Review Mujeres Desesperadas: Lost my power

Casi un mes nos ha tenido esperando el 20º capítulo de Mujeres Desesperadas, un parón que a estas alturas de la temporada ya no tiene demasiado sentido, pero por suerte los dos que faltan para terminar temporada y serie, a saber el 21 y el doble episodio 22-23, se emitirán en los Estados Unidos sin más pausas. ¿Y qué ha ocurrido en este episodio? Ahora lo comentamos.

Empezamos con Lynette, a la que vimos recientemente (es una forma de hablar) determinada a recuperar a Tom como fuera, y sus planes incluyen ser una ex ejemplar y llevarle al hombre las cosas que se dejó en casa y que ya no pintan nada allí. Para ello, si es necesario, se presenta en la oficina del que todavía es su marido legalmente hablando, pero Jane está de visita y Lynette se tiene que tragar una escena amorosa por otra parte legítima.

¿Y qué mejor manera de desquitarse que saliendo con el jefe de Tom? Pues no, no es exactamente eso. Bueno, sí, sale con este hombre que desde el minuto 1 le ha estado regalando los oídos, pero no para desquitarse, sino porque ve en él un aliado para torpedear la relación entre Tom y Jane: él también se separó y le encantaría ayudar a Lynette a “putear” al que es su subordinado. La diferencia es que ella lo hace para fastidiar a Jane y él no tiene ni la más mínima idea de que lo que quiere en realidad la mujer es recuperar a Tom.

Y por algún lado tenía que explotar el tema, porque una cosa es que le asigne tareas que le impiden marcharse de fin de semana con su nueva novia y otra muy distinta es que planee mandarlo un año a Mumbai (India), ante lo que Lynette tendrá que poner fin a esta estrategia mal calculada en el próximo episodio. ¿O quizá Gregg desaparecerá sin explicación de un episodio al otro como hizo Frank?

La segunda trama, aunque como ya sabéis la estructura de la serie hace que veamos fragmentos de la trama de cada mujer desesperada durante todo el episodio, es la de los Solís, que en esta ocasión luchan por un mismo objetivo pero por distintas razones. Para empezar Carlos les muestra a su mujer y sus hijas el discreto (por decirlo de una forma no ofensiva) despacho en el que trabaja ahora para ayudar a los drogadictos a rehabilitarse, pero como era de esperar Gaby con la insensibilidad que la caracteriza no disimula su decepción ante esta evidente bajada de nivel de la vida de su marido.

Por otra parte es ella la que ahora cobra más y su trabajo como asistente personal en la carísima tienda de ropa donde antes era la clienta número 1 va viento en popa. Un ejemplo de ello es que un buen día entra en la tienda la viuda de un millonario y Gaby ve en ella a su gallina de los huevos de oro, con lo que la invita a cenar a casa. Y allí Carlos le habla del bien que haría su dinero a la entidad para la que él trabaja. Como era de suponer los dos miembros del matrimonio Solís se disputan el favor de la anciana, a la que reconoceréis si érais seguidores de Todo el mundo quiere a Raymond, y como suele ocurrir en estos casos la señora se va asustada y no quiere saber nada de ninguno de los dos. Según Gaby, Carlos quizá no iba a por el dinero de la viuda de la misma forma que ella, pero sigue siendo un tiburón, diferente pero aun así un tiburón.

Renée y Ben están con los preparativos de su inminente boda (¿la veremos en la finale?), y en estas que ella descubre entre la correspondencia una citación judicial dirigida a su futuro marido, que para encubrir a Bree se arriesga a perder a su prometida y se niega a decirle la verdad. Finalmente la convence de que es mejor que no sepa lo que ocurre, pero… ¿qué pasará cuando se casen y la ley no obligue a Renée a declarar contra su marido? “Nada más bajar del altar”, le dice ella, “lo quiero saber todo“.

A Bree la hemos visto en la imagen con la que hemos abierto esta reseña, y además es un buen momento para hablar de ella porque la acabamos de mencionar en la pequeña trama de Renée y lo cierto es que su tema no es poco importante: la van a juzgar por homicidio, y como no encuentran ninguna relación entre Ramón Sánchez (en realidad Alejandro) y la pelirroja, la acusación encuentra un hilo del que tirar: recientemente Bree se ganó una reputación liándose con un hombre diferente cada noche, y el difunto podría ser perfectamente uno de esos “desconocidos”.

Su abogado superestrella, Trip, que con su labia nos da tranquilidad en cuanto al complicado caso de Bree, le dice entonces a su clienta que debe ser sincera con él y eso incluye el tema del sexo desenfrenado, a lo que la Van de Kamp accede a regañadientes preocupada por la impresión que le dará al hombre. Y tal como le apuntan sus amigas, está claro que se está pillando por el abogado, algo que no le conviene en absoluto pero que, tratándose de esta serie y como ya ocurrió con el difunto Karl Mayer, va a suceder sí o sí.

Al igual que pasaba con el ex marido de Susan, Bree y su abogado chocan en todas sus opiniones, pero parece que a la señora más fina de Wisteria Lane eso le pone, porque su comportamiento es claro y previsible durante todo el episodio. Y el del abogado tres cuartos de lo mismo, para qué negarlo.

Nos faltaba Susan, que sigue lidiando con las consecuencias de haberse quedado viuda al mismo tiempo que sigue siendo madre de un niño de 9 años que necesita más atenciones que nunca. Esta vez se ve obligada a construirle a MJ un coche hecho en casa para una competición escolar de padres e hijos. Y cuando decimos “padres” nos referimos a “el padre” pero en plural.

Dispuesta a ser los dos progenitores a la vez a falta del añorado Mike Delfino, ausente por fallecimiento repentino (y la rima no es intencionada), Susan se esfuerza por construirle un coche y, aunque le cuesta lo suyo, la verdad es que no le queda nada mal… pero el niño lo empuja bajo las ruedas de un camión de la basura y sabotea el intento de su madre de acompañarlo a la competición. No quiere porque sería “el rarito” que va con su mamá en vez de con su papá, y lo cierto es que lo único que quiere es que su padre vuelva. Por supuesto es imposible, pero Susan le encuentra lo más parecido: un cuarteto de vecinos adultos formado por Tom, Ben, Bob y Lee que le ayudará a construir un coche mejor que el de su madre y como proyecto exclusivo de tíos. Bonito y emotivo momento, sí señor.

En resumen, un episodio en el que una de las cuatro protagonistas empieza a levantar cabeza, mientras que las otras tres se complican la vida sea por temas judiciales o matrimoniales. Ha estado bien, pero sin exagerar. Y nos queda uno de los normales antes de la gran finale a doble episodio.

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3.5
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