Review Skins: Nick

La primera entrega de Nick terminaba con una especie de pacto de sangre entre él y el peludo de su hermano. Se levantaban ante su padre Full Monty y quemaban todo ápice de parental control. Todos esos cartelitos de Media Markt nos importan un carajo y que le den a él, pensaban. Y el capítulo de Skins de esta semana es, o algo así, una muestra de ello, un reflejo extremo de a qué llega el amor fraternal. Mientras todos odian a Matty, el pequeño Levan tiene que actuar como el hermano que es, con el riesgo de arruinarse hasta las trancas y destrozarse en medio de la transacción (The Doctor es el típico mafiosete con el que haría muchas migas Sid: yo querría verlo, a que sí). Nick se arriesga, también, a perder a sus propios amigos ayudando al, y entre comillas, asesino de Grace. Ese asqueroso que ha decepcionado a todos y nos ha hecho más daño del que podríamos llegar a sentir. El conflicto de hermanos, unas criaturas que tan bien saben dar la vara, es una temática que siempre entra bien porque es eterna. Por eso y por más cosas, este episodio es un puntazo perpetuo. Bien dirigido, bien escrito y bonito de ver y un subidón en el camino. Muy interesante. Así que comentémoslo con la alegría en el cuerpo.

Nadie está ciego y yo por lo menos ya he hecho una declaración de amor mental a las escenacas que nos ha regalado este capítulo (como la que encabeza la review, o la del baño mugriento y el drama transpirado), empezando por el minuto uno y acabando por esa mirada al espejo, que nos muestra a un Nick que por fin encuentra algo de felicidad. Completa felicidad, al menos en ese instante. Deja de pensar en el conflicto, deja de pensar en lo que cree que debe a su hermano. Es, sin duda, una situación nada complicada. ¿Puede ser esto un triángulo amoroso legítimo, aun cuando uno de los vértices está a saber dónde, en Marruecos o en el maldito Tombuctú? ¿Cuando la chica en cuestión detesta a uno de los lados y es incierta en cuanto al otro? Situación enrevesada, curiosa, llamémosla paja mental de circunstancias cósmicas. Y luego, parece, felicidad. ¿Acaso volverá algún día el mayor de los Levan, preguntamos? Como dice Nick, eso ya no importa.

Matty, a estas alturas, prácticamente lo ha perdido todo. Se ha metido él mismo en un hoyo. El respaldo de su hermano ahí sigue, después de todo, pero él ha optado por seguir sin él y sí con Franky, que en este episodio está sensacional y guapa y querible. Matty es un troublemaker. Un desastre de chaval. Quizás por eso lo emparejábamos tan bien con Franky, headfuck según el diccionario y es que una media de siete personajes de la serie la han llamado así en las últimas dos temporadas.

Y a pesar de todo, cómo está la cosa. Nos sigue chocando, sostengo y sostendré, el noviazgo este improvisado que se han montado dos personajazos como Nicholas y la señora Fitzgerald. Ya no chirría tanto, más que nada por la labor de desarrollo que se ha orquestado desde la sala de guionistas para que, por lo menos, sea tolerable. Gritos machacones y llorosos como los de Nick son bestiales, y a mi juicio, bastante creíbles.

Demos un pequeño salto a los demás personajes, brevemente, que como la semana pasada se llevan un pequeño pedazito de pastel. Les vemos algo las caras, vemos a Rich, que sigue apagado pero más noble que nunca. A Alo le queremos todos, y la preview de su capítulo es una maravilla y la canción que suena en ella, Ever Fallen In Love With (de The Buzzcocks, que ya tienen sus añitos), la hemos buscado todos y seguro que ya la hemos escuchado unas trescientas veces. Qué personaje tan grande, por el amor de Dios Santo. Luego está Mini, que dice sus burradas propias, ataca un poquitín a Alo y ni sobre el bombo que lleva ahí –me gustaría ver que sacan de eso, en lo narrativo y en lo biológico-genético–. Nos dibujan también un poquito más a esa gran revelación que es Alex, que es fantástico y es la caña en un montón de niveles diferentes. Repito que quiero su ropa y que no voy a parar hasta conseguirla.

Todos ellos se reúnen en la mejor idea del mundo, una maratoniana fiesta-locura de 48 horas con un señor con máscara de Hannibal Lecter pinchando y un montón de gente, mucho alcohol para poco dinero. Si las cosas que me cuentan de London son ciertas, esto en lo que se han metido es moco de pavo. Allí, en la señora fiesta, Nick conoce a una chica granjera de estas que están locas porque llevan toda la vida en un internado, y están desmesuradas y se quieren casar contigo. Es un momento bastante divertido, la chavala está medio pirada. Y notamos, cuando aparece Franky, que el deus ex machina del guion también le ha afectado a ella, ¿que está celosa, y que siente cositas en el estómago cuando ve a Nick, que le importa con quién esté? A ver quién es el valiente que se atreve a meterse en la mente de ella, porque intuyo explosiones, rácimos de uva ardiendo, perros con cinco patas, naves espaciales, a Tim Burton andando en monociclo y a un híbrido lagarto con las cabezas de Mini, Matty, Luke y Nick, todo junto y no necesariamente policéfalo.

Franky es un personaje extraño. Es fascinante, pero siempre está en el abismo de la incoherencia, como se ha demostrado en los pasados seis capítulos que llevan componiendo esta irregular sexta temporada. De todas formas, la señora Dakota Blue Richard, cuyo único pecado en la vida fue protagonizar La Brújula Dorada, aguanta el tipo con lo que la echen. Vuelvo a citar la escena en el baño, con los retretes y las lágrimas, todo tan dramático como efectivo. Una escena que es la bomba. Apartado interpretativo, sonido, música, montaje. Es una de esas escenas con las que querrías tener un rollo de una noche.

Y sin saber muy bien si tengo más que decir sobre un capítulo bastante genial, el resto seguro que podéis añadirlo en vuestros fantásticos comentarios, que siempre arrojan el punto más cabal que a mí me falta. Después de dos capítulos bastante, diría yo, fallidos o al menos insatisfactorios (¿decepcionantes?), éste está a rebosar de esencia y adolescencia, lo que nunca debe faltar en la serie. Y prácticamente todo es positivo en este viaje de montaña rusa que por fin hace que Nick se reconcilie consigo mismo, que aminore la presión que se mete cual cosaco y que sea, tanto como pueda, libre (de su familia y de la locura de los demás). Tiene que adquirir la salsa de la felicidad, que no está ni en el Opencor ni en el Eroski… lo que pasa es que la chica es todo problemas. Pero hasta que éstos lleguen, ahí está. Y ni tan mal.

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