Review Nashville: We Live in Two Different Worlds

Hay que ver cómo pueden cambiar las cosas en un solo capítulo, ¿verdad? Las tramas que la semana pasada parecían prácticamente resueltas o, como mínimo, encaminadas, resulta que ahora avanzan en una dirección diferente. Hay muchas novedades bajo el cielo de Nashville y todas ellas son jugosas y sabrosas, ¿se nota que me ha convencido el cuarto episodio? ¿Lo comentamos?

La semana pasada decía que a Nashville le faltaba algo que no sabía como definir correctamente. Pues bien, visto We Live in Two Different Worlds, creo que lo que le faltaba a la serie es argumento, una historia más atrayente. Por suerte, el 1×04 ha llegado para solventar esas carencias. Por primera vez desde la premiere, tengo la sensación de haber visto un buen capítulo, uno que me lleva a pensar que la serie tiene cosas que ofrecer y que me hace tener ganas de descubrirlas. Incluso la trama de Gunnar, Scarlett y Avery tiene su miga pero vayamos por partes.

Empecemos por el principio, por Rayna y Deacon en la cama, un reencuentro, literalmente, soñado. Parece que, aunque se niegue a aceptarlo, la reina del country sí tiene sentimientos por su guitarrista pero, como veremos, va a tener que actuar pronto si no quiere perderlo.

De vuelta al mundo real, Rayna sigue apoyando a Teddy en su campaña para convertirse en el próximo alcalde de Nashville. Las encuestas pronostican una derrota aplastante para Conrad, de modo que hay que sacar la artillería pesada. Una recaudación de fondos con una actuación estelar de Rayna Jaymes es el primer paso.

La actuación trae más de un quebradero de cabeza a la cantante. Volver al club de campo supone volver a sus amargos recuerdos de instituto. Parece que Ray fue una adolescente marginada de la que sus compañeras se reían por ser aficionada al country. Pero si ese fuera el único problema de Jaymes… Para actuar como es debido necesita un guitarrista y ese no es otro que Deacon Claybourne, el tercero en discordia y un viejo conocido de la familia.

Hay varios puntos destacables en esta historia. Uno de ellos es el hecho de que Deacon acepte acompañar a Rayna en el escenario a pesar de que él apoya a Coleman – el otro candidato – y aun sabiendo que va a meterse en la boca del lobo. Un esfuerzo del que Rayna es consciente pero que, como evidencia la discusión final entre ambos, no valora lo suficiente.

Como era de esperar, la aparición de Claybourne en el club de campo desata un vendaval de acusaciones y malas formas entre Lamar, Teddy y el mismo Deacon. Una escena que destapa la caja de los truenos y parece que no va a ser sencillo cerrarla. Hay demasiados golpes bajos y demasiadas heridas abiertas como para dejar las cosas así: desde el “¿Por qué le harías un favor de mala gana a la familia que lleva 20 años cargando contigo?” de Lamar, hasta el “¿Has vuelto a beber?” de Teddy, pasando por el “sé reconocer a un cerdo cum laude cuando lo veo” de Deacon.

El duelo de miradas entre Deacon y Teddy durante la actuación demuestra que la batalla no ha hecho más que comenzar. Estoy segura de que no se trata sólo de pugnar por el amor de Ray, sino de saldar las cuentas de historias pasadas de las que aún no conocemos los pormenores.

Tengo ganas saber qué paso en aquel momento en el que Rayna abandonó a Deacon de mala gana y escogió como compañero a Teddy Conrad. Me intriga el resentimiento de Lamar hacia Claybourne (y que su mujer tuviera un romance con un cantautor no me sirve como explicación). ¿Qué pasó exactamente para que Deacon esté tan enfadado con una familia con la que, en teoría, tendría que estar agradecido?

Las cosas no pintan bien para Rayna y Deacon, la escena que comparten después del concierto es desoladora. Jaymes hace responsable a Deacon de lo sucedido y la ambigüedad de su situación se hace patente. “¿Qué ‘nosotros’ Rayna?”, la cantante no tiene respuesta y me temo que yo tampoco, aunque creo que se refiere, en parte, a todos los nosotros que hay en su vida.

Sea como sea, Jaymes se decanta por el que se refiere a su matrimonio. La cantante promete a su esposo que despedirá a su compañero de gira. No estoy segura de que vaya a mantener su palabra pero si lo hace, ¿cómo piensa solventar los graves problemas económicos que tiene? La gira que tiene planeada es junto a él, ¿van sus colaboradores a permitirle tirarla por la borda así como así? Veremos.

La historia termina con una escena que ha hecho que el nivel de popularidad del personaje de Teddy Conrad suba unos cuantos puntos. Se trata de la escena que comparte con su enigmática amiga Peggy. Es evidente que algo pasó entre ellos, de otra forma Rayna no se habría molestado al verla en la fiesta, pero ¿qué esconden? A la vista de lo que dicen es algo gordo. Tanto como para arruinar los matrimonios de ambos y acabar con las aspiraciones políticas de Conrad. ¿Apuestas?

