ideas. Enemies of Rome pone la primera piedra de la que será la gran batalla final, que gracias a que la serie tiene fecha de caducidad, será la protagonista de toda la tercera temporada. Una última contienda en la que el esclavo convertido en gladiador, en Campeón de Capua, en rebelde y en líder de un ejército, hará temblar los cimientos de un pueblo tan colosal y potente como el romano. Y este 3×01, como decíamos, va al grano en todos esos asuntos.

Muchas cosas han cambiado desde que el ejército rebelde arrodillara a Glaber, literal y metafóricamente, en los alrededores del Vesubio. Aquel día se perdieron muchas vidas, algunas importantes (Oenomaus, Mira), pero significó un punto de inflexión en el levantamiento esclavista, que pasó de ser una mosca cojonera a una avispa. Desde entonces, aunque no hemos sido testigos, el ejército de Spartacus no ha parado de crecer hasta el punto de que muchos de sus hombres no conocen la verdadera identidad de su líder. Los rebeldes ya no se cuentan por decenas, como al salir del ludus del añorado Batiatus (cómo molaba John Hannah), ni por centenares, como en la falda del Vesubio, sino por miles, un número suficientemente importante como para empezar a preocupar a los jefes de la República. La gran ventaja de cualquier ejército acaba siendo su principal inconveniente: más soldados significa mayor capacidad de expansión, pero también enemigos más fieros. Y en Enemies of Rome nos presentan con sumo acierto (volveré a repetirlo varias veces) al final boss de la revolución: Marcus Crassus (Simons Merrells). Pero vamos primero con los rebeldes…

La primera escena del capítulo escenifica el daño que está haciendo el “salvaje”, así lo llaman los generales que luego perderán sus cabezas, al ejército de Roma: Spartacus cabalgando sobre decenas de cadáveres romanos. En su última carga, en la que recordamos que en el cuerpo a cuerpo los esclavos no tienen rival, el líder tracio acaba destrozando cabezas enemigas con el águila romana, el símbolo de las legiones. Es una bonita forma de decirnos… ¡Zas, en toda la boca! En cualquier caso, el peor enemigo de los romanos en los primeros compases de la guerra no es la habilidad en el terreno de juego de Spartacus, sino la insolencia. Desprestigiar al enemigo sólo por el hecho de ser esclavo, una tendencia habitual que luego veremos repetida en el hijo de Crassus, dinamita las opciones de las legiones, que además pierden de forma flagrante la batalla estratégica. Enemies of Rome se ha esforzado precisamente en eso, en enseñarnos el cambio de rol de Spartacus: de impulsivo líder hambriento de venganza a moderado y estudioso estratega. Los escritos de la época también hacen hincapié en esa idea: Spartacus no ganó batallas cogiendo una espada, sino un mapa. En ese cambio de mentalidad también entran Crixus, Agron y, en menor medida, Gannicus, que sigue prefiriendo (evidentemente) una buena jarra de vino y dos mujeres que una clase de asalto.

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La historia de Spartacus se escribe a partir de su valor y su tenacidad, pero también a partir de la dureza de sus enemigos. Y la serie ha cuidado muy mucho este aspecto. Primero nos presentó a Batiatus, el más indigno, traidor y encantador de cuantos rivales haya tenido Spartacus, un lanista malo hasta la médula que nos robó el corazón con sus intenciones venenosas. En Vengeance nos sentimos algo huérfanos de gran villano, pero sólo hasta que Glaber dejó de ser un loser para recoger el honor y la ambición de Quintus Lentulus. Mientras tanto, nos animamos con el siempre entretenido Ashur. Y aunque entre los dos no estuvieron a la altura del primero, la parte final de la temporada no desmereció. Así que la serie se enfrentaba en su tercera temporada al exigente reto de presentarnos a un malo convincente, que no se pareciera a Batiatus ni a Glaber y que fuera a la vez peligroso y cautivador. Que no desmereciera en la batalla. Y que tuviera ese puntito atractivo para que, llegado el día, nos supiera un poco menos mal que toda la fuerza de su espada cayera como una pesada losa sobre la revolución. De Marcus Crassus habíamos oído hablar desde Blood and Sand, pero no ha sido hasta este 3×01 cuando nos hemos encontrado cara a cara con él. Y a pesar de las altísimas expectativas, su presentación ha sido lo mejor del capítulo. Crassus mezcla la inteligencia de Batiatus, el honor de Spartacus, la habilidad en combate de Gannicus y el dinero de Glaber… multiplicado por cien mil.

Cualquier concepción previa que tuviéramos de Marcus Crassus se va por el retrete en su primera escena, cuando lo vemos en la arena de su casa entrenando con un esclavo gladiador. Bajo la máxima de que para vencer a tu enemigo, debes conocerlo, Crassus se entrena como si fuera uno de los hombres de Batiatus, perfecciona su arte con la espada y exige a su rival que se emplee al máximo. Sin descanso tras la batalla, conocemos la otra cara de Crassus, que cede diez mil hombres a las legiones de Cossinius y Furius, rivales de Spartacus en retirada, a cambio de honor. No será hasta el final del capítulo cuando descubramos la jugada maestra del nuevo gran villano de la temporada, al que el honor de Roma le importa más bien poco en comparación con grabar su nombre en la Historia como el hombre que derrotó a Spartacus. Por el camino, gracias a su enemigo, elimina a dos generales como Cossinius y Furius y se erige como única alternativa para destrozar la rebelión. Poner fin a la amenaza de Roma pasa por el bolsillo, por la cabeza y por las manos de Marcus Crassus. Mención especial a la batalla a muerte contra su entrenador/gladiador (a pesar de que conocíamos el final), que dictamina que está preparado para la guerra. Por cierto, a Crassus sólo le vamos a poner un punto negativo: su hijo. Espero que la serie no pierda el tiempo con la revolución hormonal del chico, con sus líos de faldas pantalones y con su insoportable soberbia. Nos molan más escenas como ésta…

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Por lo demás, sigo creyendo que la relación entre la (no tan) nueva Naevia y Crixus es mucho más fría y menos convincente que la que tenía con la antigua Naevia; sigo pensando que Liam McIntyre no es el mejor actor del mundo… ni de la serie; sigo encantado con el carismático Gannicus, ese artista que pinta con espada en color rojo (va por ti, Ser Barristan Selmy); sigo pasando del romance de Agron… ¿os interesa?; sigo disfrutando con todas las escenas de sexo y gore que nos ponen, porque eso también hace grande a esta serie; sigo seducido por el uso y abuso de la cámara lenta, que se recrea en adictivos e innecesarios planos, como esa cabeza que se despega del cuerpo o ese chorro de vino que se desliza con suavidad por una teta; sigo perturbado por la voz de Crixus; y sigo echando de menos a Andy Whitfield.

Siguiente parada del ejército rebelde: una ciudad en la que defenderse del frío, en la que llenar las reservas de comida y en la que establecer los vínculos emocionales que ayudarán a vencer la guerra. Ah, también sigo pensando que Spartacus es una serie tremendamente emocionante…


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