Review Skins: Franky

Franky no es Effy, pero hoy casi lo ha sido cuando se le ha ido la pinza al completo. El cuarto capítulo de esta temporada ha sido malo, en mi opinión: bodríatico y chungo. Aburrido. Porque, visto lo visto, su capítulo solamente podía deparar una cosa y se ha confirmado: asquerosa deformación profesional. El mundo de Skins malea a la gente y lo de esta semana ha sido un mal ejemplo; podemos entender a la señorita Fitzgerald, pero soportar una hora de cosas burdas y algo que no cuaja (algo a lo que le canta mucho el aliento) duele. Sobre todo, porque es de Franky a quien estamos viendo. En caliente, es el peor capítulo de la temporada y es el peor ejemplo de esta generación.

Uno de vosotros usó una buena palabra: desatada. Franky está desatada. Lo vimos un poco en Marruecos cuando decía palabras bellas como mindfuck, y luego la vimos como la vimos: con la culpabilidad magna, máxima y jodevidas. Eso es estar des-atado: le faltaba un tornillo, un chip se le había caído con el accidente y esa a la que conocimos se esconde detrás de sana ninfomanía, agresividad anti-paternalista, y un peinado cool y una actitud vagabunda que a ratos está guay. Pero la idea se nota desinflada, cutre, mal hecha. Siempre voy a alabar hasta el oficio de repartir cafés dentro del set de Skins, pero no sé por qué, que lo de esta semana está cojo, está desquiciado. No me gusta. Pero salvo tres matices, que comentémoslos (uno se llama Luke, otro violencia de género, y otro Nick). Pero en serio, por lo demás, horrible. Las primeras escenas con el niño británico ojos bonitos son un mal sueño con cabreo o, en su defecto, mejor es una partida de Scalectrix. ¿Y eso de darse a palos y sangrar? Dejadme ponerme las gafas de pasta, pero es que es gratuito y una parida.

Y eso, Luke. Es lo primero bueno, más o menos. Es un imbécil, está loco, es un psicópata, pega, maltrata y lo odiamos, pero es un puntazo. Como papel: es un Cook sin corazón. El actor tiene una cara de niño pijo que le da el ochenta por ciento de genialidad burra al personaje, y entre el desvarío múltiple de esto introduce algo que Skins nunca había tocado, y eso tiene premio porque el episodio –como conjunto– es un poco deja vu tonto.

En su espiral de autodestrucción, una de las grandes temáticas de la serie, Skins deja a la chica Franky en el abismo del maltrato. Esta especie de violencia de género aderezada a lo adolescente es muy potente como una idea que no termina de definirse en lo súper evidente pero que está ahí, y lo está con dureza y es efectiva: ella se va acercando a un perturbado, juegan, Franky sabe que es malo, que es problemático y que cada segundo que pasan juntos la herida se abre más y más (Grace, Marruecos, Matty). Ella es el juguete de él, y las ideas que van surgiendo son realmente perturbadoras. Hay un final feliz, pero las imágenes de violencia que nos muestra este capítulo no dejan de ser únicas a su manera, dañinas y crueles. Algo para explotar. Y aplaudo, y que no suene mal, que toquen este tema desde su propia casa. Es interesante y lo han hecho muy bien.

El final, digo, es feliz. Y aunque la escena en el parque entre el padre, Franky y Luke es conmovedora (y, para ella, redentora y todos contentos), es un agujero tremendo que deja ver el mayor flaco de este episodio. Lo que lo deja un poco al nivel del betún: a lo tonto, acaba siendo un maldito telefilm de sobremesa. De Antena 3, porque sigue mucho ese libro de estilo que se han construido con cada sábado de nuestra existencia. Franky no sorprende, da la sensación de que ya está visto y varias veces. Es uno más, y con todos los precedentes simplemente no puede serlo.

Franky y los hermanos Levan son el epicentro de la acción, y este extraño triángulo nos regala nuestro primer zas en todo el morro. Nick se dice a sí mismo que cree que se está enamorando. De Franky. Algo, estaremos todos de acuerdo, sacado de un bombín o algo, porque no sabemos a qué demonios viene y cómo ha cambiado Bristol desde lo último de la quinta temporada, en marzo pasado, y el Everyone de hace cuatro semanas (tantas cosas olvidadas). A lo que sí viene, eso seguro, es a confirmar al personaje de Nick como un chaval cada vez más genialérrimo, y que por lo menos a mí mola un huevo por y para siempre. Es un pachón cuando quiere, un tío majísimo, y esa imagen que se nos dio al principio de nuevo Tony Stonem creo que está mas que borrada: es un tipo normal y corriente con un corazón inmenso. Muy grande.

Skins marca dos hitos extraños. El primero es lo valiente de borrar de sus imágenes a tantos personajes como conviene, o lo que es lo mismo: volveremos a ver a Rich, o a Matty, quién sabe, y Alex dónde se ha quedado; le gustan los fantasmas, y nos rescata a Grace para atormentar (la secuencia en el Pyscho Support, puro drama y genial referencia a los viejos amigos, es de las contadas cosas rescatables de este episodio). El otro hito, y lo digo con convencimiento, es darnos un capítulo muy flojo que va a un sitio concreto pero atravesando lugares demasiado comunes. Se ve como algo repetido, no cala hondo y traiciona un poquitín mucho a un personaje clave y que esta(ba) destinado a ser eterno en esta Inglaterra imaginaria. ¿Y cómo lo hace? Por la vía fácil: mandándolo a la mierda porque eso siempre da resultados. Sólo que, si no se revisan, pueden ser bastante fatales y descolocados.

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