Review Skins: Freddie

Review Skins: Freddie

Magistral. Para quitarse el sombrero. Una maldita obra de arte. Así se ha calificado el episodio que ahora comentaremos, centrado en el larguirucho personaje de Freddie, un hombre que no es precisamente objeto de mis fantasías, y mucho menos de mi agrado. ¿Tiene mérito que esta entrega de Skins haya provocado tantos halagos (que sean comedidos, eso ya lo veremos)? Pues sí. Porque el tipo este, Fredster le llaman, es tan normal que aburre. Tan rematadamente unidimensional que no le vemos nada más. (Y viste como un vagabundo italiano.) Su último capítulo estuvo dedicado a encontrar a Effy, y éste lo ha estado en no dejar escapar a Effy. Y es la pequeña Stonem la que, sin ser sorpresa de nadie, se come todo el capítulo. La enorme actuación de Scodelario y su peso en la trama hace que este episodio no tenga mucho sentido bajo el título de Freddie. Este capítulo es Effy Stonem. Punto.

El amor atonta, y si hablamos de Freddie McLair, retrasa. El morenito ha dejado de lado los estudios y a sus amigos por el intenso amor hacia Effy. Se drogan, follan y beben. Como los conejos, pero en adolescentes ingleses. Pasan todo el día juntitos, bailan y, en general, son felices. La felicidad: aterradora. Sobre todo para la chica, a la que este complicado sentimiento, este inmenso mundo de posibilidades y contradicciones, no sólo le ha alegrado la vida, también se la ha fastidiado. La vida tal como la conocía. Porque ahora está débil. Y vacía. Freddie, el hombre que le ha hecho confiar en las personas, le ha quitado a base de besos su coraza, la que con tantos silencios se forjó las tres primeras temporadas. Adiós al sexo sin finalidad. Hola, amor. Y cómo asusta eso; con una excelente metáfora, una deprimida Effy se lo explicará en el parque:

Ahora lo saben y están hambrientos. Jodidamente hambrientos. Porque, hasta donde yo sé, me han estado persiguiendo. Y ahora están preparados, son lo bastante fuertes para atravesarme. Y no puedo luchar con ellos. Solía ser capaz cuando era fuerte… Tú me has hecho débil.

Ellos, los sentimientos, son demasiado grandes para controlarlos y comértelos como si fueran cereales en un bol de leche. Puede que esta situación, que se le ha ido de las manos sin enterarse, o puede que tanta droga que se mete entre pecho y espalda, hayan sido los causantes de esta denominada “depresión psicótica”. Effy, diciéndolo sin adornos, está loca: como una maldita cabra. Euforia, ganas de pasarse todo el día en la cama (sin hacer nada… o con muchísimo sexo) y un comportamiento bipolar y maniático típico de la Lindsay Lohan más desmesurada. Incluso ha hecho un perturbador mural en la habitación de su madre, la gran Anthea, como una versión melenuda del asesino del Zodiaco.

Sin embargo, Freddie no es ese tipo de tío. No es como (sería) Cook, que sin embargo nos sorprenderá en una soberbia escena final al calor del fuego y del verdadero amigo que se ha revelado que es. Freddie estará ahí con ella, sosteniéndola en brazos, en la sala de espera aguardando al peor de los veredictos. Pero esta situación no es nueva: él ya la vivió, en su infancia, con su madre. Sabíamos que había muerto, pero todo indicaba que de alguna enfermedad, como el cáncer (me parece recordar que algo de esto ya se dijo la pasada temporada). No: mamá McLair se suicidó. Algún tipo de depresión, como la que ahora sufre su novia, y Freddie encuentra en su padre al máximo culpable.

Effy ha sido la mejor excusa para alejarse de su familia, incluida la señorita Karen, y lo vemos en el momento en que va a casa, y lo tensa que es la relación con el padre. Acudirá a su abuelo, en la residencia, para pedir consejo, entre partidas de ping pong, origami, pero antes que nada sabios comentarios por parte del peculiar jubilado, que cumple una función muy similar a la del abogado de Cook en su episodio. Allanar el camino de matojos, aunque todavía estés a riesgo de pisarlos y hacerte daño. Lo que ambos están pasando es igual de duro y emocional, y es lo que les unirá como nunca mientras Freddie quema polaroids enfrente de un cubo en llamas.

Imagen de Freddie (Skins)Imagen de Freddie (Skins)

Dejando de lado algunas escenas absolutamente increíbles y bellísimos planos para el recuerdo del subconsciente, sustentadas en la enorme dirección y fotografía del episodio (la escena del parque, el comienzo y el final… joyas inmediatas de Skins), estamos ante un capítulo muy bueno, quizá notable, pero no llega al nivel de antologías destructivo-adolescentes como el 2×09, de Cassie, o el último dedicado a Effy (3×08), por mucho que quiera insistirse. Es angustioso, es oscuro y tiene tantos momentos que requiere más de un visionado, pero alguien como Freddie, no se ofendan algunos, no da para mucho. Porque ahí radica el problema del episodio, y de todo el conjunto del personaje.

Katie, por ejemplo, tiene su personalidad única, su familia (y sus asuntos) y sus propios problemas personales: esa soledad amorosa, la esterilidad, el deseo de encajar. Cosas que la incitan a cambiar. Freddie, en cambio, es más plano que un poste eléctrico en un barrio de casas prefabricadas, su vida gira entorno a Effy y el recuerdo de su madre muerta. Ya está. Apaga y vámonos. Universo Freddie, formado por dos satélites. Y uno, el de Mamá McLair, apenas gira porque nadie sabe cómo funciona: apenas nos han comentado nada, y eso que podía haber dado mucho más de sí. Pero claro, ya es muy tarde.

No me malentendáis, es un capítulo realmente bueno, pasan un montón de cosas, y aunque hay momentos de gran brillantez, todo se va repitiendo. A la guapa Effy le ha dado un cortocircuito en el cerebro, serán las drogas o su exigente personalidad, y Freddie está a su lado mientras ella se tambalea, mientras ella se desmorona, y mientras ella cae al vacio en la escena del baño, cuando la encuentra ensangrentada, al cortarse las venas, y a uno se le ponen los pelos de punta. Pero no deja de rozar momentos videocliperos y extenuantes.

Imagen de Freddie (Skins)Imagen de Freddie (Skins)

Capítulo desconcertante, mareante y precioso. Lo mejor: Pandora y cómo reafirma su amor por Thomas; un Cook renovado y con un look que, mirado desde cierto ángulo, con esa gorra, nos recuerda al Chavo del Ocho; Effy, por muy descarrilada que se presente, sigue igual de creíble e increíble a partes iguales; el abuelo McLair; y, sobre todo, sus características tan segunda temporada, pues está lleno del tenebrismo y el drama que nos mola.

Lo peor: ver tanto tiempo seguido a Freddie, sobre todo cuando se pone más proteccionista y territorial que la Academia de Cine Español; que no hayamos visto a más personajes caracterizados, con mucho acierto, en ese loco Carnaval… aunque el demonio Cook y la angelita poligonera Katie (¿de dónde saca el dinero para hacerse con ese disfraz, si está en bancarrota?) sacian de sobra el morbo. Y no me apedreéis, simpáticos ultras del tío Fred que merodean la Red, porque reconozco pese a mis marcadas preferencias que ahí se acaba lo malo, un punto negativo con un irónico matiz: por muy pedorro que encontremos al Fredster, tan plomo y plúmbeo como una lata de sardinas caducada y marciana, la interpretación de Luke Pasqualino es intensa y emotiva. Al menos…

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