Review Nashville: I’ve Been Down That Road Before

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Nashville ha alcanzado su particular velocidad de crucero: las tramas fluyen de forma natural, los personajes funcionan, mantienen el interés y cada vez nos atrapan más. El final del episodio anterior hacía prever que I’ve Been Down That Road Before sería un episodio interesante y ¡vaya si lo ha sido! Una crisis existencial, un hombre que demuestra, al fin, algo de iniciativa y el momentazo con mayúsculas de lo que llevamos de serie os esperan tras el salto, ¡adelante!

Empezamos en 1×12 justo donde lo dejamos en el episodio anterior, con Deacon Claybourne enrolado en Red Lips, White Lies de la mano de Juliette Barnes. Chicago es la siguiente parada del Tour y el lugar donde la vida de las dos artistas toma un nuevo rumbo, en ambos casos por obra y gracia de Claybourne.

Porque sí, es Deacon quien trastoca la vida de las cantantes y, en el caso de Juliette, la influencia del guitarrista se deja sentir en lo profesional. Ya habíamos visto en los primeros episodios que Claybourne despierta en Barnes una especie de necesidad de ser una cantautora sin artificios y purpurina.

Es evidente, no obstante, que Juliette disfruta siendo una estrella del pop con un macroshow repleto de purpurina y bailarines ligeros de ropa. De hecho, alardea de ello a la llegada al hotel. La respuesta de Deacon a tanta grandiosidad – Johnny Cash sólo necesitaba tres en el escenario – hace que Juliette se plantee si realmente quiere ser una Britney Spears country más.

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Parece que lo que Barnes quiere es ser más auténtica aunque eso suponga ser menos espectacular y poner su marca en peligro. Su marca, ese es uno de los conceptos clave de esta trama, Glenn lo repite hasta la saciedad y es porque Juliette, aunque lo pretenda, no es sólo una artista, es un negocio de millones de dólares y los que se benefician de él no están dispuestos a verlo caer.

Pero su marca no es lo más importante para la cantante y, con un vestuario más austero que el habitual, se lanza a interpretar un dueto con Deacon ante miles de personas. Juliette está más que satisfecha pero, por suerte para Glenn, el crítico del Tribune manifiesta su descontento en Twitter. Dejando a un lado que me cuesta creer que un crítico musical tuitee ese tipo de cosas, era evidente que un varapalo de este calibre tenía que llegar, algo que nos hiciera pensar: “pobre estrella encerrada en un vestido de lentejuelas y acorralada por un cuerpo de baile que no la deja ser ella misma”. Flojo y facilón, en mi opinión.

Y, cómo no, después de toda decepción, llega la luz al final del túnel y ésta llega de la mano de la asistente de Juliette y en forma de video de Youtube con cientos de miles de visitas. Parece que sí hay quien vaya a seguir a Barnes en esa aventura si finalmente se embarca en ella. Flojo otra vez, me huele demasiado a moralina sobre cómo lo más importante en esta vida es ser fiel a uno mismo y el resto ya vendrá rodado.

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Lo peor de todo es que, en mi opinión, Glenn, la cuenta de Twitter del crítico y la asistente personal y su video, acaban relegando a un segundo plano lo realmente interesante de esta historia: las dudas de Juliette en cuanto a su carrera. Por un lado, no dudo que quiera ser una artista más real, más Rayna Jaymes en ese sentido, pero no tengo muy claro si es un anhelo sincero o es más un deseo de ser lo que Deacon espera que sea. Además, me cuesta imaginarme a Juliette sin su séquito, sin sus fans histéricas, sin todo lo que conlleva, en definitiva, ser una estrella del pop superficial.

Mientras que la carrera profesional de Barnes pasa por un momento convulso, la de Rayna está completamente afianzada. Así lo vemos al principio en la cara de los jóvenes que corean sus canciones y la miran embelesados, Además, Edgehill le ha concedido a Jaymes su propio sello y ya tiene un fichaje en mente.

Volvamos al piloto, a aquella llamada final de Watty White al ver actuar por primera vez a Scarlett y Gunnar en el Bluebird. Rayna lo recuerda perfectamente y quiere estrenar su sello con este dúo.

