Review Skins: Liv

Voy a dar a este capítulo un cinco, de cinco, y lo hago por segunda semana consecutiva a riesgo de perder total rigor guay o habilidad para apreciar los matices negativos, y eso que los ha habido (Franky es un perro femenino insoportable y está deformada). Pero es que, veréis, Liv se ha subido a los cielos con su episodio, la fantástica antepenúltima entrega de todo Skins. De primeras, creíamos que íbamos a ver a una chavala agitando a sus amigos por los hombros y gritándoles: ¡pero qué coño os pasa, espabilad! Una tipa que intenta reestructurar a estos chicos tan dispersos; y más o menos pasa eso, pero el toque final es inigualable y nos habla, como Dios, de la pérdida, de ser adulto. Nos habla de amistad y del amor por la vida mirándolo desde la muerte. Nos ofrece, de pé madre, escenas que llevábamos esperando todo el año. Y, a fin de cuentas, a Grace. Que (digamos) debe descansar en paz.

En el capítulo dedicado a Rich, que fue fantasioso, ya pactamos con los responsables de la serie que nos creeríamos las alucinaciones. Serían cosa normal a partir de ahora, decidimos nosotros y ellos, porque quién va a ser el listo que va a querer despojarse, en serio, de alguien como la chica muerta. Franky la vio columpiándose, ahora le toca a Liv. Y sigue siendo igual de turbio: la Malone afronta hoy el accidente con una perspectiva que se aleja de la culpabilidad ninfomaniaca de la primera, sobre todo, y enfoca su dolor y desconcierto al hecho de que, después de todo, eran verdaderamente mejores amigas. O eran el trío, por lo menos, y la reacción acongojante que ha tenido ella en estos cincuenta minutos de pura maravilla es la que podríamos haber extraído de JJ o Cook si la segunda generación no hubiese acabado con ese cookiano grito de guerra. Pero en esta tercera tanda nadie practica el cookismo con tanto arte, así que la cosa no pasa de ser hipocondría, paranoia, puñetazos y marginalidad en el caso de Olivia. Una locura, el darse cabezazos sin ton ni son, que por otra parte se acopla de manera maravillosa a la esencia saltinbanqui de estos wasted brit boys.

Me gusta, aprovecho y digo, y me recuerdo, la tendencia a la omisión en Skins. Un arte genial: pasan cosas pero no tenemos ni idea de ellas hasta que, porque sí, nos enteramos. O si prestamos un poquito de atención. Ahí tenemos a la polichoni primogénita de Liv, la de la cárcel, o el detalle de que esta hermana mediana vive ahora con Alex en la casa de su abuela, quien ahora busca a Nemo por ahí, chaletito que han convertido en un bonito vertedero vintage hogar de fiestas y felaciones homosexuales. Y ya que estoy comentando cosas random, aplauso tácito y genial al guiño a Cassie. Doug recuerda cómo bailó música disco con una alumna porque lo necesitaba (segunda temporada, capítulo nueve), y a nosotros se nos revuelve el estómago gracias a una bandada de mariposas.

Luego llega el momento que toda esta temporada ha estado augurando (preparando el terreno), cuando el hijo mayor vuelve a casa y nadie mata a un cerdo para darle la bienvenida. Al contrario, la música tensa y chula. Y hay silencios y miradas. En esta secuencia, el volcán entra en erupción, todo explota y nosotros flipamos. Todo se filma con una cierta distancia de protección, porque hasta el más despistado sabe que no va a ir nada bien. Mini, por ejemplo, acaba sangrando. Sus comentarios sagaces, pequeñas cuchilladas, preceden el golpe. A Freya Mavor, su pecosa intérprete, se le da genial el lado bitchy del personaje. De verdad.

