Review Skins: Franky & Mini

A ver con qué cara afrontamos esta antesala tan medio lésbica, que ha estado genial. Un logro, añado, porque parte básicamente de los dos personajes que más aburrimiento (me) despiertan. Está realmente bien, válgase reafirmar, pero en una categoría difícil y bastante masoca: si bien consigue tratar el respectivo tema estupendamente (“no sin mi hija,” o algo así), de manera súper interesante y bien hecha, eso conlleva el daño colateral de hacer muchísimo más despreciable a esa muchacha, Francesca, que como alguien dijo es lo más abofeteable de Skins desde que Skins es Skins, y ya sumamos casi siete años de adolescentes difíciles y Freddie. Franky & Mini, un capítulo bipolar, y nunca mejor dicho, prepara de manera emocional el terreno para una despedida inminente y gravísima. Porque augura cosas muy feas el final, que son unos cuatro minutos muy Pequeña Miss Sunshine finiquitados con un cliff-hanger, a ver, muy facilón… pero acojonante. Así que avanzamos hacia la nada. Y es el final lógico.

En mi opinión, que es tan subjetiva como desacreditable (me mola Glee y defiendo sus covers), los episodios de Franky, el cuarto, y Mini, el quinto, que aquí se fusionan a lo Dragon Ball, han sido los dos grandes resbalones del año. Algo así como agujeros, bajadas de moral y de ritmo o, si se quiere, gatillazos provocados por bajar la guardia o dejar las pastis, porque el de la niña adoptada fue el listado de clichés teen más burdo desde que me puse a ver Física o Química durante cuatro segundos (o puede que más, pero shh). Aunque vamos, que en retrospectiva todos los demás han estado muy en la media de toda la vida –un in crescendo que se coronó la semana pasada,– así que lo tenemos superado: todos estamos contentos. Y este de hoy es un poco peor que el de Liv, abismalmente, lo lógico, pero aun así es uno bueno.

La cosa va así: las dos mega-amigas han levantado una barrera de hielo que las ha hecho ser exacerbadamente antipáticas y asquerosamente territoriales. Eso es tan claro como el pechamen de Franky; ambas han hecho gala de una barbaridad de comportamientos tremendamente a la defensiva, con el hueso entre los dientes. Muy desagradables, volubles y cambiantes. La síntesis de haber visto todo esto es: Franky no tiene sentido. Lo ha perdido, y defender su versatilidad mental (de personalidad outcast a tarada insoportable) diciendo que las personas somos contradictorias e incoherentes, totalmente, es tan cierto como relativo, porque con ese argumento se defienden cosas indefendibles, véanse cagadas argumentales que se llevan haciendo en la tele actual años, meses y temporadas, inclúyase en este espectro a todo el reparto  de personajes de Glee. También me acuerdo ahora de Emilie de Ravin, la peor actriz televisiva, en Lost. Qué mala era.

Se cometen errores a la hora de escribir cosas. La olla se levanta, asoma los pies y se nos va. Como por ejemplo si ahora digo que el guaraná es nocivo. Se nos va y se les va. Estaría genial pensar que en Skins profundizan tanto en la personalidad humana como para atravesar tan maravillosamente el alma de Franky, pero luego vemos que existe una relación romántico-sexual con Nick y creo que podemos permitirnos ser tan arrogantes como para decir: Franky está mal y es quizá el mayor error de coherencia de Skins. ¿Complejo de abandono? Es algo más. Algo incomprensible y que por lo menos yo no termino de pillar. No nos lo comemos ni con patatas (es decir, fotografía bonita y actrices buenitas). Ya no podemos, y sólo hay que ver la preview de la series finale para ver que no tiene pensado desandar sus pasos chorreantes de esquizofrenia fosforita.

Alo y Nick (y Matty, que no es un villano ni mucho menos) han sufrido a las nuevas mejores amigas una y otra vez. Y a la hora de la verdad, sin embargo, sólo se salva Mini. Que es la coherente, y que opta por la salida conservadora: el amor. Esa opción, porque está ahí sí o sí, es una buena y es una opción que en su caso particular es mutua en lo que a su bizarre relación se refiere. Una realidad que no puede compartir la otra chica, que en este capítulo resalta las ideas que chilló en Marruecos. ¿Es incapaz de amar? Para ella, esa palabra no tiene sentido, no existe, y vemos que realmente todo se remonta, en una venada egoísta y loca (y un gran momento de drama), a su pasado como niña de oca a oca y tiro porque me toca. No quiere que a la cría la abandonen.

El capítulo se resume, pues, en Franky actuando como una egoísta pirada, o quizá no tanto, intentando proteger a Mini y su bebé de la vida que ella ha tenido. ¿Dar en adopción a Grace Junior, como todos deseamos que se llame? Ni de palo. Y por eso se enrolan en un viaje que da para que Mini vea que no se puede huir. Ni física ni mentalmente, y McGuinness no puede, ni quiere, estar sola más. En esa noche, a Franky se le ilumina el espíritu y hace una de Eli Gold, acción que se refiere a borrar el mensaje del contestador en el que el príncipe azul declara su amor, donde pide perdón y una vida juntos. Y es que, en el fondo, Mini tiene su matiz de Alicia Florrick, de mujer engañada y en una cruzada vital. Borrar el mensaje, y jugar con su amiga, es la primera cosa gorda que idea la muchacha. La otra es su necesidad de control. Admite ella, en un momento de intimidad, que cree que pierde el control cuando está con alguien. Con Matty, por ejemplo. Y, claramente, cada una de sus acciones en este buen episodio se basan descaradamente en controlar la vida, hechos y futuro de Mini. No nos gusta, pero ya ni podemos sentir pena por ella, heroína dudosa, noble mujer. Se ha pasado de la raya.

Grandes escenas, momentazos. El U Can’t Touch This en el cobertizo (¿recordáis esto?), por ejemplo. Y todo lo que ocurre en el hospital es histeria de la buena, desde el enfrentamiento caótico en la sala de espera –ante la mirada arcaica, inamovible de Franky,– que es sencillamente sobresaliente, tenso y buenísimo, a Alo. Que es nuestro Alo, porque en esta historia somos un poco él por mucho que llevemos guardando el secreto del bebé desde antes que nadie. Se pasa de nosotros, se nos corta, se nos ignora. Ellas (Franky y Mini, en su círculo privado) son guardias juradas de flipar a las que a ver quién se impone. Por eso, la reacción de Aloysius, uno con los que más podemos empatizar, nos hace sentir lo mismo que él. Todo se va de las manos, y el cara a cara de mamá-Mini-Alo-bebé es uno de los instantes más alucinantes de este año.

Ocultarle el embarazo era lógico, porque es algo que da miedo, y su primera y monumental reacción era también un poco de esperar. Pero, al final de la noche, Alo es Alo. El Alo que Mini echa de menos. Y detrás de Franky, monstruosa sombra, Mini es la Mini que Alo echa de menos.

Franky & Mini cuenta con dos personajes que nos han desencantado por méritos propios. Una se hunde mucho más en nuestros pensamientos malos y peores deseos, queremos que se tire por un barranco, y la otra nos gana con su vulnerabilidad y su aceptación, su gran tema a lo largo de la serie. Skins mueve sus últimas fichas de cara a un final que, nos apostamos, tendrá más de abierto que de cerrado, y la sangre en la mano ha sido un movimiento muy manido, cagaprisas, cabroncete. Añade más drama al carrito de la compra. Por si faltaba.

Queda una semana. Y tenemos una despedida pendiente.

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