Review New Girl: Bells

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Ahhh, las discusiones. Tan poco agradables, y sin embargo tan frecuentes. Los protagonistas de esta divertida comedia no iban a ser menos, por supuesto. Dos conflictos han marcado el nuevo episodio de New Girl, que, por cierto, nos ha permitido conocer más y mejor a uno de los personajes más desaprovechados de la serie hasta el momento, Winston, que poco a poco conseguirá quitarse el sambenito de ser el tío que sustituyó al Coach. A tenor de este Bells, va, por fin, por buen camino.

Justo la semana pasada me quejaba de que el afroamericano se estaba quedando muy atrás con respecto a los demás personajes, y un episodio después le otorgan un protagonismo mayor. Eso me pasa por bocazas. Porque, además, ha estado bastante divertido ver a Winston descubriendo un inesperado don para la música que utiliza para enseñar a cuatro alumnos problemáticos a tocar las campanillas, convirtiéndose ipso facto en una versión light del sargento Hartman.

Y aquí es donde ha empezado el primer conflicto del capítulo. El método de enseñanza flower power de Jess dista mucho de parecerse a las técnicas poco depuradas de su amigo, aunque en un primer momento es admirado por los alumnos, generando la envidia de una Jess que se cree más cool de lo que es (¡imitar al robot pasó de moda hace 10 años, mujer!). Winston es capaz de tocar melodías casi orgásmicas de perfectas que son, y, claro, el ex baloncestista empieza a crecerse por momentos… Y lo que empieza siendo una guerra de egos entre ambos personajes, acaba bruscamente cuando Winston empieza a tomarse demasiado en serio su tarea de tocar el “Eye of the Tiger” junto con Ensembell (¿lo pilláis? Ensemble, bell, Ensembell… ejem, sigamos). Por cierto, ¿soy la única que al verlo tocar las campanillas con tal empeño ha recordado al teclado de Ross en Friends? Aunque la música de Winston sonaba mucho, muchísimo mejor (Bueno, hasta yo tocando la flauta sonaría mejor que Ross).

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Por cierto, los repetidos flashes mostrando el nuevo empleo de mier… empleo temporal del campanillero oficial del reino, me han parecido descacharrantes, quizá tenga algo que ver el haberme sentido algo identificada con la situación; sí, yo también me aburro horrores en mi monótono puesto de trabajo…

Si en esta ocasión se ha ahondado más en este personaje que llevaba un tiempo pasando desapercibido, no se puede decir lo mismo de la relación entre Nick y Jess, que se ha quedado en un segundo plano esta semana. Es un poco raro que pasen de discutir acaloradamente durante el capítulo de Acción de Gracias o compartiendo un tierno momento en el baño mientras se lavan los dientes, a tener un par de diálogos insustanciales en este Bells, donde no se insinúa, de nuevo, ningún tipo de atracción ni tensión entre ambos. Veremos cómo evoluciona este tema en próximos episodios, y es que he de reconocer que me tiene bastante intrigada pese a todo.

Nick ha estado muy ocupado esta vez discutiendo con Schmidt como para pensar en cialquier otra cosa. Los amigos, que se conocen desde críos, han tenido una gran confrontación, provocada por algo en principio tan nimio como llamar a un fontanero. Nick, que se ha revelado como todo un chapuzas en casa que deja en pañales al presentador de Bricomanía, con arreglos cutres pero muy efectivos (“It’s fixed”… Genial), se enfada cuando su colega prefiere pagar a un profesional para arreglar la cisterna del baño. La chispa salta cuando el camarero empieza a echarle en cara a Schmidt que siempre ha tenido todo lo que ha querido, vaya, que más o menos ha insinuado que es un pijo caprichoso (algo nos olíamos después de verlo en kimono o aceptando a regañadientes compartir su gelatina de baño con Cece).

Así que los chicos han comenzado una guerra que ha incluido la prohibición a Nick de utilizar el sofá comprado por Schmidt, el cambio de sitio de la nevera, o ese momentazo de todas las pizzas esparcidas por la cama (¿Pero cuántas pizzas caben en esa nevera?). Quedarán para el recuerdo momentos como cuando Schmidt descubre que ha usado su champú con aroma de loto y empieza a revolverle el pelo para quitárselo, o cuando Nick se burla del “cardigan” de su amigo.

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La verdad es que este ha sido un episodio dominado por los tres personajes masculinos, que hasta ahora solían tener un papel más secundario, mientras Jess ha quedado relegada a un discreto segundo plano. Creo que esto ha sido un acierto, puesto que, como muchos, yo también creo que el personaje de Zooey Deschanel puede llegar a cansar, con lo cual se agradece que decidan ir dosificándola y no hacer girar todos y cada uno de los episodios en ella.

Así, nos hemos enterado de que Nick es un perdedor que dejó la carrera de Derecho para acabar siendo camarero, que Winston es un tío demasiado perfeccionista que no concibe equivocarse, o que Schmidt es un tío con pasta que ha comprado la mayor parte del mobiliario del hogar (excepto la tele, que como recordaréis la trajo Jess de casa de su ex) y está acostumbrado a arreglarlo todo a base de talonario.

De todos modos, en los minutos finales del episodio, de nuevo los tres compañeros de piso han vuelto a hacer lo mismo que llevan haciendo toda la temporada: empatizar con las manías, rarezas y gustos de la chica, En Bells han acabado acudiendo al concierto de campanillas que han dado maestra y alumnos en un parque ante una paupérrima audiencia. Por cierto, me ha gustado observar a la Jess profesora, creo que le ha permitido a la actriz y cantante mostrar nuevos matices. Espero que la veamos más escenas en su lugar de trabajo, sobre todo tratando con alumnos pequeños, donde ha de mostrar valores como la autoridad, algo a lo que no estamos acostumbrados a ver por su parte.

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Más de uno se habrá alegrado enormemente de la ausencia de Paul en este episodio, pero no cantéis victoria tan pronto, porque está claro que lo volveremos a ver (y mucho). Tampoco ha habido rastro de Cece, por cierto… y creo que la he echado un poco de menos.

En definitiva, se ha tratado de un buen episodio, cuyo guión ha dotado de una mayor profundidad a los personajes que giran alrededor del huracán Jess. Poco a poco los tres chicos van teniendo una personalidad más marcada, alejada de aquellos tres chicos del piloyo cuya función se había limiado a sorprenderse de las rarezas de la protagonista. No está nada mal, no. Y sí, Schmidt sigue siendo genial, él y su zumo Midori, sea lo que sea.


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