Review Mujeres Desesperadas: Any Moment

La vida sigue, señores, nos damos cuenta todos los que asistimos a un entierro, y no son menos los personajes de Mujeres Desesperadas, que después de la tragedia vuelven a sus quehaceres cotidianos, sus planes para recuperar maridos, sus ajustes económicos, sus preocupaciones policiales y, en el caso de la familia mermada por la muerte, su vuelta a la relativa normalidad. Eso es lo que vemos en este capítulo.

Si estabais pensando que últimamente Renée y Ben tenían muy poco papel en la serie seguramente teníais razón, pero en el 18º episodio de esta última temporada han decidido darles casi 5 minutos seguidos de pantalla, que ya es mucho, y vemos como Ben le pide matrimonio a Renée tras muchas falsas alarmas que han ido cargando a la mujer. Y es que después de habérselo pedido hace tiempo por necesidad económica y ser milagrosamente perdonado el australiano quería hacerlo ahora a lo grande. Y tan a lo grande, porque al final es ella quien le coge el anillo de la chaqueta cuando la policía viene a buscarlo para llevarselo e interrogarlo por lo del cuerpo encontrado en su obra.

No lo retienen demasiado tiempo, puesto que la autopsia revela que Alejandro estaba muerto desde antes de que empezara la obra, así que la pareja feliz puede pasear su amor por el vecindario al día siguiente. El incidente preocupa a Bree más de lo que Renée puede comprender, y con razón, pero eso lo veremos más abajo.

De una proposición de matrimonio nos vamos a otra, porque vuelve otro personaje en lo que es claramente una despedida de la serie: Andrew, el hijo de Bree, se presenta en casa de su madre para anunciarle que después de separarse de Alex ha encontrado a otra persona con la que de hecho se va a casar. Y cuando dice “persona”, así en neutro, lo dice intencionadamente, porque es esta que veremos ahora:

Se llama Mary Beth y es una excéntrica y rica heredera, algo que le vendría muy bien a Andrew en su malísima situación económica si no fuera porque es gay. La situación da lugar a una divertida subtrama en la que se invierten las tornas y el chico intenta convencer a su madre de que lo de su homosexualidad fue solo una fase, a lo que la conservadora Bree insiste en contestar que la homosexualidad no es una opción, que se nace así.

Pero naturalmente él no le hace caso, y la pelirroja tiene que hacer un montaje de los suyos: una fiesta de compromiso en la que todos los invitados son los amigos gays de Andrew. No era necesario, puesto que Mary Beth ya sabía de la orientación sexual de su prometido, pero le daba igual porque su baja autoestima le ha hecho convencerse de que no gusta a los hombres y que con Andrew por lo menos estará con alguien. Ahí Bree interviene y hablándole directamente consigue convencerla de que el hombre ideal para ella está en algún lugar, pero que no es Andrew. Y arregla las cosas con su hijo, al que ofrece una habitación en la casa donde creció hasta que se recupere económicamente. Madre e hijo reconciliados del todo, un tema que no había quedado cerrado del todo y que pone fin tras ocho temporadas a una relación conflictiva.

Los que no están arruinados pero van a tener que hacer muchos recortes son los Solís, y como Gaby no tiene intención de dejar de comprarse “trapitos” decide buscar trabajo, lo cual es de admirar viniendo de ella (aunque los motivos no sean del todo puros), pero una orientadora laboral le hace ver, sin ningún tipo de tacto (y francamente la actitud de Gaby no lo merece), que después de tantos años sin trabajar y con la única experiencia de haber sido modelo lo tiene mal, especialmente in this economy.

