Review Once Upon A Time: The Stable Boy

La venganza mueve al ser humano desde tiempos inmemoriales. Es la razón más vieja del mundo. Es lo que llevó a un príncipe danés a barrer la corte. Lo que llevó a V a volar el parlamento. Vendetta. Todo el mundo ha sentido alguna vez la sed de venganza, pero hay algo en nuestra razón, un chip que salta y nos da el aviso, que nos obliga a recapacitar y a darnos cuenta de que el mal ya está hecho. Y es precisamente la venganza lo que mueve este episodio. Es precisamente la venganza lo que dio lugar al parto de Once Upon A Time, porque de ahí nace. La serie está viva porque existe la venganza. Adelante, pasad, pero no dejéis atrás vuestra causa.

 Los espectadores de Once Upon A Time llevan dieciocho episodios preguntándose por las razones que han llevado a Regina a actuar de la manera en que lo hace y a odiar a su hijastra hasta el punto de convertir una maldición en un teatro de desmemoriados con nombre de pueblo. Por fin se nos ha dado una respuesta esta semana. Una respuesta que habrá satisfecho las dudas de todos, habrá cumplido con las expectativas de algunos, decepcionado a otros, y creado un grupo de desconcertados en los que se encuentra quien escribe esta review. ¿El episodio? Bueno. Correcto. Más que correcto, tal vez. Hoy quiero más y odio más a Regina. Ambas cosas. Hoy Mary Margaret me despierta más piedad de ayer, aunque siga sin gustarme Todo en el mismo saco. Revuelto y sin añadidos.

Es la primera vez en la relativamente corta historia de la serie en la que vemos a Regina como una buena persona, con corazón, piadosa, que siente de verdad. Una Regina auténtica que monta a caballo de un modo poco elegante porque le apetece, que pretende romper con las obligaciones estúpidas impuestas a la mujer, que ama a un hombre al que según su estatus no debería amar. Pero ahí está. Daniel existe y es la razón de que exista Storybrook. Y adoro a esa Regina que sonreía y besaba, que parecía el ojito derecho de su padre, justo antes de que todo se derrumbara y despertara a escobazos. Porque así es la vida, así es el cuento, así es la historia.

El problema en este episodio, y sin que sirva de precedente, no es la propia reina del mal, es su madre. Una mujer amargada, una “quiero y no puedo” cobarde que no sería nada sin sus poderes, que considera inmoral el comportamiento de su hija, que condena sus maneras, que quiere el mundo en un molde aunque tenga que valerse de un calzador. Regina quiere al chico del establo y una niña en un caballo desbocado irrumpe en su realidad. Salvará su vida condicionando la suya, porque esa niña es Blancanieves y su padre es un rey viudo que pide la mano de la joven. Un plan perfecto para su señora madre. Tan perfecto que cualquier obstáculo debe ser destruido y si el obstáculo se llama Daniel le quitamos el corazón.

No. Por una vez en la historia voy a defender a Snow. Porque Snow no es la culpable. Es una cría, una niña soñadora que ha perdido a su madre y adora a la mujer que le ha salvado la vida. Una niña que ha tenido la mala suerte de presenciar un encuentro entre los amantes. Una niña que ha entendido que la felicidad de Regina es importante y piensa guardar el secreto. Una niña fácil de engañar, que sólo quiere la felicidad de la que irremediablemente, va a ser su madrastra, que no quiere que la historia se repita y madre e hija no estén juntas. Que acaba confesando el secreto a la persona equivocada, creyendo que está ayudando… Horrible el momento de la transformación mental de nuestra mala favorita, cuando se da cuenta de que la niña ha dicho lo que no debía, de que su madre había trazado el plan. “Tenía que haberla dejado morir en el caballo”. Terrible. Justo el momento en que deja de atender a razones. Claro que no, no hay nadie que pueda convencerme de ello. Snow no es la culpable que Regina busca, es su propia madre, la única causante de su sufrimiento. La niña siempre quiso ayudarla. Y la quería.

Es por ello que hoy siento una piedad diferente por Mary Margaret. Porque la escena en la que llora sin consuelo tras las rejas, intentando convencer a la alcaldesa de que ella no ha matado a Kathlyn me ha despertado una pena terrible. “Lo sé, pero te mereces esto”. No me gusta la profesora, pero no, querida, no se merece esta tortura ni todo este circo. Y sabemos que está jodida desde el mismísimo momento en que el falso padre de Charming cruza la puerta de la comisaría. Todo un nudo de corrupción en medio de un cuento.

Enorme el momento en que August ayuda a Emma en su bloqueo mental con el caso, comparándolo con el proceso de escritura. Me hubiera quitado el sombrero de haber llevado alguno, pero me lo dejé en la review de la semana pasada. Tiene tanta razón que quiero invitar a ese hombre a cenar. Por eso y por otros motivos menos profundos que no vienen al caso. Enorme. Algo que entiende cualquier persona a quien hayan abandonado sus musas. La cuestión es que aquí no cambia ni el telonero, y descubrir el trozo de pala revelará una verdad, pero no podrá demostrar nada porque Regina siempre está preparada para cargar con el muerto a otro. Nunca mejor dicho. Y nunca peor, ya que lo mencionamos, porque tras un ataque de histeria de Caperucita viene una Kathlyn hecha polvo. Como alguien que lleva secuestrado unas semanitas, pero no muerta. Nada muerta. La ex mujer de David no está  muerta. No es que haya sido un sorpresa del quince, pero no esperaba la verdad tan pronto. Un cliffhanger digno de parón.

Ahora que ya conocéis el secreto, ¿os ha parecido que está a la altura?

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