Antes de ir con Juliette, detengámonos un momento en la trama de Scarlett, Gunnar y Avery. Scarlett y Gunnar han conseguido un contrato en un sello como compositores y, como era de esperar, a Avery no puede ocultar la rabia y la envidia que esto le produce.

Scarlett empieza a darse cuenta de que llegará un momento en el que deberá elegir entre su carrera como compositora o Avery. La balanza que antes se decantaba claramente hacia el amor, ahora empieza a tener peso del otro lado. Encontrar el equilibrio parece improbable, de modo que Scarlett no podrá tenerlo todo.

Gunnar, por su parte, vive su particular momento de gloria. Ha logrado su sueño y, además, ha conocido a una chica, Hailey, que está haciéndole olvidar los encantos de Scarlett. La reacción de la rubia al verlos salir por la puerta tan acaramelados hace pensar que algo se remueve dentro de ella, ¿quizá esperaba que Gunnar fuera el sustituto de Avery? La cosa se pone interesante también para este trío.

Vayamos, ahora sí, con la gran trama de este 1×04, una historia que podríamos titular: La estrepitosa e inesperada caída de Juliette Barnes. Me ha encantado esta trama de principio a fin: bien construida, con la dosis justa de drama y un trasfondo complejo. Quizá lo único que me chirría es que el hurto de un simple esmalte de uñas haya desatado tal revuelo pero, en fin, ya se sabe que los americanos son muy suyos para estas cosas y con precedentes como los de Britney Spears o Lindsay Lohan pues es, hasta cierto punto, entendible.

La gamberrada de Barnes corre por todo Internet y su gabinete de crisis, con la publicista de Kristen Stewart incluida, se pone manos a la obra para hacer un balance de los daños en la imagen de la superestrella. Aunque en un principio Juliette se niega a orquestar una campaña para limpiar su imagen por algo tan nimio, cede al ver las primeras consecuencias de su travesura: los chistes circulan por la red y la televisión y empiezan a cancelar apariciones que tenía previstas. Su publicista, Makena, tiene un plan: redactar un comunicado y conceder una entrevista a Good Morning America en la que Juliette tendrá que disculparse y dar las explicaciones oportunas.

Por supuesto, Makena no cuenta con que Barnes no pasa por el mejor momento de su vida. La reaparición de su madre toxicómana ha trastocado la vida de la cantante y ha resucitado las emociones que parecía tener enterradas. Juliette enloquece con su madre alrededor, llegando al extremo en una escena demoledora, esa en la que vemos al miedo, la desconfianza y la desolación apoderarse de una Juliette Barnes que registra el bolso de su madre buscando una excusa para echarla de su casa. Poco se puede decir de esta secuencia, en ella quedan patentes años de sufrimiento, temor y soledad.

Su madre es su punto débil, queda más que demostrado en la entrevista en Good Morning America. Debo decir que la pregunta de la periodista está absolutamente fuera de lugar, sobre todo para un programa presuntamente informativo que no ahonda en las vísceras de sus invitados. Al margen de esto, la reacción de Juliette es completamente comprensible aunque ello vaya a suponerle casi el fin de su carrera.

El plantón de Barnes a Good Morning America se difunde rápidamente por Internet y la imagen de la artista queda tocada y hundida. Los patrocinadores se retiran y la gira de Juliette queda cancelada, al menos de momento. Ante este panorama, Glenn – su representante – parece decidido a abandonar a la artista pero una última conversación le hará cambiar de opinión.

Juliette comparte el que, probablemente, es su lado oculto, su parte vulnerable. ¿Por qué una estrella de la música multimillonaria robaría un esmalte de uñas? ¿Por sentir la emoción? ¿Por darse un capricho excéntrico? En el caso de Juliette es una especie de mecanismo de defensa, una forma de saber que tiene el control de su vida y que puede cuidar de si misma. Algo que hacía de niña cuando las cosas en casa no iban bien y que ha vuelto hacer ahora que su pasado se ha instalado en su mansión.

Una escena en la que Hayden Panettiere me ha convencido casi por primera vez en esta serie. Un diálogo con fuerza que termina con un: “yo no tengo amigos, sólo gente que quiere ser vista conmigo”. Barnes va camino de convertirse en otro juguete roto de la industria, un producto que puede morir devorado por los mismos que la subieron al olimpo.

Por suerte para Juliette sí tiene alguien a quién llamar, alguien que, por lo que parece, tendrá mucho tiempo libre a partir de ahora: Deacon Claybourne. En mi opinión, la unión de estos dos personajes ahora que ambos están destrozados puede dar mucho de sí.

Acabamos así el repaso a We Live in Two Different Worlds, un episodio que nos ha dado toda la intensidad que no nos dieron los anteriores. A mi me ha convencido y espero que Nashville continúe por el camino que marca este 1×04.

Es vuestro turno, ¿qué os ha parecido el capítulo?


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