Review Once Upon A Time: Lady of the lake

Existe cierto magnetismo entre nosotros y los lugares que pisamos a lo largo de nuestra vida. Son algo clave. El lugar en el que encajamos, el lugar donde nacimos, el lugar donde acabaremos. Todo son lugares. Un dedo sobre el mapa, un pasaje en la historia. Y es que todos, todos, buscamos nuestro sitio en el mundo. Es parte de la batalla que el ser humano libra consigo mismo y con los demás. Una batalla contra el destino y el rechazo. Once Upon a Time nos ha dejado un pequeño rastro de todo eso esta semana. Luchas que llevar a cabo, lugares por encontrar. Toda ficción posible guarda gran parte de nuestra historia, hablemos de ello dentro…

Este Lady of the lake no me ha hecho saltar del asiento como el episodio de la semana pasada, siendo honesta, pero es algo comprensible teniendo en cuenta que hemos tenido muy poca dosis de villanos. Nada de Rumpel en el horizonte, un minuto de cortesía para Regina. Y yo la echo de menos una barbaridad. Sin embargo, para ser un episodio centrado en Snow y Charming ha dado la talla, para qué negarlo. Ha sabido mantener el ritmo durante sus cuarenta minutos, Cora llega pisando fuerte (espero que no le robe mucho protagonismo a nuestra Evil Queen) y la dinámica de los episodios me está gustando más de lo que esperaba.

En la pasada temporada contábamos con el mismo esquema en cada capítulo: flashback de cuento y dosis de Storybrook. Ahora todo adquiere una mayor complejidad. Tenemos al caos reinando el encantador pueblecito, una buena dosis de flashbacks porque aún queda mucha historia por contar y aquel terreno desolado que son los restos del bosque encantado. Esto es algo que estoy disfrutando mucho. Hace que los episodios sean muy dinámicos y en mayor o menor medida estén cargados de cosas por contar. Si saben hacerlo, puede resultar un gran acierto.

Emma y Mary Margaret cuentan en este momento con un enemigo mucho más peligroso que esos enormes ogros a los que hay que disparar en un ojo. Ha llegado Cora (o no ha llegado a marcharse), que si bien nunca será tan grande como su única hija, es el peor de los venenos. Regina es malvada pero guarda dentro cierta debilidad indiscutible, ambigua, la entendemos. Cora es maldad en estado sólido contra todos y para todos. No hay parentescos, no hay corazón, y por mucho que Emma haya destruido el único portal de salida a Storybrook que aún permanecía, ella tiene las cenizas y encontrará la manera de utilizarlas para llegar allí y cobrar su venganza. Otro enemigo está bien. El dark side de la serie es lo que me tiene totalmente ganada y lo que me hizo enamorar de ella (lo demás está bien, pero no es para mí en el más estricto de los sentidos). Sin embargo, lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir: tengo miedo de que el protagonismo de Regina se reduzca, mucho.

Me gustaría detenerme y comentar la relación madre/hija que está naciendo entre M. Margaret y Emma, porque no sé a vosotros, pero a mí me descoloca un poco y me sigue pareciendo rarísima. Snow es lo que es y ya lo sabemos, por mucho que sepa lanzar flechas aún, no puedo verla como a la guerrera del cuento, no puedo. Pero ciertas actitudes no me parecen propias de Emma y no creo realmente que acepte así como así formar parte de un montón de puestas de largo. Hemos dado un paso, el paso del entendimiento. Sacrificio por un hijo, ahora todo encaja para ella. Y es que no es fácil tomar todas las decisiones que en un pasado tuvieron que tomarse. De momento las tenemos juntas, contra Cora, en esa nueva alianza que se ha creado con Mulan y Aurora (qué poco me convencen aún estos personajes).

Si algo hemos podido comprobar en este tercer episodio, es que Snow no siempre tuvo tan claro llegar a tener descendencia. Emma existe más allá de una unión que parece maldita, existe gracias al sacrificio de su abuela, que se negó a beber el último sorbo de agua del lago para que la maldición de aquella joven de mejillas sonrosadas a la que su hijo amaba desapareciera. Estaba yo preguntándome cómo habíamos visto a Regina irrumpir en una boda por todo lo alto en palacio, cuando el matrimonio de la parejita se había celebrado en bosque abierto, nada menos que de la mano del propio Lancelot, para cumplir con una última voluntad. Luego caí en la cuenta de que una boda, como cualquier tipo de espectáculo, puede volver a repetirse.

Storybrook, mientras tanto, parece empezar a retomar la calma. Nada está en su sitio pero al menos todos saben quiénes son y es el primer paso para luchar. Se sabe, se sabe mientras el destrozado Jefferson recupera a la hija que tanto anhelaba. Ya no hay Regina sembrando el caos porque el pueblo ha hablado más fuerte. Y yo no soy capaz de encontrar la naturaleza de esa fascinación que siento por ella, pero verla recoger sus pertenencias mientras su hijo la engaña me ha despertado una pena inmensa. Es algo que no puedo entender. No será la madre biológica de Henry ni alguien cargado hasta colmar de cariño, pero lo ha criado y lo quiere. Y esta temporada no siento un ápice de empatía por ese niño. Ninguna. Al menos la relación con su abuelo (no voy a acostumbrarme en la vida) comienza a ser más cercana y menos forzada que en los episodios anteriores, aprendizaje de espada incluido mientras otro posible villano acecha. Aquel que un día le obligó a fingir ser su hijo.

Aunque en un principio ese cambio tan apreciable en la serie me resultó difícil de asumir, el camino que está tomando me parece un acierto, y creo que si saben mantenerse y jugar bien sus cartas, esta segunda temporada puede ser algo realmente bueno. ¿Y vosotros, qué pensáis?

Nos vemos en el cuento la semana que viene.

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