Review Skins: Effy

Review Skins: Effy

Siguiendo la tradición de Skins, un capítulo de Effy tiene que ser paranoico, raro y oscuro, como su protagonista. El 3×08 fue el máximo exponente de esta teoría, trasladándonos a un bosque de noche, bajo el acecho de extraños, que no podía ser mejor metáfora para lo que entonces atravesaba la joven Stonem. Y este 4×07, penúltima entrega de la segunda generación, hace una maniobra parecida, gira y se estrella en una de las mejores horas que nos ha traído la serie desde su nacimiento. Sensacional episodio. Y paranoico. Raro. Oscuro. Y brutal (no sólo por el final). Vayamos a terapia con la maravillosa Effy Stonem y su retorcido mundo. Vayamos directos a Effy.

Me cuesta escribir sobre algo que todavía no me creo, que no he digerido muy a pesar de que haya pasado ya tiempo desde que viera la puerta de la alacena de ese tal John T. Foster con un manchón de sangre, su sombra y su agonía. De Freddie, seguramente. Es tan anticlimático, tan sorpresivo e inesperado, pero sobre todo tan excéntrico, que parece fruto del opio más bastardo. Pero vayamos al hecho: al parecer, el psiquiatra de Effy ha matado a golpes a Freddie. ¿Por celoso, por tomarse demasiado en serio su labor de ayudar a la chica, o simplemente por estar como un ceporro?

Seguramente una mezcla de todo, pero no deja de ser tosco y perfecto y estúpido a partes iguales. Perfecto por la idea, y tosco por tener que recurrir a una muerte tan innecesaria para prender la mecha final, la de la madurez forzada. También por usar la muerte como ese punto de inflexión, algo que ya se hizo en la primera generación con el buenazo de Chris y con un efecto tan agridulce y genial como será en este caso. Los guionistas son listos, y la serie tiene lo suyo para poder buscar métodos más novedosos y terminar esta era adolescente, ¿pero por qué no lo hacen? De momento, tenemos claro que no es lo último que hemos visto, y que el paradero de Fredster será importante en la hora final de esta cuarta temporada de Skins. Se contestarán las dudas. Más les vale.

Imagen del episodio EffyImagen del episodio Effy

En parte, por muy forzada que me haya parecido la acción, me hace gracia. Freddie nunca ha gozado de buena reputación, y “acabar” con él me ha sonado a guiño, a favor personal hacia todos esos detractores de McLair, ya sea por su sosa unidimensionalidad o por tener a Effy en sus brazos. Todo el mundo quiere eso, por favor. Sin embargo, reconozco que me ha gustado Freddie en este episodio. Y mucho. Cuidando de Eff, defendiéndola y todo eso que ha hecho a lo largo de la serie, pero contenido y más adorable de lo habitual.

Descanse en paz, señor Fred, pero la verdad es que no me gustaría que acabases muerto. Una aparición en el último momento, arrastrando sus huesos rotos y diciendo “¡eh, que estoy vivo!” o una llamada a la ambulancia a tiempo no estaría nada mal. Pero claro, Skins tiene de cuento de hadas lo que el bacon de saludable: nada. La madurez acecha, sobre todo el concepto que se tiene de ella en la serie, de mierda total, desgracias y desgraciados. ¡Qué bonito es vivir!

Imagen del episodio EffyImagen del episodio Effy

Effy ha estado en el psiquiátrico desde que se intentara suicidar, y parece que ha pasado un tiempo. El curso ha llegado prácticamente a su fin y nadie sabe de ella. Ilocalizable, sola y charlando con su psicólogo, el ya mencionado Foster. Sus métodos ya los querría Freud para sí, y se pueden calificar de todo menos ortodoxos. Tendrá que sacar todos sus traumas a la luz y el mayor de ellos tiene un nombre: Tony. Nos remontamos a la primera temporada, a esos fantásticos minutos finales, y a la imagen de su hermano siendo arrollado por un autobús. Recuerda el golpe, le recuerda a él desangrándose en el suelo (lo que no recordará, suponemos, será verle tararear Wild World) y recuerda el sufrimiento que llegó después. Hospital, dolor y, adivinadlo, muerte. Tony fue y sigue siendo, aunque ya no salga en pantalla, el verdadero protector de la pequeña Stonem, por mucho que Freddie se esfuerce en ello, a quien admira y a quien quiere más que a nadie, por ser quién es y porque supo quererla cuando nadie parecía hacerlo, en tiempos donde ni Naomi ni JJ ni dios existían en su vida.

Recordar esto, para luego olvidarlo. Ahí está el método del hombre este (aparte de otros que nos dejan para la imaginación, y esto, por muy perturbador que quieras, se agradece de verdad), hacer desaparecer a Effy, que sus recuerdos, por muy malos que quieran ser o muy buenos que hayan sido se desvanezcan del todo. Conocemos a Elizabeth, que se quiere apartar de su entorno y volver a empezar, como lo ha hecho su mente. Le dice adiós a sus amigos, se organiza la vida en apacibles rutinas como pasear y leer y se aguarda bajo una jirafa de peluche. Se extraña al ver sus notas nuevas, no merecidas. Y Elizabeth, tambaleante en su impuesta estabilidad, conoce a un chico. Se llama Cook.

Imagen del episodio EffyImagen del episodio Effy

Su amistad dura poco, porque la curiosidad pronto se convierte en preocupación para este renacido y fugitivo James Cook, que sigue brillando sin tregua, y de aprovecharse de la situación entre luces de neón pasa a querer saber qué demonios ocurre. Pero por mucho que hagas, por mucho que este psiquiatra haga, Effy está enferma. Y no es un caprichito, esto de volverse zumbada. Los creadores de la serie confirmaron tras este turbador episodio que lo que le pasa es que padece de psicosis, una pérdida de contacto con la realidad, delirios y alucinaciones, que la fabulosa Kaya Scodelario refleja a la perfección, así como el ambiente del episodio, y la ayuda de especialistas en el tema.

Y si ya parece algo difícil de superar, separarse gradualmente de sus amigos (entre ellos, Pandora, con la que no sólo está separada Effy, también el resto de la serie: ¡queremos más Panda!) y su novio, y el coqueteo con el lado oscuro de la vida que ha supuesto John Foster, a Eff le han dado un empujón al abismo. Difícilmente volverá a ser la de antes, la abeja reina, y si sigue siendo misteriosa lo será por la oscuridad que la está envolviendo a pasos acelerados. El futuro pinta muy mal para la Stonem, va a haber que ponerse crema hidratante. ¿Qué le deparará el último capítulo? Conociendo la serie, tampoco me extrañaría que esa imagen suya, tumbada en la cama y destrozada, fuera lo último que hemos visto de ella.

El de Effy es, sin lugar a dudas, el mejor capítulo de esta temporada, muy en la línea de su personaje, pero nos resulta tan amargo (y por su final, tan sorprendente) que estamos deseando ver el desenlace. Muy grande, muy intenso y como dije al principio, totalmente sensacional, lo primero que se me vino a la mente con el paso de los títulos de crédito y después de que mi boca se abriera de sorpresa y estupefacción. Impresionante. Ahora es cuando uno piensa que la rumoreada aparición del señorito Tony, tan rumoreada durante meses, sólo habría interrumpido la trama. Un aplauso, por favor, porque Skins no ha dado una zancada de superación, estando ya a la cresta de la ola, ha saltado hasta el confín más oscuro de la galaxia. Justo donde está Effy Stonem.


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