Review Skins: Alex

La senilidad, el azar y el mar: lo que sale de juntar elementos tan dispares es, sin duda, un capítulo mágico y cien por mil puro Skins. Es, y no los menospreciamos para nada, el mejor de los tres que ya hemos visto gracias a la presentación que nos da de Alex Henley, un tío que marca tendencia. Yo, por lo menos, quiero ese dado. Y usar camisetas hawaianas para todo no le haría daño a nadie; el actor Sam Jackson se desenvuelve como una especie de Thomas Dekker carismático. Aporta una nueva luz a una pandilla que a estas alturas está huerfanísima y su capítulo, fenomenal, nos devuelve a los orígenes de la serie, donde el individualismo es brutal y la frescura es para frotarse los ojos. Entretanto, es ligero cuando quiere desafiar a la muerte tirándola al mar y, con ello, descoloca a todos. Alex, un tipo especial.

La primera secuencia, si queremos empezar por ahí, creo que confirma la sospecha que todos tenemos de que Skins se escribe con música. El uso en este episodio me ha parecido especialmente genial, chulo y magnífico. Puede que porque el día me pillara así, y dejadme decirlo con la misma seguridad con la que dijera la semana pasada cualquier cosa que soltase. Pero es que son cosas geniales esos temas de Mike Simonetti featuring Sam Sparro (The Third of the Storms, en la primerísima presentación de Alex), o las dos canciones que cierran el capítulo, como la de The Rapture, cuyo How Deep Is Your Love es la orgía de sonido más chula que he tenido el placer de escuchar en mucho tiempo. Lo dicho. Aquí os lo dejo, sin ánimo de lucro y con total felicidad.

Three, two, one… pow. Alex es la caña. Es, visto así, un personaje muy diferente a lo acostumbrado. Eso es bueno, es sano y todo en él es tremendamente atractivo –le mola el mar, su ropa es única, su carácter es genial: es pura honestidad, es lo imprevisible, lo amable, y es mil cosas buenas y ninguna mala. También, quizás porque el día me pillase así, iluminado, uno empieza a pensar cómo cada capítulo de Skins, sobre todo los de presentación (y, ojeando atrás y en tiempo cercano, el de Mini o el de Nick hace un año), y sobre todo aquellos que lidian con el padre/madre de manera más marcada, son pequeños remakes de Los 400 Golpes. Padres autointeresados, egoístas, visión/versión casi maquiavélica triste del mundo, autoimpulso y moverse por el corazón y por las propias normas. Y luego, valga la redundancia, ir a ver el mar.

Aparte del propio Alex, de lo más destacado del capítulo es la abuela. Esa señora llena de pote, mujer que si te encuentras de noche rehuyes, y si vives en Kansas pues al menos sacas la escopeta. Esa señora que baila y que representa parte del propio chaval, donde focaliza todo su amor, el que le han quitado. Hay un extraño apoyo mutuo en lo que es una carga que él ni desdeña, como su padre. Es una implantación curiosa en la historia, y es otro ejemplo del manejo extravagante y extraordinariamente tierno que tienen los guionistas de la serie en cuanto a esos secundarios que dejan huella. El ejemplo más astilloso es, yo que sé, David Blood. Que ahora nos da una pena insoportable.

Y hablando de los Blood, ahí está la espina que atraviesa el capítulo y que, a lo tonto, mueve casi todos los acontecimientos. Rich está enclaustrado en algún sitio y fuera de cobertura, se le obliga a Matty a que “no vuelva jamás” (veamos hasta qué punto se cumplen los deseos de Franky en su episodio, de este lunes) y después de un funeral secreto surgen las hipocresías y los falsos amigos. Momentos curiosos, y para romper el hielo un teclado y una panda de frikis. Momentazo, claro que sí. El resto de colegas, los de verdad (Mini, Nick, Alo) están de muertos vivientes, asqueados por la aparición del otro como nuevo amigo de Liv. Nosotros, que somos fríos como el hielo y altamente vulnerables a las imágenes que nos muestran desde Skins, y a sus cielos biofísicos, queremos gritarles: pero qué decís, si es un chaval majísimo.

Apunte anecdótico: Facebook, lugar terrible, ha sido uno de los muchos lugares donde los seguidores británicos de la serie han expresado su particular asqueamiento hacia el nuevo Alex. En la página oficial de la serie le llaman de todo, le llaman innecesario (lo mismo que le grita Mini, muy cabrita esta semana, y con cara de pedo en todo momento) y le llaman cosas feas. Quizá alguna pelín homófoba. Otras críticas, o preguntas retóricas, han ido siendo: “¿es que alguien sigue viendo Skins?” Nosotros, que en nuestra parrilla de primetime castiza tenemos una serie que se titula Con el culo al aire y Paco Tous hace de churrero, decimos: pero si es genial. Joder. Genial. Y damos las gracias.

Ha sido un capítulo genial, perfectamente ambientado, perfectamente situado y la última parte en alta mar es magnífica, donde la humedad y lo mojado traspasan la pantalla (minpunto para el que se encargue de eso), y hay emotividad y Alo se mete una raya. Un funeral a Grace típico de Skins, alternativo: con un cadáver que no es el de Grace. Alex, el que acogeremos con cariño a partir de ahora, les da un uso mejor a las tarjetas que el de citar o el de estudiarse fémures y muñecas huesudas, las que nos mandan en cuarto de la ESO, y se apunta: pégale un puñetazo al primero que entre (y ahí entra el míster Creevey), mastúrbate ahora, besa al de al lado o huye. Todo lo sensacional de Skins se resume a la estupidez impulsiva de esas cartas.

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