Y de Franky me guardo las palabras. Pero os contaré cómo a veces me gusta pensar en un buen bate de beisbol, de metal, duro, frío, que al contacto con una cabeza humana se embellece aún más. La sangre sale genial de ese tipo de bates. Con un poquito de agua, sale sola. Y ahora pensad en el pelo repeinado de la chavala y la buena pareja que puede llegar a hacer con él. No sé, chicos, pero es que Franky se está comportando como la amiguita nuevita, todo con diminutivos; la proteccionista sin sentido, en plan Dinamarca. Borde, arrogante, que en algún momento de su vida se agencia la abeja reina asignada al departamento correspondiente y se convierte en su gorila. Franky es molesta por lo similar que es a esta figura de colegiala tonta, y eso es lo peor del mundo. Porque comparamos su primera aparición en la serie y lo que hay ahora es todo un echado a perder.

Una de las cosas más fascinantes de este capítulo reside, un poco, en este reencuentro explosivo. No puedo evitar ver esa escena cumbre, en la que Mini termina sangrando, como un juego de niños ido de las manos. Se metieron en un lío que les supera. Alguien ha muerto, alguien ha huido de la ley y ahora otro alguien está embarazado. En la misma habitación. Es encantador. Es como esa clásica escena del imaginario en la que un niño, y hay varios en una habitación, coge una escopeta y dispara a otro por error. Lo que pasa después es esto. Por eso, la subtrama Matty de este episodio me parece un placer de ver, y está genial llevada. Hasta este capítulo no había notado la gravedad de la situación como se nota ahora. Asombroso. Crecer por obligación. Las responsabilidades. Por mi parte, un diez. Merecedísimo.

Y bueno, más cosas, aparte, sobre Grace: adoro lo que hace Liv, que no puede entender cómo sus amigos pueden ser capaces de actuar así, después de todo. Cómo estudia Rich, tranquilamente (una de las mejores escenas), y cómo la gente intenta olvidar o ignorar las verdades. No puede comprender cómo no están tan abrumados como ella por la pérdida del amor, porque Grace es seguramente el alma más pura que cada uno de ellos hayan conocido nunca. La vida sin Grace. Podemos elaborar todas las analogías que queramos con su nombre, pero no hace falta porque creo que todos lo entendemos. Liv está saturada y al límite. Y su dolor no cesará hasta que comprenda (junto a su hermana Maude, adorable, y junto a Doug y el propio Rich, allí en el cementerio) algo que es dificilísimo de ver.

Puedes recordarla revivendo sus vídeos una y otra vez, en la penumbra de tu habitación, mientras en la habitación de al lado aquel amigo que no la conoció vive a tope. O puedes recordarla bailando sobre su tumba en su significado menos frívolo. En el más vitalista sentido de la expresión. Y eso es lo que, literalmente, termina haciendo. Grace died. A Cristina Yang le costó cuarenta días reconocerlo. A Liv, varios meses. Pero eso es. Al final, ahí está. Tan jodidamente difícil como darse cuenta de que un amigo ha muerto.

En fin. Hola. Qué tal. Liv es un capítulo enorme, como lo están siendo los dos anteriores después de la pequeñísima grietaza de mitad de temporada. Es profundo, te hace sentir mal y luego bien, tiene carácter y avanza de cara a un final inevitable. Pensemos que no pueden estar más jodidos de lo que están ahora, si sois de finales felices. Pero, pase lo que pase, al final todo será agrio. Eso seguro, y no seamos ingenuos.

Mención especial al desnudo de Alex. Eso no se nos podía escapar. Y una mención de oro para Doug, que hace su segunda aparición como “mentor” después de la de Alo, muy seguidamente, vaya, y aunque allí mostraba el lado incompetente del adulto (en consonancia con el tono cómico de su episodio), aquí cambia radicalmente de tercios. La cosa es dura, y su presencia es inspiradora. Es responsable y se preocupa, como demostrará en la bellísima última escena, que nos devuelve la mejor faceta de Grace, esa que va reflejada en su propio nombre. Doug anuncia su marcha, puede que como metáfora del final de la serie; él es la única constante que supone una continuidad con el resto de la serie, el más familiar de todos, y suelta una frase muy bonita justo después decir que “ojalá los adultos pudiéramos cumplir más promesas.”

Liv: Espero que te guste montar a caballo.
Doug: Espero que te guste todo.

Un brindis por el futuro, porque se trata de seguir.

¿Verdad?


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