A Gaby le entra una depresión y nada mejor para sobrellevarla que comprar ropa, y no se contiene para nada. Al llegar a casa intenta escondérselo a Carlos, pero este la pilla con las manos en la masa y le pega una buena bronca. Tendrá que devolver la ropa, y cuando va a la tienda dispuesta a pasar vergüenza ante la plantilla de empleados que el día anterior se quedó pasmada con sus “habilidades” se lleva un sorpresón: compra como una profesional y la quieren contratar para asesorar a las clientas, y además tendrá un descuento como empleada de la tienda. No le podía salir mejor la jugada, menuda suerte…

No tanta suerte tiene Lynette en su plan para reconquistar a Tom. Después de un teatrillo en el que Penny y ella interpretan la típica situación de la madre que no quiere acompañar a su hija a un concierto delante de la novia del padre, Jane se ofrece a llevársela pensando que gana puntos con la niña frente a Lynette, pero esta idea un plan para hacer venir a Tom la noche del concierto y ataca con todo lo que tiene: la nostalgia, el plato favorito de Tom y velas por toda la casa por un supuesto apagón.

Y la jugada casi le sale bien, de hecho el beso estaba cargado, pero no llega a dispararse porque el fuego viene de otro lado: de una vela que ha prendido una de las mangas de la camisa de Tom. Instintivamente Lynette enciende la luz y se destapa todo. A Tom no le hace ninguna gracia, le suelta un “¿Ahora me haces esto?” con toda la razón del mundo, y se va. Pero a pesar del cabreo cuando se encuentra con Jane sigue pensando en Lynette y rechaza acostarse con su nueva pareja alegando trabajo que hacer. Ya había empezado a perder la esperanza de que los Scavo volvieran, pero ahora está claro que lo harán. Y eso es lo que le dice Penny a su madre cuando ella le cuenta lo mal que ha ido el plan, en una bonita escena madre-hija.

Las relaciones familiares no van tan bien, sin embargo, en casa de los Delfino. Y es natural, porque lo que acaban de vivir dejaría traumatizado a cualquiera, especialmente al pequeño MJ, que se está comportando como un niño mimado y Susan contribuye a ello dejándole hacer lo que le da la gana: almorzar helado delante del televisor, jugar a videojuegos todo el día (incluso cuando debería estar acostado), contestar mal…

Julie ve claro que la situación no puede seguir así, pero Susan hace la vista gorda porque no sabe qué más hacer, hasta que el niño empieza a liarla en el colegio y agrede a una profesora, con lo cual a Susan se da cuenta de que MJ tiene que soltar la ira de alguna forma y se le ocurre ponerse juntos a lanzar jarros de mermelada (que le han regalado) contra la pared. Poco después les entra la llorera a los dos y se funden en un abrazo.

La verdad es que la interpretación del niño (ya lo sabíamos) no es precisamente nominable, y sorprende que le hayan dado trabajo en la quinta temporada de Mad Men, pero la escena se entiende y funciona perfectamente.

Nos queda un solo tema: vale, la vida sigue, y con ella también deberían seguir los problemas, ¿verdad? Pues sí, porque el final de la serie se va acercando y todavía está pendiente la investigación policial de la desaparición y muerte de Alejandro, el padrastro de Gaby, por asesinato. Uno de los que participaron en la poco ortodoxa colocación bajo tierra de su cuerpo, Mike Delfino (que de hecho lo hizo personalmente), se libra por su propia muerte, pero hay por lo menos dos personajes más implicados, por lo menos que la policía conozca.

Uno es Ben, al que han soltado a pesar de que está claro que permitió el entierro ilegal, y la otra es Bree. Precisamente para que terminaran hablando por teléfono y pudieran pillarlos han soltado a Ben, y les ha salido bien el plan. Una sospechosa furgoneta de televisión por cable aparcada en Wisteria Lane contiene a dos policías y todo un equipo de escucha telefónica que capta y graba perfectamente a Bree dándole las gracias a Ben por no implicarla. “Te tengo”, dice con una sonrisa el detective Murphy.

Bree ya es carne de arresto y quizá de prisión, pero ¿qué pasará con las demás? ¿Acabará pagando el bueno de Carlos como autor material del asesinato o lo encubrirán? ¿Acabará prevaleciendo lo de la defensa propia? Y otra cosa, ¿por qué la policía no investiga algo más importante como es el asesinato de Mike?

 

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3.5
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