Review Nashville: There’ll Be No Teardrops Tonight

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Un par de semanas antes del largo parón, se emitía There’ll Be No Teardrops Tonight, el decimotercer episodio de Nashville, probablemente os cueste recordarlo pero… ¡para eso estamos nosotros! Con la inminente vuelta de Rayna y Juliette a sus pantallas seguro que a muchos os viene bien hacer memoria… ¿Qué? No cuela, ¿no? Tenéis razón, la que sigue es probablemente la review más tardía de la historia de Todoseries. Aun así, aquí va. ¿Echamos la vista atrás? ¡Adelante!

There’ll Be No Teardrops Tonight, partía con el inconveniente de tener que continuar la historia tras el impactante final del 1×12. El beso entre Rayna y Deacon, la petición de divorcio de Teddy, el cambio de rumbo iniciado por Juliette… Y digo inconveniente porque las tramas impactantes no son fáciles de resolver y suelen acabar de dos maneras: o los momentazos en cuestión se convierten en el punto de partida de una trama sólida o quedan relegados a ser únicamente escenas impactantes sin mucho sentido.

El 1×13 tiene una mezcla de ambos finales. Empecemos con Rayna. Por un lado, es evidente que el encuentro con Deacon y la petición de divorcio de Teddy marcan el inicio de una nueva e interesante etapa en la vida de Jaymes. Por otro lado, no me ha acabado de convencer la forma en la que Rayna se enfrenta a su presente, no porque no sea lógica, comprensible y atractiva – ¿quién no ha querido huir de su propia vida durante unas horas o días? – sino porque la trama con Liam McGuinnis no deja de ser otra sucesión de momentazos impactantes que difuminan en cierta manera lo acontecido en el episodio anterior y no sé hasta qué punto es una táctica para conseguir el ¡oh! constante en el espectador sin plantearse nada más allá.

No seré yo quien critique a McGuinnis, de hecho es un personaje la mar de interesante y su relación con Jaymes es intrigante y adictiva. No obstante, en este episodio su presencia me ha resultado un tanto forzada. Reaparece justo en el momento en que Rayna necesita alejarse de lo que es, con una explícita propuesta difícil de rechazar, beber más, bailar y… Se ve venir desde el minuto uno como van a acabar las cosas.

Además, el hecho de que Rayna y Liam hayan mostrado abiertamente la atracción que sienten el uno por el otro, dejando atrás la ambigüedad que caracterizaba a esta relación, le resta puntos a esta historia, en mi opinión.

No obstante esta trama tiene un punto muy positivo que compensa sus errores y ese es Rayna Jaymes. Dejando a un lado si es una trama más o menos predecible o creada para generar impacto o no, lo cierto es que siempre resulta interesante descubrir nuevas facetas de la reina del country. En este caso, su parte rebelde, de chica mala, que saca a relucir – ¡y de qué manera! – de la mano de su compañero de fatigas esa noche.

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No sabría decir si es una coincidencia o está hecho expresamente, pero el look de Jaymes en este episodio es más agresivo que el que suele lucir. Sexy, con los ojos ahumados y con ese sombrero tras el que se esconde para entrar a la habitación de Liam. Me ha sorprendido ver su parte más irresponsable, la que no se plantea el mañana hasta que se ve prácticamente metida en la cama de McGuinnis.

Las dudas e inseguridades de Jaymes hacia el final del episodio tampoco son una gran sorpresa, eso sí, es un final coherente para esta historia. Su parte adulta sale a relucir y su compañero de juerga se convierte en el oído amigo que necesita. La historia con Liam acaba con la promesa de terminar el álbum que dejaron a medias. Esperemos, por tanto, ver de nuevo a McGuinnis por aquí.

Mientras tanto en Nashville, Teddy reafirma su decisión de divorciarse y sigue apoyándose en Peggy. La indiscreción le juega dos malas pasadas al nuevo alcalde, una con Tandy, la hermana de Rayna y otra, la más grave, con Maddie, su hija.

