Review Skins: Rich

La verosimilitud está un poco muerta, piensa uno viendo el segundo episodio para Rich, pero da igual. Luego llega el final, el mosqueo y el derrumbe, porque todo aquello que teorizaste en un primer momento (¿es real?) y luego desechaste en la escena de la habitación te da un mordisco y te come con patatas. Es un juego, una semana más, y santa la leche: Rich, de esta sexta temporada, es un capitulazo y un tortazo a partes iguales, un subidón, un recordatorio de lo grande que es Skins y de la poca piedad que hay si aún nos mantenemos fieles a su filosofía de vida. Sinceridad en la escalera y mal cuerpo después de los créditos. No les creímos capaces este año y lo han vuelto a hacer: nos la han metido enterita.

Es perfectamente predecible retomar mis palabras de hace tan solo unos días sobre el destino de Grace. Decía yo, y vosotros repetíais junto a mí en los comentarios, que debía despertar. Grace, morir, no despertar, lágrimas, tristeza. Eso no puede pasar. Tenía que hacerlo, sin embargo, por sentido común. Ateniéndonos a la maña del guionista de Skins, ese libro de estilo que dejó a Jal sola y abandonada y que atropelló a Tony con un bus y lo hizo dejar de ser Tony: la otra alternativa posible era, por supuesto, mucho más atractiva. Quién quiere un felices para siempre, o al menos para rato, cuando se tiene a la Muerte esperando en la otra mano; matar a uno de los personajes al principio, en vez de al final. Estaba delante nuestro y por fin han jugado una carta que, somos tontos, no debía de haber sido tan inesperada. Brillante, en serio. Sencillo y acojonante.

El lunes pasado, la E4 se atrevía con una promo de lo que está por venir y que os enlacé con la review. Imágenes rapidísimas a un ritmo endiablado. Apenas había rastro de Grace, lo cual ya era una señal bastante previsora de las intenciones. Pero aún más: todo ese tuntún era apocalíptico, vibrante, desdichado, y tiene toda la pinta que así será el resto de temporada. Negra, oscura, cabrona. Como todas las segundas temporadas de Skins. Este pistoletazo que nos ofrece la sesión doble de Marruecos –en el más que correcto primer capítulo– con la angustia loquísima de un Rich como okupa en la casa de los Blood es no va más y no parar de mala suerte, una acumulación de hechos que deja a los personajes en calzoncillos. En pleno patetismo y en plena enemistad. Casi sobra decir lo mucho que me ha encantado toda esa irrealidad absurda y de tristeza romántica bizarre que ha recorrido todo el episodio, con Rich haciendo acampada en ese caserón, durmiendo en la cama de su novia, jugando a golf sobre la mesa y peinándose aristocráticamente.

Liv, que es quizás el personaje más flojo de esta generación (veamos qué nos ofrece el próximo lunes), personifica el estar hasta las pelotas y ella lo dice: desde Morocco estamos todos locos. Es una muy buena escena, y este episodio está repleto de ellas. La amistad entre Alo y Rich, dos personajes enormes en una relación que es, unanimidad aquí, una de las claves de la cuadrilla de este par de años, se lucra con momentos entrañables y cachondos y otros tantos de drama, necesario y enriquecedor: y de paso, observamos la evolución del metalero en los apenas diez capítulos que separan el enero del año pasado del de este.

Es triste y es jodido que primero encontrara el amor (de Grace) como un chaval desesperanzado, escéptico de los que hay que arrastrar y únicamente obsesionado con una cosa (la música), un underdog total de los que saldrían en Glee. Y ver, ahora, cómo de cambiadas se han puesto las tornas y cómo él se ha transformado hasta las últimas consecuencias. Es un Romeo que ya en la última finale estuvo a punto de casarse. Desafió y desafía a David Blood, que es una rama política del fascismo en sí mismo (y que se redime ante nosotros en la última escena). Buah. Eso es mucho. Muy a su pesar, Rich está enamorado hasta las trancas, está obsesionadísimo y se ha quedado metido en un libreto de Shakespeare como un héroe romántico bastante improbable. Y encaja a la perfección.

Everyone y este Rich no dejan de ser dos gigantescas bolas de nieve, o sino una red de alcantarillado agujereándose segundo a segundo. Ha pasado algo gordo y el agua está hasta el cuello. Falta por ver el paradero de Matty, cómo le explota en la cara la pelota de fuego a Franky, a la que primero dicen que Grace ha despertado y que no tardará en ver que ha muerto: y hasta qué punto ve lo responsable que es de lo sucedido. Y, sobre todo, ver cómo maneja Rich esto: que la chica que le da el aire que respirar ya no lo hace. Muy cruel.

Parándose a pensar, no dejando margen, ¿está la verosimilitud de verdad muerta, es esto muy forzado, es esto muy tramposo? Muy melodramático. Muy juguetón (un juego que a mí, por lo menos, me gusta). No sé. Sí es cierto que es cabrón hasta la médula. Pero de eso se tratan los culebrones ingleses. Son una barbaridad. Y grandísimo, pobre Rich (y enorme su actor, Alex Arnold, increíble).

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