Review Skins: JJ

Review Skins: JJ

Hacía falta, después de una dramática tentativa de suicidio y engaños múltiples, un capítulo como éste, que te sacase las lágrimas, pero de risas y cariño, no de desgracias. Donde triunfa el amor, donde la confianza es lo más importante y donde vemos más de JJ, estos días practicando escapismo o algo así, porque apenas le hemos podido disfrutar estos últimos episodios. Quizás el mejor personaje de esta segunda generación, si no el más adorable, de una era que desafortunadamente se nos termina para siempre en un par de semanas; antepenúltimo episodio, sí, pero grandísimo episodio y grandísimo JJ. Hablemos de él. Y del amor.

Jonah Jeremiah Jones ha evolucionado; no hay duda de eso. Comparemos sus dos capítulos: en el primero, un magnífico 3×07 (inamovible entre mis cinco episodios televisivos favoritos del año pasado), veíamos a un JJ solitario, perdido y en una encrucijada por culpa de Freddie y Cook, encabritados por la dama de la muerte Effy Stonem. Una verdadera angst adolescente, pero sazonada por la condición de ser un raro, pero patológico, como lo es nuestro protagonista. Pero a pesar de todo, lo de que el tigre nace y muere con las mismas rayas y esos rollos, la tortilla se dio la vuelta esta semana, y así ha ido sucediendo a lo largo de esta brevísima temporada: JayJay es ahora mucho menos dependiente de sus amigos, se ha ido separando gradualmente de ellos y está más seguro de sí mismo.

Aquel favor personal de Emily por compasión (genial la frase de Thomas, que ha estado como nunca como colega de trabajo: “Sólo te has acostado con una persona y era una lesbiana que sentía pena por ti”) queda atrás y ahora lo que él pretende es buscar su camino en la sendas del amor, tan accidentadas. Y lo encuentra en Lara Lloyd, una chica que hace tiempo dejó de frecuentar la peluquería y cuyo nombre, no me preguntéis por qué, se me hace al de la esposa infiel de Buzz Lightyear. Esto, además, viene ni que pintado, porque su figura de mujer inalcanzable, de sonrisas lejanas, no hace más que alienar al pobre JJ, para el cual es un ser extraterrestre. Lindo, pero alienígena. Para su confort, una vez superada la primera fase, comprobará que la criatura más cabezona y vomitona que se interpondrá entre ellos será su bebé. Sí, un bebé. Esos pequeñajos sin pelo que lloran y son una constante fuente de mucosidades. Se llama Albert. Porque sí, JJ se ha enamorado de una madre adolescente.

JJ, un niño tratando con otro niñoJJ, un niño tratando con otro niño

Y al bebé, que sin romper la regla de Skins cuenta con un carisma y una gracia indefinibles (más que Freddie, pero esto ya no tiene mérito), se le suma un jardinero, quien a falta de los milagros médicos se perfila como el padre del crío, y un obstáculo malote para JJ, sobre todo cuando le vea salir de este apoyo de psicóticos, la abreviatura más utilizada para Apoyo Psicológico. Es aquí cuando entra en juego uno de los puntos que más me ha gustado del episodio, y del tratamiento del personaje en general. Que no lleguemos a saber qué demonios le pasa a JJ para ser tan especialito como es. Si bien se amaga varias veces con ir y soltarlo, nunca lo sabemos directamente, y aunque sea un detalle algo trivial, hace del episodio todavía mejor.

Las elipsis, tan útiles, y tan usuales en Skins son de lo más ingenioso para darle su toque de inusualidad. Aun así, lo que sucede con JJ ya lo vimos la temporada pasada en una montaña de papeles ante la frustración de su esforzada madre Celia: sufre el síndrome de Asperger, ese trastorno tan rematadamente televisivo (Monk, Brennan de Bones o Sheldon de The Big Bang Theory hacen comedia con él) y que afecta al desarrollo de las relaciones sociales, como parte del espectro autista, y lleva a un comportamiento típicamente infantil, repetitivo y a la obsesión por determinadas aficiones, en el caso de JJ a la magia y la astronomía.

Todo esto ha hecho de su vida una aventura complicada, llena de fórmulas matemáticas y planetas que no se pueden aplicar cuando tienes que decir “Te quiero” a una chica, ni decirle lo que sientes a tus amigos. Freddie se ha adaptado a ello, pero el carácter de Cook no lo tiene tan fácil, y no ha sido el amigo que debiera ser. Ya comentamos la semana pasada que los cambios en la vida de éste, las insinuaciones de la cárcel y sus problemas le han cambiado. Abrazó a Fredster, lo consoló. Fue un amigo. Y ahora abraza a JJ, le da consejos y, efectivamente, es un amigo. Divertidísimo, aparte, su papel en el capítulo, y su encierro en la habitación que se convierte en un clásico instantáneo de la serie. Que Cook se beba su propio pis debería salir en un anuncio de Master Card, porque no tiene precio.

Por fin, CookPor fin, Cook

Ante el amor, ante las formas de conseguir a la chica que deseas, este 4×06 habla más que nada sobre intentar hacerlo mejor, esforzarte en lo que realmente quieres. O al contrario, como le pasa a JJ. Se esfuerza por gustar a Lara, que no vea que es “especial,” aunque en realidad ser especial le hace tan especial. Esto, sin embargo, no lo sabrá hasta que ella misma se lo diga. Asustado por que sepa que es un freak, un poco nerd, hará todo menos ser natural y, al final, con la lección aprendida, su padre Edward será un alumno inesperado. El padre, el hombre que se oculta tras un periódico mientras los problemas pasan ante la tinta y las noticias de Obama, comprenderá que hay que preocuparse, al contrario de lo que diga el psiquiatra, que da gusto volver a verle. Estas tramas de “adultos” no suelen ser muy habituales en Skins, pero cuando aparecen son una delicia verlas.

Cantar 'True' nunca había llegado tan lejosCantar 'True' nunca había llegado tan lejos

En resumen: capítulo con el que te dan ganas de saltar de alegría y aplaudir como un desquiciado, aunque al final no lo hagas, por lo bueno superbueno que ha sido y por lo feliz que ha terminado, con canciones que todos deberíamos conocer y revolcones galácticos (entre sábanas de ositos) que a todos nos debería gustar hacer. ¿Porque quién no quiere eso? JJ sí. Sobre todo, cuando todo el patio del colegio está amargado o en psiquiátricos. Ollie Barbieri nos regala una interpretación sincera y adorable, y su inolvidable personaje nos descubre a ritmo de música retro lo ideal de esa chica, Lara.

Cook se vuelve a ganar nuestros corazones escépticos por cuarta vez consecutiva, demostrando que puede ser tan buen amigo como Thomas, también genial, aunque no cubra sus partes íntimas con ukeleles (que, bueno, también podría hacerlo, nadie se quejaría). Y, sutilmente, se van dejando los naipes sobre la mesa, aunque estén disfrazados de hechos intrascendentes y pastelosos… ahora esperemos que no desaparezcan por arte de magia. Queda lo mejor, aunque parezca que ya haya pasado: el listón está alto.


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