Review Skins: Mini

Me imagino a Jamie Brittain y a los otros guionistas de Skins (Mini lo escribe la tal Jess Brittain, y apuesto a que con ese apellido tan nacionalista hay algún enchufe legítimo) sentados en un couch, bebiendo cerveza de abadía y pensando vagamente qué van a hacer con sus personajes este año. Piensan en la muerte, en las decepciones que da la vida y en Marruecos. Eso es en agosto pasado, o julio o junio, cuando se pusieron manos a la obra con la sexta temporada, última de esta generación y, sostengo muy seguro, también del Skins que más nos gusta. Con este capítulo, que para nada es uno malo (está bien, y punto), uno se atreve a llamar vagos a esa tropa. Vagos. Eso le duele a todo el mundo, al menos fuera de España. Pienso que no hay mucha inspiración por aquí. El esfuerzo no se ve por ningún lado y el cielo está apagado. Llamémoslo: decadencia creativa. Aburrimiento o cansancio. La inercia se lo come todo con patatas y pimientos, porque la historia de Franky era un cliché tan grande como Física o Química y lo que hemos visto esta semana sorprende. El mérito no es propio. Casi. Sorprende porque, maldita sea, no les creíamos capaces de venirnos con el baby boom.

Este Mini está muy lejos de ser el primer Mini, que era trágico y bonito y estaba lleno de momentazos, escenas e imágenes difíciles de olvidar (el cara a cara de madre e hija). Sin embargo, los dos valen de manera independiente como presentación de esa chavala, Minerva McGuinness, que está hecha una porquería siempre y Alo dice que “es incapaz de amar.” Este capítulo, que es como una secuela de aquel un año después (y comparándolos, que es fácil, ahí está la evolución –a veces incoherente– del personaje), es un buen reflejo de los tiempos que corren, lastrado para bien y para el mal por las circunstancias de esta temporada. Que son forzadas y desastrosas, crueles y todo eso (muy exageradas), pero tan válidas como la vida misma.

Las relaciones entre los amigos han cambiado y ya no son las mismas. Hay desconfianza, y Mini –como los otros; Franky la semana pasada– está alejada de los demás, a kilómetros de distancia afectivo-emocional, y está tan envuelta en su mundo como lo estaba ella. Busca personas nuevas a las que aferrarse ahora que todo el mundo falla. Y ahí está Gregory, que al principio no cae en que tiene una hija que se llama Mini. Mini who? Your daughter. Yo habría añadido: you son of bith, and bloody bastard of hell, dick, mamoneitor.

Por eso mismo, la historia del padre es buena y tiene gancho. Y eso no salva que podamos hacer una lista con la que todos estamos de acuerdo: esa trama está muy manida. De toda la vida. Es predecible. El padre es un capullo y la madre tenía razón. El vestido es feo. La casa es seguramente una VPO británica. IKEA es una amenaza real y es imposible montar sus camas. Y Gregory es una mezcla intimidante de Patrick Dempsey y Lincoln Lee de Fringe.

Pero tiene un punto de interés dentro de ese revuelo de, y me autocito, “telefilm de sobremesa” (añado la palabra nórdico), porque las secuencias que componen todo el desenfreno dramático derraman la pura esencia de la serie y su cacao mental, y elevan lo poco que puede sacarse de ese material estándar (cosa que no se consiguió con tanto arte en el último episodio). Sobre todo yo destaco la fiesta en el bodegón. Porque lo que a Skins de verdad le faltaba era situar una acción en un bodegón-sótano muy fancy ricachón, convertirlo a su estilo, hacerlo cool. Y lo ha conseguido. Porque si a mí me entran ganas de ir a una fiesta en una bodega, es que han hecho su labor muy satisfactoriamente.

Este episodio, también, aprovecha para hacer un poco de inventario. Es el ecuador de la temporada, piensan, a ver, recapitulemos por dónde estamos y quiénes somos. Nadie más se ha muerto, se preguntan, porque ni ellos lo saben. Primero, nos recuerdan que Liv y Alex siguen siendo amigos y de los tiernos, y con su par de escenas nos reafirman dos ideas entre ceja y ceja: que Alex es un tipo adorable (y que Mini sigue detestándolo con one-liners muy sacados de la Santana de Glee) y que Liv es la caña. A ver si su capítulo llega, porque cada vez me gusta más. Y la segunda parte del inventario es el reencuentro con Rich, el momento esperado, que ha vuelto de unas vacaciones no muy agradables y, se ve, no tiene por qué estar mejor. ¿Y Matty? Creo que toca esperar una semana más. Su actor, no me sé su nombre, habrá cobrado muy poco sueldo este año.

Nos gusta tocarnos la coronilla y despotricar a favor del sentido común y los elementos racionales que, desde siempre, deberían mover las ficciones televisivas. Así que vamos con lo interesante: bebé a bordo. En las reuniones de guionistas, aparte de la cerveza de abadía, también me gusta imaginarme a Jamie, a su hermana y a su padre, aunque creo que este último dejó el puesto el año pasado, en posiciones curiosas. Son las posturas que alguien tiene cuando convulsiona. Así, empiezan a teclear al azar en sus ordenadores portátiles de la misma manera que lo hago yo ahora. Convulsionan y le dan a cualquier botón. Así, escriben que Nick está colado por Franky, enamoramiento que algunos defendíais en la pasada review y que yo y muchos más, por más que le damos vueltas, no comprendemos más allá del dicho fácil de que el amor surge en cualquier lado. Y es cierto, pero cuando se trata de la tele todos somos unos escépticos de narices. Seguimos sin creérnoslo.

Así que lo del embarazo: vale, es posible. Es una chica fértil. Pero introducir este conflicto se ve, y es dificilísimo no pensarlo así, como un recurso fácil. Tomado a la ligera y porque no tenemos más ideas. Y algo había que meter. Sirve para joribiar más la cruzada romántica de Alo, que está que se sale en este capítulo, para poner barreras que saltar y, al final, obtener un final feliz. Debería ser feliz, y a que manda huevos que nada más perder la virginidad se meta en la vorágine de perder la libertad (Alo no es de los que abandonan). ¿Qué pasará con esto? Mirando en Wikipedia y viendo a quién van a corresponder los siguientes episodios, es fácil intuir a qué se le va a dar más importancia, e imaginar cómo se va a desarrollar la aventura. Y, ¿adivináis? Va a ser un infierno.

El personaje de Mini y su falta de cariño crean un buen capítulo (la decepción y la aceptación de las cosas: son buenos temas), con elementos muy de Skins y otros que denotan un cansancio bastante evidente, clarísimo y a veces desesperanzador. Hay un deja vu que, por otra parte, es de esperar en una temporada 6, por muchos recambios que hagan. Y lo podemos mirar desde la óptica de vaya mal, se les ha ido la olla. Dan pena, aprobemos la eutanasia televisiva de una vez. O desde lo bonito y lo expectante: que esto es una historia, en su ecuador y con tanta mierda acumulada que va a terminar desmoronándose en un desenlace que, bueno o malo, no dejará indiferente a nadie (como no lo hizo el de Cook, que tuvo tanto de abrupto como de magistral). Con sorpresas y con el mensaje de Skins a la manera brit de siempre. Todos ellos, de Mini a Alo y hasta la desvirtuada Franky. Son personajes fenomenales. Seamos exigentes desde el cariño, por muchas ideas al azar que parezca que nos lanzan.

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