Review Skins: Alo

Una pasada de capítulo el que se marca el farmboy, que si se mete en un lío lo hace a lo grande y tirando por el lado más excéntrico posible, con interrogatorios policiales y todo. Gracias a un buen puñado de elementos muy majos, y uno de ellos es su personaje principal, el torbellino Skins de esta semana conforma el que es seguramente el mejor episodio del año. Varias cosas nos llenan de optimismo nacional, y una de ellas es conocer que el fenómeno de las infames niñas Tuenti es más universal que castizo y patrio, y cómo el retratillo de la Campanilla de este Peter Pan moderno es la caña. Toda esa locura nos provoca lágrimas de risa, todo un saneamiento en Skins, esta serie a la que le encanta tantear los abismos de la desgracia humana. Porque abordar con humor el abuso a menores, además de olímpicamente valiente y bestialmente genial, está hecho con tanto estilo burdo que da gusto. Estas cosas, y el drama que no falte (bebé, amores, bla y bla), definen un señor capitulazo. Hablemos de él.

Me ha encantado, claro, y espero no ser el único. Aloysius Creevey se ha cebado bastante en estos primeros seis capítulos en ser un poco el tipo con luz, el optimismo y el hombro, siendo el contrapeso ligero y cómico para un ambiente cargadísimo, que vemos que ya no está tan viciado por la muerte de Grace (a Rich se le ve estupendo, aunque el avance del capítulo 8, que va para Liv, vuelve a resucitar un drama que siempre estará ahí). Creo que a estas alturas del cuento, cuando nos acercamos ya tanto al final –para finales de mes ya lo tendremos sellado,– queda claro cuáles son los dos torrentes de agua que recorren esto con fuerza loca: Franky y Mini, especialmente, cada una cargando con las grandes historias de esta decena de episodios; la primera está con los hermanos y la culpabilidad como bandera (ya se me ha olvidado, de tan poco verle, si Matty era unicejo o era sin más un efecto óptico). Y la otra, la rubia pecosa y pseudo-zorrúpeda, inconclusa, con su embarazo sorpresa y su tembleque de terror. Entre ellas dos, Grace. Que nunca se ha ido del todo, y de amiga luminosa y nexo purísimo de unión ha pasado a ser el peso muerto y la condena eterna. Quiera o no, ella está ahí como la tormenta más puñetera. Ostias: y los demás dan vueltas, como Liv, que se apoya en Alex, y Rich, que se retira del protagonismo y se dedica a una vida contemplativa.

Y Alo está ahí, un poco hasta los huevos de todo. Quién no lo va a estar con una pretendiente de sexo bipolar, “frío y caliente a la vez.” Fantástica metáfora peterpanesca esa que nos dan, empezando por esa fiesta ‘Neverland’ en la que Mini es Wendy y él el niño sin sombra. Y luego hay una niña llamada Poppy Champion, nombre absolutamente ridículo. Al lado de Alo, cualquiera es un hobbit, yo más, pero ya me parecía bastante sospechoso lo pequeñita que era, y el súmun de eso es la escena en la habitación, y luego la fiesta, con referencias Bravo a Taylor Swift o a los hábitos de Chris Brown. Niñas Tuenti, qué grandes sois. Una de mis tribus urbanas favoritas, por muy pesimista que sea su futuro.

Todo muy paródico, más cierto que la vida, y unas risas en esa casa tan extravagante. Mucho recuerdo a Pandora, no sé por qué, pero es que ha sido aparecer el DJ niño-rizos-papos y el delirio se ha convertido en algo muy mítico. Mini-punto para Skins por regalarnos esa burrada cuando parecía que ya no había tiempo, esperanza o ganas para dedicarse un poco a la sátira social. Porque también, todo lo de la comisaría nos mete en una regresión hacia la era distendida de la serie, cuando Cook echaba la cabeza para atrás y reía pícaramente. ¿La recordáis? Parecía que ya no. Por eso mismo, la eutanasia no está legalizada en la tele: porque los guionistas son criaturas iluminadas en el momento menos esperado.

Alo y Mini se reconcilian. Hay tregua, parece, y las cosas se calman. Ella no es capaz de decirle la verdad al míster Creevey, y con la última secuencia da un poco el bajón, pero él la quiere y también sabe claramente que esos sentimientos son mutuos. Hace dos semanas no me llegué a plantear un apunte del que dejasteis muy buena constancia en los comentarios, quizás por lo evidente que, a fin de cuentas, es. Lo mencionan en el capítulo los propios protagonistas, y es que Alo no es el padre de Mini, el tal Gregory, ese que se echa cremas en los lugares más inusitados y tiene tanta cara como para pirarse de un pedazo de piso en est0s tiempos que corren.

Él, Alo, no es así, y representa lo opuesto a ese daño profundo que la chica lleva dentro de sí, consigo. Representa, de hecho, todo lo bueno; representa un poco, entonces, a Peter Pan, pero sin final trágico (muy grande la aparición de Dewy). Los hombres y el sentimiento de abandono son el handicap de McGuinness, y de ahí el rechazo y el miedo a que Alo huya si sabe el compromiso que supone un hijo (¿si ella es como su madre, básicamente, el otro será como su padre?). Ahí está nuestro psicoanálisis colectivo, cien euros la hora, por favor, y afortunadamente los latigazos de la vida y del varón no la han convertido en esa subraza peligrosa llamada feministas. Por favor, eso no.

Cuando acusan a Alo de pedófilo, que es grave, que es muy fuerte, y que en la vida real esto te arruina para siempre pero en plan loco, la Mini encuentra por fin una excusa para odiarle de verdad y apartarle de manera, vaya, legítima, qué se yo. Veremos en el móvil caro del pelirrojo cómo la pelirrubia le ha hecho un unfriend en la red social random que tienen, y si eso es un fastidio pensad cómo lo es para él. Este séptimo capítulo está lleno de momentazos, le recorre una historia la mar de genial y divertida y sirve para dar una especie de final feliz (o continuación satisfactoria, quedémonos con eso) a este drama juvenil, al que le queda todavía mucho que aguantar. Es un pasito, pero ahí está, y está muy bien.

Como me gusta honrar a todo, y como siento una simpatía bastante importante hasta por el chico de los cafés, aplauso por favor a cada nimiedad técnica de este episodio. Dirección, guion, cuidado de detalles, fotografía, música, microfonistas y catering. Es todo digno de una ovación de esas de ochenta minutos que le hacían a Pavarotti en sus buenos tiempos, cuando versionaba a ese gran artista de nombre Michael Teló. Grande capítulo, y enorme Alo, enorme. Después de esto, quiero ver más de su actor, Will Merrick. De su rostro curioso y de su talento natural.


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