He agradecido no ver o, mejor dicho, no oír el momento de drama familiar en el que Teddy y Rayna comunican su decisión a las niñas, no era necesario y, en mi opinión, queda muy bien resuelto tal y como está. Además, obviándolo, la escena final de esta historia, esa en el que Maddie le cuenta a su madre lo que sabe, que su padre tiene una aventura con Peggy, cobra mayor intensidad.

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Vayamos con el cuarto en discordia, Deacon Claybourne, el gran desaparecido en la trama de Rayna este episodio en favor de McGuinnis. Jaymes no puede ni quiere hablar con Claybourne sobre lo sucedido pero él sabe muy bien que algo no funciona como debería desde que la ve perder el pie de la canción ante miles de personas. La situación de Deacon en esta historia me parece muy injusta, primero porque parece que aquel beso en el ascensor va a quedarse únicamente en eso y segundo porque Rayna le contesta de una forma demasiado agresiva cuando le pregunta por McGuinnis justo antes de coger el autobús de vuelta a casa.

Quizá por eso la atención de Claybourne en este 1×13 está dedicada casi exclusivamente a Juliette. Barnes ha empezado la remodelación de su gira, incluyendo su nueva faceta de cantautora en su macroshow. Los cambios no son del agrado de Glenn, su representante y se desata toda una guerra de caracteres entre ambos.

La cantante parte con ventaja en la batalla, no sólo es ella el centro del negocio multimillonario, sino que tiene a Deacon de su parte hasta bien avanzado el episodio y a una nueva aliada, Emily, su asistente personal, un personaje que ha llamado mi atención en este episodio. Emily parece empeñada en volverse una persona absolutamente imprescindible en la vida de Juliette: apoya todas sus ideas y está siempre disponible para ella. No sé por qué pero intuyo que Emily irá ganando peso en las tramas. En este momento es una de las personas más cercanas a Barnes y, por tanto, tiene muchos puntos para ser blanco de su ira en algún momento.

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Hablando de ira, Juliette vuelve a desatarla en este episodio al enterarse de que Glenn ha estado deshaciendo todos los cambios que ella pretendía poner en marcha. Barnes monta una escena digna de Britney Spears en la época en la que se rapó la cabeza. Despierta a su equipo en mitad de la noche y, a grito pelado, les explica quién manda en Red Lips, White Lies. La escenita le cuesta a Juliette la renuncia de su manager y una escueta pero efectiva charla de Deacon en el ascensor.

Barnes, que lleva semanas esforzándose por ser una artista madura y sin artificios, demuestra que, en el fondo, sigue siendo una estrella del country caprichosa, autoritaria y déspota. Veremos cómo se las arregla sin Glenn y si su relación profesional con Deacon se resiente.

Vayamos ahora con la parte teen de Nashville. Scarlett y Gunnar ya han formalizado su relación de compañeros de piso y pero poco tiempo tienen para acomodarse el uno con el otro porque James, el hermano fugitivo de Gunnar, decide hacerles una visita.

Aunque la idea de esconder a un prófugo no es del agrado de la cándida Scarlett, finalmente accede a cobijar a James durante un par de días. No sé qué es lo que ha enternecido a Scarlett, si la relación tan estrecha que tienen los hermanos o el trío musical que forman pero, al final del episodio, parece estar cómoda siendo tres en la casa. Lo que la rubia no sabe es que James aún lleva un arma encima y eso, como sabéis, va a traerles más de un problema.

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En Atlanta, Avery Barkley sigue dudando del rumbo que está tomando su carrera y las diferencias con Marilyn, su amante-manager, se hacen cada vez más evidentes. La aparición de Hayley para hacerle una oferta que le permita mantener su esencia musical no puede ser más oportuna.

No acabo de entender bien a qué viene el tormento de Avery, al fin y al cabo fue él quien decidió ser una estrella a cualquier precio y pasando por encima de quien fuera. Veremos si finalmente decide usar ese cheque que vemos al final.

Acabamos este repaso a There’ll Be No Teardrops Tonight, en nada llega el del 1×14. Mientras tanto, ¿qué os pareció el 1×13?

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