Review Skins: Cook

Review Skins: Cook

Tercer episodio de Skins, y a lo tonto ya estamos rozando el ecuador de una temporada que tiene claras reminiscencias con la segunda (esperemos, sinceramente, que no acabe igual). Cada capítulo pone a su personaje principal al límite de sus fuerzas, al borde del precipicio, como un salto de fe que pone a prueba del mejor atleta. Lo vimos con Thomas, lo sufrimos con Emily y ahora nos toca con Cook, un personaje que o bien odias o simplemente amas, y que sin embargo nos deja uno de los mejores capítulos de la segunda generación, más coral que sus antecesores, y, en general, una maldita joya de sentimientos y consecuencias. Lo mejor de todo: por fin sabemos por qué Cook hace lo que hace. Porque puede. Adelante el 4×03 de Skins, como su protagonista, a juicio…

Si el 3×02, centrado también en este hooligan bebedor que es James Cook, era un completo bochorno (como un capítulo de Aída, lleno de gritos, canciones y malotes de barrio), aquí nos encontramos una especie de redención. No sólo para los detractores del protagonista, también para el triste chaval, que con la ayuda de su peculiar abogado de oficio consigue abolir sus errores. La pena será sorprendente, porque podríamos ver a Cook en la cárcel. Y es que el episodio termina justo donde lo dejamos la semana pasada, en lo que nos había parecido algo intrascendente: aquella pelea en la fiesta (como otras tantas), un baile de puñetazos contra un tal Shanky Perkinson.

Seguro que no es el único que ha recibido la repentina ira de Cook, pero al menos ha sido el más listo, el que ha visto que puedes demandar al gilipollas de turno si te conviertes en un saco de boxeo improvisado una noche alcoholizada cualquiera. Lo que este Shanky no sabía, si acaso le importaba después de que le diesen puntos, es que la papilla que le hicieron de cara fue culpa de Effy, ella y su misteriosa colonia de testosterona. Jimmy entregó a Stonem a Freddie, pero la cosa es que el amor no se cura yendo a urgencias. Y todavía urge.

Sin casa, sin familia y sin cigarrillos, como decía el poema, a Cook le hacen lo mismo que a Shia LaBeouf en Disturbia, y le meten en arresto domiciliario, con el aparatito ese de la luz. Su padre, al que ya conocimos la temporada pasada, está obviamente ilocalizable, y queda la madre, una artista bohemia que hace cuadros de tetas y experimenta hasta con sus esporádicos novietes para hacer arte. Ahí encontramos la primera sorpresa: su madre Ruth es una mujer bien y algo perturbada, con una casa enorme y con dinero que le sale del escote, así como una galería de arte.

Luego, la segunda sorpresa: tiene un hermano, Paddy. Que, no le sorprende a nadie, tiene nombre de whisky. Y aquí es cuando felicitamos a los de casting, porque el intérprete del hermanito es un MiniCook en toda regla. Rasgos casi idénticos, pues es clásica esa cara británica, irlandesa incluso, que parece sacada de cualquier película de Shane Meadows. Mientras el hermanastro idolatra prácticamente a su primogénito, siendo un mal ejemplo a seguir, la relación madre-hijo está un poco tensa. Desde que le echara, hace unos años, al vender sus joyas para conseguir un poco de droga, la relación ha sido inexistente. Volver, forzado, a casa, supondrá una especie de reconciliación que poco se mantendrá; la madre es en realidad una desquiciada, un arquetipo de lo que son los padres en Skins (exigentes, pasotas o simplemente más inmaduros que sus hijos, nada que enviar a los patriarcas lostianos).

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Justamente lo contrario sucede, y es divertido, con los personajes adultos ajenos a la familia. Suelen presentarse como incompetentes y a la larga se revelan como ejemplos a seguir, gentes sabias y que al final ayudan a los protagonistas, de alguna forma. La última temporada lo vimos, por poner un ejemplo, con el profesor de ciencias sociales de Naomi (gran papel el suyo, por cierto, en este episodio que comentamos), y ahora sucede con Duncan, el abogado que encasquetan a Cook. Se convierte en una especie de consejero, y su desarrollo a lo largo de episodio es alucinante. Con sólo unos sencillos gestos, como afeitarse el bigote, o sentarse y escuchar a Cook, tenemos suficiente. Maravillosa esa parte, de verdad.

Él por fin hará ver a James que toda acción tiene sus consecuencias, algo tan obvio que se debió dejar olvidado, y le dará una oportunidad de redimirse y de aceptar que no siempre tiene que coger todo lo que “puede” coger. Le hará ver sus límites poniéndole al límite, y todo ello con una soberbia interpretación de Jack O’Connell, grandísimo actor, al que no sabemos si hacerle una ovación o darle un abrazo de lo que consigue hacer con un personaje que retrata a la perfección.

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Me quejaba a la hora de comentar la season premiere de la, aparentemente, forzada amistad en personajes tan opuestos como Naomi y Cook, que apenas se soportaban hace nada, y ahora me como mis palabras con alioli porque estaba tremendamente equivocado. Su escena este episodio demuestra una complicidad simple y genial, que bien podría ser causada por el secreto que comparten (la muerte de Sofia), y la rubia reafirma su amor, ese que había quedado tan en duda la semana pasada, por Emily, en la escena del parque.

Resaltaría esta escena como uno de los mejores momentos del capítulo, pero hasta la innecesaria escena de JJ y Fredster con Pandora (nos están dando la evolución de su ruptura con Thomas por mini fascículos, y eso es muy cansino) conforman un capítulo al que le damos, sin reservas, una nota de diez de diez. Brutal. Y los últimos minutos, con esa persistente melodía, son de lo mejor que ha parido la serie desde su primera temporada. Un último apunte: hasta este capítulo, odiaba a Cook con todas mis fuerzas. Esto es lo que puede conseguir Skins.

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