Review Mujeres Desesperadas: Farewell Letter

Se veía venir

Un capítulo de tono bastante más alegre que los
que hemos visto últimamente, este Farewell Letter, aunque la cosa va de
despedidas. No ha sido, como predije equivocadamente la semana pasada, un
episodio especialmente bueno ni interesante. Ni siquiera la parte que parecía
tener más jugo, la de Mike y Paul intentando ayudar a su hijo (biológico de
uno, criado por el otro). Por su parte, los Scavo siguen de cachondeo, Bree y
Keith han terminado (pero no como cabía esperar), y Susan y Gaby han sacado el
lado humorístico de sus respectivas desgracias
.

El tema principal del episodio, como he dicho, son las despedidas a las que hace referencia el título, y las hay, pero de varios tipos. Los Scavo tienen, en teoría, una abuela recién convertida en millonaria, aunque en este capítulo ni se menciona. Pero cuando Lynette se da cuenta de que los gemelos Porter y Preston no saben hacer la “o” con un canuto, Tom y ella deciden echarlos de casa, obligarles a que espabilen y aprendan cómo se hace una tortilla. Además, tendrán que trabajar para poder pagarse sus cosas. A regañadientes, los rebeldes pelirrojos aceptan, y el día de la despedida se montan en su coche… y aparcan en la acera de enfrente: se van a vivir con Roy y la señora McCluskey, una travesura que Lynette no dejará pasar y que la obligará a volver al rol de manipuladora que tan bien conocemos y que tan bien le sienta. Una trama divertida -sin exagerar- pero que no me quita la sensación de que últimamente los guionistas no saben qué hacer con los Scavo.

¡Hala, buscaos un trabajo!¡Hala, buscaos un trabajo!

Los Solís se van de viaje relámpago al pueblo natal de Gaby, Las Colinas, un pueblucho que no tiene nada que ver con los lujos a los que está acostumbrada en Wisteria Lane, pero que según su terapeuta necesita volver a pisar para poder leer en voz alta una carta de despedida ante la tumba del padrastro que abusaba de ella. Cuando Gaby se da cuenta de que gracias a su pasado como modelo ella sí es profeta en su tierra, se distrae de su misión ante la desesperación de Carlos. Sin embargo, al encontrarse con la monja a la que confió, cuando era pequeña, los abusos que sufría, halla otra forma de resarcirse: descarga en la vieja hermana toda su ira por no haber creído sus palabras (que sigue sin tomar en serio), y decide marcharse sin pasar por el cementerio.

Gaby, profeta en su tierraGaby, profeta en su tierra

Susan, otra que hasta hace poco sufría por culpa de su urgente necesidad de un trasplante de riñón descubre, gracias al buen corazón de un policía que quería multarla, que su condición y sus sesiones de diálisis despiertan la compasión de los demás, y decide aprovechar esa parte positiva de la enfermedad para fines egoístas y triviales, como pasar delante en la cola del súper. Renée, a la que los guionistas también tienen por desgracia bastante abandonada (¿qué harán con ella en lo que queda de temporada? ¿se convertirá en un personaje puramente decorativo como Bob y Lee, que llevan dos episodios sin aparecer a pesar de la novedad de haber adoptado a una niña?), le propone aprovecharlo para ir a un solicitado restaurante, donde Susan es ridiculizada cuando otras personas que esperan su turno le hacen ver que todo el mundo sufre de algo. La señora Delfino desiste, y justo entonces pierde el conocimiento.

Como decía antes, lo que pintaba más jugoso en el capítulo anterior, el tema de Zack Young, no juega un papel demasiado importante en este decimoquinto episodio: Mike y Paul lo llevan a rehabilitación, y allí el joven drogadicto le espeta a su padre de hecho (Paul) lo mucho que le odia, y le dice una frase que el hombre recordará muy pronto: nadie podría quererlo jamás. Por otra parte, el señor Young, que juega con la ventaja de saber quién es la madre de su esposa Beth, la trata con una frialdad sin precedentes en su relación, hasta que al final explota, le dice que lo sabe todo y la echa de casa. Otra despedida. Sabemos que Beth, que al principio tenía la misión de vengarse de Paul de parte de su encarcelada madre, ha acabado enamorándose de él, aunque la actriz que la interpreta no suene demasiado convincente, pero a pesar de las lágrimas y los gritos Paul lo tiene claro: Beth miente, porque nadie podría quererlo jamás. Momentazo.

De patitas en la calleDe patitas en la calle

Nos queda Bree, que en el capítulo anterior confesaba a Keith que éste tenía un hijo y que ella lo sabía desde hacía semanas. Todo hacía presagiar una ruptura inminente, con un Keith desquiciado por la mentira, pero… no ha sido así. Han pasado solamente tres días, el novio de Bree ha pasado tanto tiempo con su hijo como le ha sido posible y ahora debe despedirse de él porque vuelve con su madre a Florida, pero su relación con la señora Van de Kamp no ha cambiado ni un ápice. No es demasiado creíble que algo así se pueda arreglar, y menos en cuestión de días, en los que además nos cuentan que ha habido sexo. Pero de todas formas ha llegado el momento: sabíamos, por mucho que nos gustara esta pareja, que no duraría demasiado. Bree, en un noble y altruista acto, y dado que no está dispuesta a dejar su casa de Wisteria Lane, le dice a Keith que se vaya a vivir solo a Florida. Él se niega, no confía en que una relación a distancia pueda funcionar, así que Bree corta con él para dejarle volar. Tira de experiencia y le dice que, aunque ahora le parezca que no, al final la olvidará y podrá volver a amar, pero que a su hijo no debe olvidarlo nunca. Bien por la pelirroja, y con ello nos regala el momento emotivo del capítulo.

Y esto ha sido todo, en un capítulo algo por debajo del nivel de la temporada, lo cual es preocupante porque lleva un tiempo sin remontar (parece ser que la ABC a estas alturas no ha renovado aún DH para otra temporada, cuando sí lo ha hecho con otras series). Además, nos quedan ocho capítulos en los que no parece que vaya a salir nada demasiado interesante, por lo menos no en las cuatro o cinco familias principales a la vez. Espero equivocarme, porque siempre he visto esta serie con muy buenos ojos y me estoy empezando a asustar.

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3
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