Review Once Upon a Time: The Miller’s Daughter

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No sólo son nuestras propias acciones y elecciones las que nos van marcando el camino a seguir en la vida, son las acciones ajenas, el tratamiento que recibimos, cómo nos sentimos y percibimos desde la perspectiva del otro las principales causas de la creación de nuestro carácter y forma. Un trauma pasado, el rencor punzante y las malas experiencias que quedan en los bolsillos, entre otras cosas, pueden dibujar tanto al ser más falto de autoestima como al peor de los villanos. The Miller’s Daughter, episodio decimosexto nada menos. El tiempo vuela y la temporada también. ¿Pasáis y comentamos?

Voy a decirlo sin anestesia, bien claro y cargada de la exageración que me caracteriza, dicho sea de paso: para mí, éste ha sido el mejor episodio de la temporada. Hay que tener en cuenta ciertos matices, claro está, pero me quedo con una visión general muy, muy satisfactoria. Creo que Once Upon a Time nunca había hurgado tan bien en el pasado de nadie, y es que esta vez no es simplemente una de tantas, no, esta vez hemos presenciado el origen, la raíz de la maldición, el momento en que los planetas se alinearon de mala manera y todo se hizo polvo. Pero vayamos por partes, pues hay muchísimo que comentar.

Empecemos, como no, por el pasado. Una jovencísima Cora, hija del molinero, dedicada más a la servidumbre que a otra cosa, es testigo (suponemos que día tras día, en realidad) de cómo una princesa mimada y malcriada la humilla ante todo un palacio por simple diversión y demostración de poder. Esto haría hervir la sangre de cualquiera. No es extraño, por supuesto, que después de ciertas vivencias quiera a su hija en el más alto de los lugares a toda costa. Es empezar a entender parte del problema, a entenderlo de verdad. Claro, que esta joven trabajadora tiene poco de indefensa y armada con el más grande de los descaros y la cabeza bien alta se cuela en el baile, donde sólo el príncipe Henry verá en ella algo más que una campesina maleducada. Verá un reflejo de una imposible justicia social que es más utopía que otra cosa.

Volvemos a los cuentos, por supuesto. A convertir la paja en oro. Una tarea con la que un mortal puede únicamente soñar, pero que la ira puede llevar a prometer. Una tarea que determinará si Cora acabará muerta o de la mano del príncipe. Por supuesto, nadie puede convertir la paja en oro, pero siempre puede encontrarse ayuda a manos de… ¿de quién va a ser? Rumpelstinskin. El hombre al que todo el mundo debe algo. Al fin y al cabo, firmar un contrato cediendo a tu primer hijo no parece tan grave como morir. Pero la joven no es ninguna estúpida, ya desde esos primeros pasos con la realidad se ve de lejos que es una buena pieza, más astuta que el resto, más futura villana de lo que nadie imaginaría. Ella quiere aprender, no obtener milagros.

Siempre que hablamos de Rumpel (en cuestiones sentimentales) establecemos relación automática con la inocente y pura Belle. Lo que no sabíamos a ciencia cierta, aunque sí intuíamos, es que hubo otra historia de amor en la vida del villano mucho más importante que la antes mencionada. Una historia que lo supuso todo, menos romanticona y platónica, más intensa y sexual, más atracción entre titanes. Hasta tal punto llega esto que el propio Rumpelstinskin llega a cambiar el contrato para que esa primera hija a la que Cora dará a luz en un futuro sea la suya. Y aquí tengo que detenerme porque vaya susto que me dieron los guionistas y vaya manera más cruel de ilusionarme. Por un momento pensé que estábamos a punto de presenciar el bombazo absoluto de la serie, que éste sería nada más y nada menos que el padre de la mismísima Regina. ¿Imagináis? El giro no sólo sería bestial, sino que haría la contienda mil veces más interesante de lo que ya (dicho sea de paso) es. Pero no. Al parecer el terreno carnal quedo lejos y se quedaron con las ganas.

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Nada casual, sin embargo, ya que Cora hace frente a todo ese alud de sentimientos que se le pueden venir encima haciendo lo más fácil y más difícil, arrancando su propio corazón. Esta es la razón por la que nunca ha llegado a amar a nadie desde entonces, ni a su marido, ni a su propia hija. Cora, literalmente, no tenía corazón. ¿Quién iba a decirle que lo recuperaría en Storybrook, que llegaría a sentir amor durante un instante efímero para perder la vida?

Mr. Gold ha vuelto, con su hijo en el timón y dos invitados confusos. Me pregunto si la prometida de Bae aprueba este tipo de viajes, pero oye, que es todo tan surrealista que a saber qué ha presenciado. Aquí nadie da explicaciones a nadie porque, total, el rol de personajes de papel lo vamos asumiendo.

Ante la perspectiva de su inminente muerte, el malo de los malos decide redimirse un poquito. Bueno, redimirse a su manera. Llamar a la mujer a la que ama aunque ésta no se acuerde de él, hacer las paces con su hijo porque es demasiado tiempo y la distancia ha sido sofocante. Aunque no todo está perdido. Snow es débil al lado de su eminencia y guarda un rencor descomunal hacia Cora por motivos más que comprensibles. Será ella la encargada de utilizar esa vela que un día podría haber salvado a su madre para salvar a alguien que se lo merece bastante menos, pero la situación es la que es y esto se ha convertido en una guerra viva donde ya no quedan reglas.

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Ni el poder de Emma, ni el debilitado poder de Rumpel, ni todas las espadas de Storybrook (que por cierto, la escena de las espadas es tan ridícula que… que) han podido detener a las dos reinas del mambo, cosa que era de esperar por mucho que juguemos al Art Attack. Así tomará Snow una decisión de la que se arrepentirá para los restos, porque por muy comprensibles que resulten sus acciones, no le son propias. Regina, convencida por las palabras de su hijastra, lleva el corazón hechizado a su madre sin tener ni idea de cuál será su sino. Emociona, porque por un momento, justo antes de morir, Cora mostrará por su hija un amor que no ha llegado a sentir jamás, dejándola sola después. Recuperado queda el artífice del desastre, justo después de dejarnos bien claro el origen de todo:

-¿Me quisiste alguna vez?

-Me arranqué el corazón por ti.

Eso es una declaración de amor y lo demás son sandeces. El dramatismo siempre intensifica las relaciones. Y los desenlaces, claro, porque el odio de Regina por Snow está más avivado que nunca, cara a cara, muerte por muerte, madre por padre. Si quedaba alguna duda de que nuestra reina volverá a bajar a los infiernos, ahora ya es irremediable.

¿Os ha parecido mejor episodio o peor que los vistos hasta ahora? Nos vemos en el cuento la semana que viene.

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