Vayamos con ellos. La rubia está teniendo problemas económicos, Avery le debe dinero y es incapaz de afrontar el pago del alquiler. El trabajo en el Bluebird no le llega y el nuevo grupo no está teniendo el éxito esperado, mejor dicho, no está teniendo ningún éxito.

Finalmente Scarlett encuentra una solución: compartir piso con Gunnar y así, de paso, él se quita a sus insoportables compañeros de piso de encima. En mi opinión, es un bad move en toda regla pero esperaremos a ver qué pueden ofrecernos.

El que seguro que no lo lleva bien es Avery, que sigue envuelto en esa mezcla de prepotencia y patetismo, una actitud que llega a su punto álgido cuando decide presentarse en casa de su ex, con un equipo completo de televisión. Barkley no consigue impresionar a Scar que, además, está con su nuevo compañero de piso.

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Gunnar y Avery se encuentran y ocurre lo inevitable: se lían a leches. La cosa termina con Avery marchándose con el rabo entre las piernas y dando puerta a Marilyn, la causante última de su ruptura con la rubia.

Iremos viendo cómo continúa el sector teen de Nashville, sobre todo, ahora que parece que van a tener a Jaymes como guía. Un motivo más que suficiente para hacer borrón y cuenta nueva con estos personajes.

Volviendo a Rayna, al contrario que en lo profesional, su vida personal ha dado un giro de 180 grados en este episodio. ¿El motivo principal? Deacon Claybourne.

He adorado a Claybourne y Jaymes a lo largo de todo el episodio: los intentos de ella por acercar posiciones y mantener una relación cordial durante la gira y la rotunda intención de Deacon de pasar de la corrección y de las buenas palabras, o mejor dicho, de las palabras en general, especialmente si se encuentran en un ascensor.

Tenía muchas ganas de que Deacon diera un paso adelante, que se olvidara de la resignación, de que Rayna está casada y de las deudas pasadas para luchar por lo que quiere. El rapapolvo de Glenn y su advertencia de que no trate de convertir a Juliette en su nueva Rayna Jaymes hacen reaccionar al guitarrista que, al fin, se da cuenta del motivo de todos sus males. No es Rayna, es él, son sus buenas palabras y su falta de valor y amor propio para hacer lo que realmente quiere: luchar por el amor de su vida.

Volvemos de nuevo al ascensor y, aunque hay pocas palabras, la escena no puede ser más expresiva… ¡Vaya momentazo! Llevábamos esperándolo meses y, por fin, el beso entre Deacon y Rayna ha llegado.

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El beso y nada más. Claybourne deja claro que no quiere hablar, que lo que quiere es actuar y ante la inevitable pregunta que viene inmediatamente después – ¿Y ahora qué? – sale del ascensor como alma que lleva el diablo.

Después, la soledad de la habitación, las dudas y el maldito móvil. Rayna sí quiere hablar y Deacon acaba cediendo. Segundo momentazo: cuando Jaymes abre la puerta de su habitación quien espera al otro lado no es Deacon, sino Teddy, su marido.

Conrad me ha gustado en este episodio. La conversación telefónica con su esposa al principio ya nos deja entrever que el alcalde de Nashville está hasta la coronilla de las idas y venidas de Rayna y, sobre todo, de que Deacon esté siempre presente en cada una de las crisis de la pareja. Como suele decirse, sólo hace falta ver otras opciones para darte cuenta de que lo que tienes no es lo que quieres y, en el caso de Teddy, esa otra opción es Peggy Kenter.

Kenter reaparece en la vida de Conrad, ofreciéndole su amor incondicional a pesar de los años y la cosa acaba como tiene que acabar. Teddy es infiel a su mujer con Peggy y, por lo que parece, no es la primera vez.

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Conrad da el paso que Rayna no se ha atrevido a dar en años. El alcalde se ha cansado de esperar ese momento mágico en el que ella le mirara y le quisiera y le pide a Rayna el divorcio. Tercer momentazo. Teddy demuestra, en un par de minutos, que le corre sangre por las venas y que, aunque todo indicara lo contrario, es capaz de dar un paso valiente. La cara de Jaymes es un poema y no estoy segura de que vaya a permitir que Teddy la abandone sin ofrecer resistencia.

Acabamos. I’ve Been Down That Road Before nos deja un buen sabor de boca y las tramas muy abiertas. Un margen que la serie debería aprovechar para sorprendernos.

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